Mostrando las entradas con la etiqueta Gibrán Jalil Gibrán. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Gibrán Jalil Gibrán. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de diciembre de 2019

Qué le debo a Gibrán Jalil Gibrán
                                                   para mí Kaixito …

Le debo la hermosura, la amabilidad
de darle un poco de paz a mi alma
en medio del desbarranco y desconsuelo.

Le debo un  libro acariciándome
con sus palabras en una noche siniestra,
a mi diestra, sentado en la nada.

Estoy en deuda por su compañía
arrancando hojas de su propia vida
para que lloren a gusto los bastardos.

Por convertir la incertidumbre en perdón
por llevarme a caminar de la mano de Cristo
por darme de beber en el pozo del loco.

¿Y de la incitación a las palabras, qué me dices?
Del soplo de espiritualidad alimentando
la pasajera carne humana.

¿Y del llanto, de la risa, de saberse falibles?
Un jinete  en la noche a contra luz
corriendo en la arena todavía caliente.

Un sol rojo como yema de huevo
primigenio, viajando sin rumbo
entre el gran silencio de las esferas musicales.

Un ancestral beduino cabalgando
regando luz
salvando vidas.






Alfonso Franco Tiscareño 
Para Vitral, en el suplemento Barroco. Diario de Querétaro 

viernes, 19 de junio de 2015

¿Entonces no fue casual mi encuentro con Goethe?


Entonces no fue casual, ¿qué es esa mano que parece tejer la vida humana? En donde, si te fijas, nada parece casual sino causal. A los 19 años estaba  viviendo una de las más grandes crisis de mi vida, puede parecer exagerado, pero así me parecía y por tanto era tremendamente real y objetiva. Estaba pasando mi propio Sturm und drang. Ya saben, mal de amores, engaños, infidelidades, mi primera experiencia de amor fuerte, los primeros asomos de la violencia de pareja, los celos, el desamor,  la manifestación de las constelaciones con las que cada quien ha sido criado. Y en medio de esa tormenta, de ese huracán brutal, aparece  lo que he denominado como mis tres G’s: Goethe, Gibrán y Giovanni Papini.

Lo que me asombra es cómo viene a ser precisamente uno de ellos Goethe, un hombre que también en su juventud fue tremendamente pasional, cómo es que Las cuitas del joven Werther, vienen a ser para mí un contraveneno para mis males, justamente con una historia de amor desgarradora  que lleva hasta el suicidio. Un poco del mismo veneno es lo que viene a ser mi salvación.  Luego reforzado, ya como dosis salutífera, con la fuerza del pensamiento manifestada en el Fausto. ¿Cómo es que viene a mí la salvación precisamente de la mano de estos libros,  y justamente cuando más lo estaba necesitando? La manera en cómo se tejen los acontecimientos es maravillosa en su callada circunstancia.

Mi mamá y yo íbamos cada semana a comprar el mandado, una veces aquí, otras veces allá. Un tiempo estuvimos yendo a un super llamado De Todo, que existía allá por 1973-74. A veces, ya estando tan cerca, nos íbamos al Liverpool de Félix Cuevas a mirar los aparadores, cómo se decía entonces. Y claro, mi amor por la lectura siempre me llevaba al departamento de libros. Una sección pequeña, pero con buenos textos. Ahí adquirí varios libros empastados, que mi mamá me compraba con un poco de esfuerzo y  mucho cariño. Entre los textos que compré por aquellas fechas estaba precisamente uno de Goethe, una especie de antología, compilada en un bello libro, forrado en rojo y con letras doradas. Ese fue mi primer encuentro con Goethe, ¿porqué lo elegí?, no lo recuerdo, quizá por ser un libro hermoso, quizá tenía por ahí tenía alguna vaga referencia respecto al autor.

Este texto me llevó a leer después los libros completos. Para empezar Las cuitas… y el Fausto. Y mira que vinieron a ser claves en mi vida. Goethe, el apasionado, el que corrió el riesgo de volverse loco de tanta dosis de romanticismo, vino a proporcionarme el contraveneno para solucionar mi propio caso. El joven Werther me enseñó que el amor puede ser dulce y amargo, y que mucho depende de cómo lo quiera ver uno, de cómo lo quiera vivir, cuando menos esa fue mi interpretación. Me hizo pensar si acaso valía la pena morir por un supuesto amor, si valía la pena sacrificarse por una ilusión que puede ser totalmente eso: una ilusión, una fantasía, una mentira, un sueño, y decidí que no, que no seguiría un camino así, que lo vivido sería simplemente una página más del libro de mi vida, una página para aprender lecciones.

Y con su Fausto, Goethe me vino a proporcionar frases poderosísimas para integrarlas a mi vida, como aquella de: Oh, momento detente, eres tan bello. Estas líneas vinieron a trastocar y a reforzar, a la vez, puntos de vista míos. ¿Nací con ellos? ¿los adquirí? ¿las dos cosas? De ahí en adelante afiné mi vista, mi percepción, mi manera de ver todo. Me aportó calma, atención, me di cuenta además de la grandeza que cada momento tiene, de la sublimidad de lo sencillo. De que lo verdaderamente grande radica en lo más simple, porque lo que Fausto alabó, y sorprendió, sacudió, fue la belleza de unos campesinos trabajando, así de cotidiano y maravilloso. El trabajo como fuente suprema de placer y desarrollo humano, de unión intrínseca con la vida…y mis males de amor quedaron atrás. Pude haberme torcido y pasar a maldecir a las mujeres, odiarlas, precipitarme a la venganza vil, pero las enseñanzas de mis maestros me llevaron por otros caminos, benditos sean. Fueron mis guías y mis tutores, me aconsejaron con paciencia desde las enormes posibilidades de las hojas impresas de un libro, al poder reencontrarlos, releerlos, subrayarlos, detenerme a reflexionarlos, meditarlos, alimentarme.

Esta es una de las pequeñas y enormes historias que he vivido tomado del brazo de Johann Wolfgang von Goethe.

4 octubre 2014




  Barbie ¿feminista?    II/ II El monólogo de la señora Gloria prosigue diciendo: “ Es literalmente imposible ser mujer. Eres muy hermosa y ...