miércoles, 7 de noviembre de 2018

El concurso de ortografía II

Aquí no hay palabras definitivas, no hay buenos ni malos, lo que hay es una búsqueda de algo que ni siquiera quisiera llamar “verdad”, porque ¿qué es la verdad?, si acaso le llamaré circunstancia, contexto, razones, y ni siquiera con esas palabras alcanzo a merodear en la complejidad que tienen los actos humanos, porque qué significaba la actitud de mi papá, ¿que no me quería?, eso es imposible y me lo había demostrado con hechos durante décadas, ¿que me despreciaba? no me hubiera dado todo lo que me hado material e inmaterial en todos estos años; entonces, ¿qué significa su conducta de aquellos años? Creo que tan sólo se trata de la reproducción inconsciente de patrones aprendidos en otras circunstancias también dolorosas en su infancia. Y qué sé, si desconozco todo, absolutamente todo de su infancia, lo mío sólo son hipótesis. Él nunca me contó nada de sí mismo. Nuestras pláticas giraban alrededor de otros temas. Cuando yo tenía 16 años hablábamos de política y me confrontaba por mis ideas de izquierda. Él era un convencido priísta como todos los señores de aquellos años de principios de los años 70’s.



No puedo ni quiero acusarlo de nada, no quiero enjuiciar a una persona. Quiero entender, encender las luces en el vacío, asomarme a esa cueva de las tinieblas de la incomunicación, deseo tocar la puerta de los corazones endurecidos, lo que quiero es que ya no se repita la historia, pero ¿cómo puedo garantizarlo? Ya lo dice el dicho: en la casa del jabonero el que no cae resbala, quizá estoy buscando no resbalar o que el resbalón sea menos fuerte. Aquí no hay condenados ni perdonados, ni buenos ni malos, aquí hay seres complejos, con diversos matices en la gama de los grises. 
El recuento de algunos hechos es lo único que puedo poner sobre el tapete, son mis cartas y el mazo está incompleto, no las traigo todas, porque eso no puede ser. Hay todo un mundo detrás de cada acto de las personas. A lo único que puedo referirme es a los hechos, y cuando evalúe esos actos, siempre será desde una perspectiva acotada por mis propias circunstancias, Claro, sentimientos válidos y dignos de tomarse en cuenta, pero siempre incompletos. Por ejemplo, en el tema de los abrazos. ¿Por qué mi padre nunca me abrazaba más allá de los de rigor de navidad y de año nuevo?, no lo sé, quizá no estaba acostumbrado, quizá tampoco lo hicieron con él. ¿Significaba eso que no me quería?, no lo creo, porque el amor se demuestra de muchas formas. ¿Me hicieron falta? bueno, en aquel momento no lo pensé o no quise darme cuenta, pero al paso del tiempo me queda claro que me hubiera gustado recibir unos buenos abrazos. ¿Lo amo menos por ello? para nada, aunque quizá podría amarlo mucho más. Porqué nunca hablamos de esto, será que nadie puede hablar de estos temas, ¿porqué está tapiada nuestra boca y por ende nuestro corazón? ¿Es generacional? ¿Es histórico? ¿Sucedía sólo en mi casa? creo que aún me da envidia cuando veo en otras personas, en otras familias, cuánto se quieren. Soy envidioso, ¿será producto de una historia concreta o está en el corazón humano? 



El caso es que aquel día, cuando fueron a visitarme a la casa la orientadora y la prefecta de la secundaria porque había ganado el concurso de ortografía, mi padre ni siquiera se movió de la silla, las trabajadoras se retiraron. Mi padre, con su hermosa voz, su clásica amabilidad y don de gentes, las despidió cortésmente. Cuando cruzaron el dintel y la puerta se cerró detrás de ellas, mi padre no hizo ni un solo comentario. No hubo una felicitación ni abrazo ni palabras. El tema de él con mi mamá tomó por los caminos trillados de lo cotidiano. La comida, el dinero, los gastos o la mosca que vuela. Para mí, que había ganado el concurso de ortografía y que ahora iba rumbo al concurso sectorial, no había una palabra. Sentí un baño de aire helado sobre mi cuerpo. También guardé silencio. ¿Qué puede decir un chavo de 13 años que no está acostumbrado a hablar con su padre? Nada. Mi silencio y mi soledad también fueron sepulcrales en aquel instante. Un sabor amargo quedó en mi garganta, quizá un mar de preguntas atoradas en forma tal que ninguna era clara, menos para un adolescente. Ya antes había ganado otros concursos en otras áreas y jamás tampoco había habido celebración ni comentario especial. Quizá un “ajá” por ahí perdido entre mis recuerdos. 



Cuando menos conscientemente, no tengo reproches, ni dolor, no…mmm... más bien sí. Quiero encontrar si eso dañó en algo mi vida, si me mutiló de alguna manera. Quiero saberlo para estar sano y seguir mi camino, quiero saber para quitármelo de encima, para que aquellos hechos no me estorben en mi desarrollo presente, para que no sean un lastre en mi vida, para romper la cadena, para no dañar a los míos. Porque, qué tal si me están impidiendo realizar mis anhelos personales, qué tal si han incidido en mi seguridad personal y quizá por eso me han generado problemas con la autoridad. Y sin hacerle al psicólogo de bolsillo sí me interesa superar ese conflicto. He leído temas emparentados y sé que se puede generar mucho daño con la falta de apoyo, estoy en mi derecho de buscar sanación, aunque algunos se burlen o me quieran encasillar en libros de autoayuda. No me importa, algunos de estos libros me han ayudado, sin poses pseudo intelectuales me han brindado alguna herramienta para avanzar en mi camino de comprensión de todas estas circunstancias, y, sobre todo, he encontrado claves para superar esos problemas y poder llevar a término tantas cosas que he dejado colgadas en la vida. Vayan a saber si tiene que ver con aquello que viví, creo que sí. Lo he venido descubriendo al paso de los años. He ido develando el tema, porque creo que ni siquiera me daba cuenta de cuál podría ser el origen de lo que me ha pasado, a qué podría atribuírselo. 



Una ligera pero pertinaz lluvia está cayendo allá afuera. Ahora que recuerdo, en mi infancia y adolescencia siempre hubo mucha lluvia y mucho gris. También mucho sol, pero recuerdo más lo gris. Mi papá nunca me pegó, pero tampoco nunca me abrazó ni me besó o no lo recuerdo. Nunca me gritó, pero tampoco me habló con ternura. ¿Quedaría yo como huevo tibio? ¿ni crudo ni cocido? Será que por eso a veces no puedo expresar mis sentimientos o me exculpo con todo aquello para seguir siendo un huevo tibio. Aunque los huevos tibios, sí están en su punto, con un toquecito de limón y un poquito de sal, son muy sabrosos, ni muy crudos ni muy cocidos. Esa debe ser la cuestión…quizá si me agrego limón y sal…en forma de búsqueda interior… 
A lo mejor me estoy ocultando algo y lo que he pedido a gritos, y ahora reprocho enmascaradamente, es un abrazo, un beso, unas palabras de aliento de mi padre. Y digo de él porque con mi madre no tuve problemas en ese aspecto, al contrario, mi mamá siempre nos alentó, para ella éramos los mejores y siempre nos daba ánimo para todo, nos abrazó, nos besó, nos amó mucho. ¿Acaso no puede compensar esto todo lo demás? Parece que no, cada cariño es importante y específico, la otra parte hace falta, es como aquello del ying y el yang. No se puede estar nada más con uno de los polos, no hay de otra. Como en esas casas en que la mamá es madre y padre a la vez, de cualquier forma los que viven de esa manera terminan buscando la figura masculina, paterna, que les hace falta, y entonces un vecino, un tío, un profesor, una amigo de la pandilla, vendrá a sustituirlo.



Los abrazos son poderosos, es hermoso que te abracen. Las palabras de aliento tienen poder. Algunas filosofías afirman que no hay que ceder ni ante el halago ni ante el insulto, pero cuando se es niño y adolescente, hay que construir un ego muy fuerte, ya después veremos lo que hacemos con él, si lo destruimos o lo transformamos, lo evolucionamos, pero por lo pronto hay que poseerlo. Y ese ego poderoso se alimenta del cariño de la familia más cercana, padres y hermanos, tíos, primos. Si no reconozco esto, entonces no me daré cuenta porque he estado metido en varios problemas: incapacidad para relacionarme sanamente con los demás, alcoholismo, adicciones, bipolaridad, incapacidad para llevar a término lo que comienzo, egolatría exacerbada aunque maquillada, autoritarismo, incapacidad para sostener una relación sana de pareja, violencia física y psicológica hacia los demás, incapacidad para comunicarme, para expresar los sentimientos, envidia, ira y no sé cuántos infiernos más cuyo origen está en esa falta de afecto, de cariño, de besos , de abrazos, de palabras. Como aquel célebre experimento de los changuitos alimentados por simias verdaderas y simias de peluche, y otros tantos experimentos que hay por el estilo en donde la conclusión es siempre la misma: hace falta el amor, el cariño, las palabras de aliento, la compañía. Es fundamental para la familia, los hijos, tocarse, sentirse, mirarse a los ojos, olerse, saber cuando menos algunas cosas íntimas uno del otro. Eso es parte central del hecho de ser padres e hijos, de ser seres humanos.

El concurso de ortografía I

¡Qué hermosa era mi maestra de Español en la secundaria! Se notaba que tenía poco en la profesión porque era muy joven, quizá 24 ó 25 años a lo mucho. Su cabello un poco corto, negro, grueso, con un peinado muy de principios de los setenta. Y era buena onda. Reunía los clásicos requisitos que uno anhela en una maestra, el arquetipo clásico, pero muy vigente para unos chamacos en pleno crecimiento y despertar: guapa, amable, moderna, de buen cuerpo. Yo era tímido, no era de los que se llevaban con los maestros, ni ella se llevaba con los alumnos, o mejor dicho, con los estudiantes, como le gustaba al subdirector de la secundaria que le dijeran a los muchachos. El hombre se molestaba mucho cuando nos los llamaban así. 
Bertha se llamaba ella, Bertha, y su nombre nos traía loquitos a todos, sospecho que hasta a muchos profesores. A mí, en forma muy callada, pues como ya dije, era muy tímido. Pero eso no me impedía intentar mirar hasta donde pudiera cuando ella se sentaba en la silla del maestro en el salón de clase. No había escritorio sino sólo una mesa, así que se podían contemplar, con calma, pero disimuladamente, sus bellas y torneadas piernas. A veces utilizaba una medias de abuelita que cobraban vida moderna al ser acompañadas de una discreta falda corta; otras veces, no llevaba medias y esos días eran la locura: voltear a mirarla cuando subía las escaleras, con discreción espiarla cuando se sentaba en la silla, y estar atento a cualquier movimiento que hiciera y permitiera que su falda corta se levantara un poco más, era toda una aventura. Los días en que llevaba sus pantalones oscuros y anticuados no le importaban a nadie. Hasta la clase parecía más sosa y aburrida. Y no era sólo una percepción personal. Lo notaba en que a cada rato ella tenía que llamarle la atención a varios compañeros porque estaban bien distraídos o dando mucha lata.






Aunque la maestra Bertha se iba mucho por el lado del programa oficial, muchas reglas, mucha formalidad, muchos ejercicios en abstracto, sus clases no me parecían aburridas. Sobre todo porque se notaba que amaba su trabajo, que nos quería contagiar su amor por el idioma español, que no era tiesa ni dura ni grosera con nosotros. Y subrayo esto porque la secundaria estaba plagada de maestros gandallas. Eran los setentas, y los ánimos estaban caldeados por todos lados. Desde el maestro de deportes que a la entrada de la escuela iba escogiendo a quienes, nomás por sus güevos, como él mismo decía, tenían que romperse la madre ese día; o como el maestro de Civismo, que apunta de borradorazos –con tino de apache- y reglazos pretendía inculcarnos las reglas de ética y buen comportamiento social; o el caso de nuestro amado prefecto que cargaba una cadena, delgada, para asaetearnos cada vez que según él hacíamos algo incorrecto. En ese entorno, la profesora era un oasis, no era cariñosa ni se llevaba, pero nos respetaba y se preocupaba de que aprendiéramos, a pesar de los programas de estudio tan áridos y anquilosados.
Años después consideré a ese tipo de educación como muy atrasado, aunque ahora, al pasar más tiempo, creo que la educación secundaria ha sufrido una regresión más grande aún. Ahora en el siglo XXI, la gran mayoría de los chavos salen de secundaria perdidos, no saben nada de nada. 
Las clases eran muy serias, medio secas, pero leíamos libros, escribíamos resúmenes, se armaban concursos de declamación donde conocíamos a algunos poetas y su obra, y se organizaban concursos de ortografía. Y yo me quejaba, ¡caramba! ahora los adolescentes de secundarias públicas ya casi no tienen nada de eso. Hoy todo es quesque por competencias y nuevos modelos, que entre otras barbaridades, por ejemplo, ponen a los alumnos a leer determinado número de palabras por minuto, si cumplen la meta numérica es suficiente, el maestro elaborará reportes interminables, horrendos y burocráticos, en donde dará cuenta de que la competencia se haya cumplido: apertura, desarrollo y cierre, se han llevado a cabo con displicencia. Vaya, vaya…



En aquel tiempo la cosa era más humana, más de seres vivos, a pesar de sus contradicciones. Aunque seguramente ahora, a pesar de la montaña burocrática de formatos por llenar, la vida seguirá respirando por algún rinconcito. En aquella década la educación, a pesar de todo, estaba más viva y era de más calidad, aún con la represión y la violencia de estado, los docentes estaban en mejores condiciones laborales y salariales que ahora, y el contexto era muy diferente al actual del nuevo milenio (título que es pura pantalla porque no hay tal modernidad o avance que implicaría nombre tan rimbombante). La maestra Bertha era además de una nueva y joven generación de profesores que quizá por lo mismo traían ganas de hacer las cosas de manera diferente. Aunque, a veces, la observaba sentada en la sala de maestros o caminando por el patio y la veía muy pensativa, la mirada incluso algo perdida o muy lejos de ahí, muy seria, absorta en su mundo personal. ¿Qué le sucederá -pensaba yo-, en qué estará pensando?, ¿le preocupará algo? 
Cuando entraba al salón se dedicaba a lo suyo. Dejaba sus problemas y preocupaciones atrás, y se convertía en otra persona, atenta y dedicada. Un buen día nos informó de un concurso de ortografía para el cual deberíamos prepararnos. No creo que nadie en su casa le haya dedicado ni cinco minutos al asunto, pero el día señalado para el concurso llegó. No recuerdo haberme preparado de manera especial. 
Sin mucho protocolo ni la gran cosa el día del examen para el concurso se repartieron las pruebas, contesté mis hojas, entregué y las clases siguieron como si nada. Era un viernes, al siguiente lunes no me presenté, me había sentido muy mal, me dolían las piernas, poco después supe que a ese tipo de dolor le llamaban reumas. También me dolían los codos y las muñecas. Fiebre reumática dijo el doctor. Me mandó unas pastillas llamadas Reumofán y unas inyecciones dolorosísimas de Benzetacil combinado. Como los dolores eran muy fuertes no me quedó más remedio que aceptar la terapia. No tenía de otra, no quería estar ahí tirado, incapacitado, alucinando no sé cuántas cosas como qué pasaría si no volviera a caminar. Pasó un día, otro, otro y otro y entonces supe que eso iría para algo largo, dos semanas en total. Se me hicieron eternas. Unos buenos vecinos se compadecieron de mí, y en muy buen plan me llevaron unos tomos de enciclopedias temáticas, bellísimas, que me cayeron de lujo e hicieron menos tediosa la recuperación. Leí mucho, mucho. Mitología griega, biografías, libros de estampas, que me compró mi mamá, con animales terrestres y acuáticos. Otro libro, también de cromos con la Vida de Jesús. Aparte, mis libros de poesías de cuando participé en concursos de declamación. Toda esta lectura me llenó de horas muy intensas y placenteras, así como la música de rock. Me pasé horas y horas escuchando Radio 590 -la Pantera-, Radio Éxitos y sobre todo Radio Capital, con su hora inglesa y Vibraciones. 



Así pasaron esas dos largas semanas. En cuanto pude, y ayudado por un viejo bastón que era de mi tío comencé a caminar todo atrofiado. Si recuerdo bien, creo que fueron un poco más que 14 días, porque al principio de la tercera semana vinieron a mi casa a tocar la puerta. Mi padre -con su periódico sobre la mesa-, y nosotros estábamos comiendo. Cuando mamá abrió escuché una voz como muy oficiosa preguntando si ahí vivía yo, sí era mi casa. Dijo mamá, sí, aquí vive. -Es que venimos de parte de la secundaria a darle una información-, dijeron ellas. Eran una prefecta y una maestra del área de Orientación. Ah, sí, pasen, pasen. Mi papá era muy bueno para las relaciones sociales, era muy amable y atento, y con su buena voz como que apantallaba. -Venimos a darles una información- dijeron. Su hijo ganó el concurso reciente de ortografía y va a representar al plantel en el concurso de zona. Como no ha ido a la escuela venimos a avisarles para que se vaya preparando y estudie mucho, señaló la orientadora. Mi mamá se emocionó bastante y preguntaba detalles. Papá escuchaba atento. Yo estaba muy contento, aunque nunca lo esperé ni lo deseé ni lo imaginé, pero bueno, bienvenido el triunfo y adelante, pensé. 
El encuentro fue breve, la prefecta y la maestra debían regresar a sus labores. En cuanto salieron de la casa parecía como si aquello no hubiera sido real, como si todo se reacomodara a como estaba hasta antes de que tocaran la puerta. Mamá esperaba que papá tomara la iniciativa, a ver qué decía. Mi papá volvió a su periódico sin voltear ni comentar nada en absoluto, como si nada hubiera sucedido. Yo sentía que había ganado el premio Nobel de literatura, pero mi papá ni siquiera me volteaba a ver. (Continuará)

Del acontecer VIII

Chistes y chistes acerca del muro que supuestamente construirá Donald Trump en la frontera entre México y USA. Así son muchos mexicanos, todo lo quieren arreglar con chistecitos, no hay un enfrentamiento crítico con la realidad. El humor es sano cuando no es evasión, y cuando además se acompaña de acciones transformadoras. 
No habrá tal muro, no es factible, no es posible. Habrá persecución, represión, deportación fuerte, amenazas. ¿Se arreglará el problema haciendo bromas?

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Todas las proporciones guardadas, al contrario de Hugo, Balzac o Vigny, con antecedentes de familias ilustres, yo no sé de dónde vengo ni conozco mucho de mis raíces. Sin embargo, trato de tener muy claro por dónde camino y hacia dónde voy. Pienso en qué ejemplo trato de darle a mis hijos y a mis descendientes. 
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Leo El cuaderno de Bento, de John Berger, y hay momentos en que las lágrimas asoman a mis ojos.
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Me gusta la palabra misterio y no sé exactamente porqué. Creo que todo lo oculto intriga al ser humano, lo desconocido. Es hasta por una ley de sobrevivencia. Lo que no conocemos nos amenaza. Lo conocido nos da seguridad, tranquilidad. Lo misterioso nos da miedo, nos paraliza, niega la vida. Es un instinto de sobrevivir el que nos hace acercarnos a lo misterioso. 
La palabra en sí me gusta cómo suena. Aunque el signo es arbitrario, su sonoridad de me produce bienestar. Etimológicamente la palabra significa iniciado, y viene de los cultos más antiguos en donde había que cerrar los ojos y la boca. Todo misterio hace referencia a un más allá, no necesariamente metafísico, sino a algo más allá de la conciencia. Son secretos para los demás, no para el individuo que ha sido iniciado en ellos. 
La palabra me gusta, pero además, por una circunstancia social, casi arquetípica, de inconsciente colectivo, tuve contacto desde niño con todo ese significado cultural que las palabras cargan. Y que, aunado a la personalidad de cada uno, produce efectos diferentes. 
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Escribir no significa por sí mismo que el escritor sea un ser diferente, sublime o superior. Se trata de un oficio como cualquier otro, en el cual hay que esmerarse y aprender todos los días. Ojalá puedas aportar algo bueno a otras personas tal como hace un buen plomero, albañil o carpintero.
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En algunos temas Marco Aurelio, el filósofo, es un antecedente directo de E. M. Cioran
por ese aire triste, un tanto depresivo, pesimista.
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A veces, la luna se observa en pleno día a la mitad del cielo. Sal a verla. Tranquilo, quédate quieto, sin prisa. Trata de captar la velocidad tremenda a la que van tú y ella navegando en el espacio sideral. De pronto pareciera que sólo están ustedes dos en el universo, pero el canto de unos gallos, también insólito a esta hora del día (las 5.20 pm), te hace ver que no están solos. La luna, sólo media carita, asoma por entre la cortina del cielo azul de primavera. 
Voy a encerrarme a escuchar a Vivaldi y a Philip Glass. Y miraré desde mi ventana a esa lunita en pleno atardecer. Estática, aparentemente inmóvil, volteando hacia la Tierra. ¿Qué tanto verá? Los aires de la civilización maya y la de los grandes astrónomos soplan sobre mí, y medio alcanzo a comprender la grandeza de su trabajo. Hombres que tuvieron y tienen el atrevimiento, el arrojo, la inteligencia, y la entereza de mirar hacia el cielo.
Bueno, voltear al cielo, cuando menos, pude entenderlos un poco en este instante.
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Los jardines son espacios de vida, orden y armonía. Dan sabor donde hay aridez y desorden. Dan calma y paz al espíritu. Promueven el desarrollo de la imaginación. Pienso en ello mientras leo Una vuelta por mi cárcel, de Marguerite Yourcenar, cap. XII, Bosquecillos sagrados y jardines secretos.
*
Me da gusto ignorar tanto, porque me permite saber más.
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Dice Ray Bradbury : " Los libros son personas, no libros: cada vez que abres un libro, la persona salta afuera y se convierte en ti. Tú vas a la biblioteca y sacas un libro del estante y lo abres, ¿y qué estás buscando? Un espejo; de improviso hay un espejo ahí y puedes verte a ti mismo, pero tu nombre ahora es Charles Dickens, William Shakespeare, Emily Dickinson, Robert Frost o cualquiera de los grandes poetas. Así que vas a la biblioteca y te descubres a ti mismo."
*
Soy un sibarita en muchos sentidos, uno de ellos: que no quiero gallos junto a mí, son muy escandalosos. Me gustan como creación de la naturaleza, su garbo, sus colores, pero amo más la calma y el silencio. 
*
Un pájaro canta en mi ventana, y lo más maravilloso: está libre.
*
Este 12 de octubre jovencita, jovencito, recuerda, recuerda. México no ha sido siempre lo que ahora lamentablemente contemplas: corrupción, crímenes. No, has de saber que venimos de culturas originarias muy importantes conectadas a el Águila. No lo olvides. Es el tiempo de laGuerra Florida, niña. Es la guerra florida, niño. La que abre tu corazón para ofrendarlo al sol de la sabiduría. Es la guerra del sacrificio humano, sí, el tuyo niña, niño. Porque tendrás que esforzarte para que la conciencia y el amor renazcan cada día en tu ser, y así poder transformar esta condición miserable. Es la guerra florida – Xochiyaoyotl-, la de la formación de los guerreros de élite, los que asaltarán al mundo con una visión cósmica de armonía y paz interior. Es el ensoñar que conjunta los mundos de lo posible con lo real, es el eco de las voces de nuestros ancestros sonando en Malinalco y latiendo en tu sangre. Es la guerra florida, niños, niñas.

Amo a los que dudaron de tu fuerza

A Walter Benjamin y a Stefan Zweig


Amo a los que dudaron de tu fuerza
a los que te faltaron al respeto 
a los que borraron la huella de tus pasos.

Amo a los que no te creyeron
a los que levantaron la mano contra ti
a los que desanduvieron tu camino.

Amo a los que retaron tus palabras
a los que construyeron otras vías
a los que resistieron clandestinamente.

¡Dios, cómo los amo y los admiro!
hoy les rindo homenaje. 
paladines de la historia del mundo.

Qué imbécil, creías que el destino
humano podía estar a tus pies
encadenado a un solo juicio.

Qué insano, ¿creíste de verdad
que seguir a un solo hombre
podía marcar la ruta?

Asesino de almas, ¿creíste
que podrías acallar la libertad
que palpita en cada ser humano?

Basura, ¿creíste que matando,
cremando, gaseando, torturando,
podrías imponer tu injusto reino?

Por eso amo intensamente a los que no te creyeron
a los que incendiaron el velo
de la mentira y de la infamia.

Amo profundamente a los que
nunca dudaron que la luz
se enciende a cada espacio, libre.

Amo a los que miraron hacia el cielo, 
sabiendo que el horizonte existe
y que su nombre es: verdad.

Para ellos mis respetos, mi corazón, mi vida,
porque por ellos tengo
esta pluma y la palabra entre mis dedos.
Gracias.

Zotz, el murciélago




                    “lo vuelve a lavar y de esa agua nace el cempoalxóchitl, flor de los muertos

Vuelas en lo que llaman la noche de los tiempos, 
surcas el aire sin ser pájaro,


aterrorizando muchas veces sin quererlo
danzando el baile nocturno de lo desconocido.

Tema sagrado con orejas de radar,
olfato agudo, dirección perfecta,
colmillos colgantes para desgarrar,
guía de la cara oculta de la vida,
de lo negado, lo siniestro, lo perverso;
pero no eres tú, es nuestro paradigma,
nuestro propio espejo siniestrado.

Porque tú sólo rondas en círculos la noche
sagrada buscando tu alimento,
en ti no hay moral, incluso
eres amigo de las flores y las plantas.

Repartes la simiente del amor
y la reproducción, y das lugar a todos los
poderes del cosmos. En tus alas se baten
la energía magnética, la luz de la luna,
la de las estrellas más lejanas,
lo oculto y lo desconocido, 
las horas que sólo Paracelso manejaba,
el poder de las plantas que dan vida y muerte. 

Amigo, el mezcal te debe mucho,
compartes poder con la bebida,
la entraña de la tierra los marca
para saber que todos somos todo, 
expresiones fantásticas del único e infinito ser, 
líneas artísticas desdobladas y tridimensionales,
puertas abiertas a la comprensión de lo sublime. 

Zotz danza un baile que no conozco,
apenas alcanzo a interpretarlo, pero con eso tengo
para intuir que la posición que adopta
en el aire no es inocente ni sin significado.

Son poses de poder, ritmos del cielo,
comprensión de la matemática perfecta, 
cada centímetro es una revelación de Dios.
¡Planea en el cielo, Zotz!

Cuando te veo volar de noche digo:
no es un pájaro, ¡qué imponente!
¡qué extraño! ¡qué magnífico! 
Eres la sombra alada.

Y como proyección, eres el vuelo de mi
propio inconsciente, tocas mi alma,
eres la invitación a abrir la puerta
del lado oculto que completa mi ser.

Eres nocturno, pero eres nacimiento y verdor,
renacimiento, dialéctica
de la vida y la muerte. Sobre el lago oscuro
apenas alumbrado con tenue luz de luna,
veo volar tu espectro, murciélago sombrío.

AforismosIII

Nuestra piel tiene ojos.
*
El centro de la Tierra es un pedazo de sol, somos polvo de estrellas.
Soy un animal cultural.
*
Si te mereció un recuerdo, una memorabilia, déjala que cruce sin miedo No es una bomba teledirigida, sino una memoria grata, dulce, cariñosa. No tiene nombre ni es propiedad de nadie, es una remembranza cruzando el océano, abriendo brecha. Sale desde el pozo en el que reposa nuestra alma, de lo más profundo, en lo que vale.
*
Unos más otros menos, cada quien tiene una vida secreta.
*
El juego es una actividad cualitativamente superior.
*
Es un adulto, es como un loco, es como un niño jugando.
*
La imagen te habla.
*
He atestiguado cómo se mueve la gran madresota del lenguaje.
*
El aforismo es una joya que sacas, pules y siempre te da brillos.
*
Cada acto manifiesta una carga de experiencias.
*
En realidad, muchos sucesos, son metáforas de la Metáfora.
*
No se pierde ni se gana: se aprende, se evoluciona.
*
En el poco a poco está la clave de todo.
*
Una casa, un hogar, es una metáfora del universo, de su permanente capacidad generativa, creadora.
*
Los árboles danzan al aire para poder vivir. 
*
Siempre hay semillas volando al viento.
*
Nuestra historia se está escribiendo a cada instante.
*
Aquí, aprendiendo.
*
La ceremonia del té es para que te des cuenta de que el sol brilla dentro de ti.
*
A todas las flores que nadie ve en el mundo, a las más inaccesibles, a las olvidadas, las saludo y les agradezco porque existen.
*
Encontrar en lo simple lo complejo, y en lo complejo lo simple.
*
Las palabras son el jugo del corazón.
*
Cada palabra guarda un universo.
*
El éter tiene consistencia como de miel. 
*
Se revela ante mis ojos lo que le debo a todos
*
Camino, y la luna me sigue.
*
La construcción de una casa es la administración del vacío.
*
Abres una ventana y encuentras un mundo.
Estando tranquilo te vuelves panóptico. 
*
Las nubes revelan a los vientos.
*
¿Estás seguro? Párate en otro lado.
*
Un click a todos los mitos que habitan mi cabeza.

sábado, 8 de septiembre de 2018

El gran viejo

Ibas caminando sin estilo, arrastrando unos viejos bostonianos que te quedaban grandes. Los pies sin calcetines, sucios, con costras de mugre. Aparte, de lo hinchado. Ah, viejo, cuánto dolor parece haber habido en tu camino. Tu cuerpo se arrastra cargado por un peso que parece que ya no soportas. Manos ajadas, con grandes uñas llenas de tierra, como las de un gato callejero.  Probablemente tengas setenta años en ese cuerpo que ya no quiere andar, pero qué te queda, aquí estás y no sabes de eutanasias. 
No sé si lo tuyo sea una especie de suicidio. Todo ese escuadrón de la muerte con que a veces te juntas en la cuadra, decrépitos, maltrechos, alcoholizados desde que sale el sol. ¿Acaso  no se están matando lentamente? No sé si lo hacen a propósito o inconscientemente, pero créeme viejo, que para un adolescente contemplar ese decadente espectáculo es difícil de tragar.  Frente a ti tienes a hombres que se están matando envueltos en falsas carcajadas disfrazadas de solidaridad y amistad. Tú vas poco con ellos, eres un lobo solitario,  pero de cualquier forma haces lo mismo.
Y así caminas, la mirada perdida que sólo levantas para echarle aguas al auto que se estaciona o parte,  o para recibir unos míseros centavos que te permitirán comer algo en  el día. Puede que te alcance hasta para un alcoholito del 96 y para un jarrito rojo. El frío pega duro en las calles por la noche.  No hay musas caminando a tu lado, ni, al parecer, seres protectores que te cuiden, pero qué sé yo, la vida podría ser peor aún para ti.  Un traje mugroso, andrajoso, te viste, es que insistes en aparecer elegante. 
El cabello enredado, canoso, descuidado,  barba de muchos días. En tus párpados caídos se adivinan los años transcurridos, caen como cataratas de tristeza. Hay nubes en tus ojos, y no son las del cielo, son las de lustros de descuidos y mala alimentación. ¿Fuiste alcohólico siempre?  No me atrevo a preguntártelo, lo considero impertinente. Viejo, viejo, me siento en el quicio de la puerta de mi casa  a ver pasar el tiempo, y te veo a ti arrastrando pesadamente tus pasos de un lado a otro. ¿acaso eres una metáfora viviente? ¿Quién eres, el karma, el destino, un asceta, un maestro para mí? 
Los poetas me han enseñado a verte diferente. No te juzgo, sólo te interrogo, me cuestiono. La poesía me aconseja al oído y me dice:  “es el gran viejo, y en efecto, es un maestro que el azar ha colocado frente a ti”. Viejo, te observo mientras Nervo y Darío me acompañan. Con Amado Nervo vengo del Mar de la tranquilidad,  y con Rubén bailo  la Canción de otoño en primavera. ¿Acaso yo soy la primavera y tú, gran viejo, eres el otoño? O al revés, ¿a la  desesperanza otoñal de mi alma, viene a iluminar la primavera de la chispa de tus ojos? No sé de escuelas, no sé teorías, pero mis poetas me señalan lo que tú eres. Rubén Darío también arrastra pesadamente sus pasos en una de sus lamentables borracheras, alucina, intenta suicidarse,  mendiga atención. Él, que era tan grande.  Luego te observo a ti, gran viejo, y tú ya ni eso pides. Finges que ayudas al conductor del auto, un poco hacia adelante, un poco hacia atrás como tu misma vida, para que el coche siga e inicie su camino, pero nada más. Sólo estiras la mano, y luego guardas los quintos en la bolsa raída de tu viejo saco que parece fue negro.      
Gran Viejo, quiero escribir tu nombre con mayúsculas, porque aunque quizá ni te importe y nunca lo sepas te respeto, te admiro y te tengo cariño. ¿Cariño? Sí, y ni yo mismo sé por qué. No sé ni dónde vives ni quién eres, cuál será tu nombre ni si algún día tuviste mujer y trabajo. A mis 13 años no entiendo aún muchas cosas. En dónde perdiste todo, si es que algún día  lo tuviste. Dime si es que a alguna altura de la cuesta se pierde la esperanza y el anhelo, pájaro solitario.
Hay un sistema explotador y corrupto, eso es verdad, pero a pesar de ello el amor y el trabajo pueden ser una bendición, una salida. ¿En qué estación te dejó el tren de la vida? ¿O fuiste tú el que decidió abandonar los misterios del viaje? Si fue así,  dime por qué, anda, ilústrame, no ves que no sé  nada y apenas estoy comenzando mi vuelo. Hueles a mugre, viejo, y nada me contestas, o mejor dicho, ese silencio es tu respuesta. Te sientas en la banqueta, enciendes una de tus colillas de cigarro y nada me respondes. Quizá sea mejor, exacto, debo encontrar mis propias respuestas. 
Aquí sí hay responsables, nadie diga que no. Toda nuestra historia está sobre tu espalda,  viejo amigo. La historia del país, la de tu ciudad, la de tu familia, la tuya propia. Sin duda por eso caminas con el torso inclinado,  tanto peso has cargado. Una historia de explotación y ruinas, de gobiernos y empresarios corruptos que no han sabido construir un país justo, más tu propia familia que no supo hacerte fuerte, y sobre todo esto tu propia inopia que no quiso fajarse sabroso con la vida. 
Vuelvo a Amado Nervo, cada quien es el arquitecto de su propio destino, y tú elegiste, en ultima instancia, el que ahora arrastras por las calles del barrio, afuera de esta cantina donde ahora cuidas autos ajenos. Por eso es que vistes ese traje estilo Clavillazo, que te queda tan grande de los brazos y que arrastras de los pies. Tus zapatos bostonianos se te medio salen del talón a cada paso. Eso es lo que elegiste conscientemente ¿o no?, eso y nada más. No hay medias tintas con la existencia, no hay forma de trucarla, cosechas lo que siembras. Qué brutal y verdadero, qué certero.  
La historia humana que te cayó encima es la respuesta.  Se dice que aquí te tocó vivir, algo así como: ya ni modo. Se me hace muy pesimista, muy pasivo. Todos tus antepasados tienen responsabilidad en lo que ahora te pasa, viejo, pero ellos ya no están aquí ahora para rendirte cuentas o una explicación, así que te decidiste por la fácil. Y yo aquí, sentado en el zaguán, mientras el Gran Viejo me acompaña. Y sin abrir unos milímetros la boca, me da una lección peripatética acerca de la vida.
 ¡Eureka! Descubrí tu encanto, una chispa de luz en tu mirada, a pesar de todo, a pesar de la sombra siniestra que te ha acompañado en tus caminos. Pude ver esa chispa un día que sonreíste levemente al pasar a mi lado.  ¿La vi o es lo que quise ver? Quizá hasta a la contra de tu estado de ánimo, esa luz en el fondo me mostró encarnada eso que llaman esperanza. 



Alfonso Franco Tiscareño 
Para Vitral, del suplemento Barroco. Diario de Querétaro 
1 noviembre  2017

jueves, 23 de agosto de 2018

Victoria, criatura océanica

Victoria, criatura del océano

Ella quería bailar, pero sus padres se oponían. Decían que eso qué, de qué iba a vivir, se iba a morir de hambre. Bailar clásico era para ricos, para gente acomodada, hasta cierto punto ociosa, no para gente como ellos, jodida, amolada, pobres, pues. Además, le argumentaban que ya estaba muy ruca para el baile,  eso se comenzaba desde chamaquita no a su edad. Y sí, quizá el tiempo ideal ya había pasado, pero ella llevaba como seis o siete años pidiéndoles la metieran a danza clásica. Al principio la llevaron, tendría ella unos 9 años. A una casa de la cultura vino una vieja ex bailarina a dar un taller, sólo estuvo unos tres meses y desapareció sin siquiera avisar. En la delegación dijeron que no había presupuesto, y como no le pagaban, la señora se fue. Después de eso, nada, ya nunca volvieron a llevar a la niña a tomar clases a ningún lado.

Según contaba ella, esos tres meses  en la danza clásica fueron los más felices de su vida. La maestra ex bailarina, amaba su arte, nunca llegó a destacar en ningún ballet, pero sabía del tema, había pisado los escenarios, y algo tenía para compartir. Pero aquellas vivencias terminaron, y Victoria lloraba mucho por ello.
 Estaba perdiendo el ánimo. Ya no quería estudiar, la escuela le importaba un bledo. No entraba, se iba de pinta, y como tenía unas amigas a las que casi no les gustaba el desmán, pues fácilmente agarraban el cotorreo. A sus 16 años, muy joven para morir, pero muy vieja para la danza, ya tenía su carrera en el relajo. Con amigas y amigos, con escuela o sin ella, las caguamas rolaban, también la mota, los barrilitos de mezcal adulterado y el aguardiente. Y le entraban macizo. Su padre andaba todo el día en la calle y no se daba cuenta. La mamá hacía como que no sabía, y cuando la situación se ponía muy ruda, con palabras cariñosas trataba de convencer a su hijita de que ese no era buen camino.
La chamaca era buena persona, fue una niña preciosa, dulce, cariñosa, amable, traviesa, llena de ilusiones. En cambio ahora, la vida perdía significado para ella, hasta tenía ganas de morirse, sí, de morirse. Luego ella misma se cuestionaba, ¿ya, tanto así, hasta como para pelar gallo? Y la respuesta era que sí, tanto así. Sentía que a su edad ya había valido gorro. Ahora era adicta, borracha, sin oficio ni beneficio, huevona, mal hablada, y a veces, hasta con muy malos y perversos pensamientos. No tenía futuro.
Para lograr su objetivo debía sobre todo convencer a su papá,  era el más reacio a que ella bailara. Aplicó cuanto método se le ocurrió, le hizo la barba, fue zalamera, cariñosa, pasó al llanto, al capricho, a los chantajes, a las amenazas. Nada ablandaba a ese hombre. El padre era un tipo desapegado de sus hijos, al menos los hechos así lo demostraban. Nunca los abrazaba, no hablaba con ellos más que para regañarlos, no los escuchaba.  Los anhelos de Victoria topaban siempre con pared. Por esa razón luego le venían pensamientos entre siniestros, malvados o suicidas. Después se sentía mal, pecadora, pero esos pensamientos ya estaban enraizados en ella, ya no se iban tan fácilmente, incluso, más bien parecía crecer, desarrollarse.
Y antes, los sueños de ella eran tan diáfanos, tan buenos, sólo quería verse bailando como una doncella entre las olas del mar, una criatura del océano. Si ya no se podía en la danza clásica, aunque fuera en la danza contemporánea o en el tahitiano, que también le gustaban mucho, pero la respuesta siempre era no, para qué, no hay dinero, de dónde quieres que saquemos si apenas nos alcanza para tragar. El padre era un oficinista que nunca  pudo escalar  plaza. Ya iba para los treinta años de servicio, y nunca logró pasar de perico-perro. La madre, una ama de casa bastante triste, siempre entre los trastes, la comida, la ropa para lavar y el autoritarismo patriarcal de su marido, el maltrato continuo. Era un tipo violento, si no se hacía lo que él quería entraba en unos ataques de ira tremendos, en donde todos eran hijos de la tostada, hijos de perra, esos eran sus insultos más suavecitos. La señora tenía que callarse sentimientos, opiniones, deseos, sueños. Sólo debía obedecer, decir sí a todo, darle gusto a su hombre, agachar la cabeza y reírse de los malos chistes que su marido contaba.
Por si fuera poco, el hombre era adicto y alcohólico. Se gastaba un buen varito en darse sus gustos. Ya andaba sobre el tostón pero todavía consumía y se embriaga, aparte de dárselas de galán conquistador. Sus vicios eran impostergables, ni como pensar en abandonarlos para que su hija estudiara danza. Además, chamaca huevona, ni se lo merecía, al rato se casaba y sería puro dinero tirado a la basura. ¿Bailar, para que al rato ande de pirujilla? Ese ambiente es nefasto. Mejor hay que se haga pato en la escuela, si reprueba o no entra es su problema,  tarde o temprano va a tener que trabajar en cualquier cosa, de chacha pa’rriba.
Era una relación muy contradictoria, porque a veces en sus noches de insomnio, ella se daba cuenta de que sí amaba a sus padres, a su padre, pero su corazón estaba endurecido, y lo sabía, estaba consciente, pero como una costra vieja sus sentimientos se volvieron de piedra y sentía que ya no podía hacer nada, ya no podía cambiar las cosas, ¿cómo?, ¿por dónde?, ¿de qué forma? Por eso pensaba en huir de su casa, era la decisión más correcta, antes de intentar algo más grave, pero ¿a dónde iría? No tenía un quinto, y cuando lo pensaba en serio el mundo se le hacía grande, grande, enorme. Era más fácil e inmediato embrutecerse y pasarla bien con sus amigas y amigos, buenas risas, fajes, chistes, alegría. Aunque al otro día, ya sin los efectos y aplastada por la cruda, toda la realidad volvía, con más peso, a sus pensamientos y a su vida.
Lo que le sucedía era en verdad triste, gris. Ella tenía una sonrisa tan bonita y unos ojos negros como la obsidiana, sus manos delicadas y suaves, piernas largas, fuertes, poderosas, pero se maltrataba mucho últimamente. No comía bien, no quería estar gorda con la esperanza de que finalmente la aceptasen en algún grupo de baile. Vomitaba lo que comía. Su angustiada madre escuchaba seguido las guácaras en el baño. Y le preguntaba a su hija qué sucedía, porqué hacía eso. Pero sólo recibía gritos, malos tratos, altanerías y desprecios. Victoria sabía que hacía mal al contestarle así a su mamá. Antes se arrepentía y ofrecía una disculpa, pero ahora era dura, seca, ya no se disculpaba, ya no sentía remordimientos. ¿Hasta dónde iba a llegar? ¿Dónde terminaría la danza infernal que ahora ejecutaba?
Su cabello ensortijado, negro noche, brillaba a la luz de la luna, pero sus ojos estaban apagados, quién sabe si por tanta droga,  por el alcohol, por la mala alimentación, de tanto llorar, o por todo junto. Quizá lo más cierto era porque su cuerpo no podía bailar, y porque dede siempre le faltaron amor, besos, abrazos y caricias. Estaba toda escuchimizada. Su corazón se había convertido en un témpano de hielo.
Victoria no bailaba más, estaba sentada toda mugrosa en un rincón de la calle, en unas escaleras, bebiendo un aguardiente corriente, mientras se escucha de fondo un reguetón vulgar. Todo su cuerpo se consumía embrutecido, pero, oh, milagro, sus pies estaban moviéndose, todavía algo  vivo en su alma aún  bailaba en medio de esa oscuridad. Arriba, en el cielo, la luz roja de Marte parpadeaba en espera del alba.


Alfonso Franco Tiscareño
Para Vitral, Suplemento Barroco. Diario de Querétaro
23 de agosto del 2018

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