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sábado, 8 de septiembre de 2018

El gran viejo

Ibas caminando sin estilo, arrastrando unos viejos bostonianos que te quedaban grandes. Los pies sin calcetines, sucios, con costras de mugre. Aparte, de lo hinchado. Ah, viejo, cuánto dolor parece haber habido en tu camino. Tu cuerpo se arrastra cargado por un peso que parece que ya no soportas. Manos ajadas, con grandes uñas llenas de tierra, como las de un gato callejero.  Probablemente tengas setenta años en ese cuerpo que ya no quiere andar, pero qué te queda, aquí estás y no sabes de eutanasias. 
No sé si lo tuyo sea una especie de suicidio. Todo ese escuadrón de la muerte con que a veces te juntas en la cuadra, decrépitos, maltrechos, alcoholizados desde que sale el sol. ¿Acaso  no se están matando lentamente? No sé si lo hacen a propósito o inconscientemente, pero créeme viejo, que para un adolescente contemplar ese decadente espectáculo es difícil de tragar.  Frente a ti tienes a hombres que se están matando envueltos en falsas carcajadas disfrazadas de solidaridad y amistad. Tú vas poco con ellos, eres un lobo solitario,  pero de cualquier forma haces lo mismo.
Y así caminas, la mirada perdida que sólo levantas para echarle aguas al auto que se estaciona o parte,  o para recibir unos míseros centavos que te permitirán comer algo en  el día. Puede que te alcance hasta para un alcoholito del 96 y para un jarrito rojo. El frío pega duro en las calles por la noche.  No hay musas caminando a tu lado, ni, al parecer, seres protectores que te cuiden, pero qué sé yo, la vida podría ser peor aún para ti.  Un traje mugroso, andrajoso, te viste, es que insistes en aparecer elegante. 
El cabello enredado, canoso, descuidado,  barba de muchos días. En tus párpados caídos se adivinan los años transcurridos, caen como cataratas de tristeza. Hay nubes en tus ojos, y no son las del cielo, son las de lustros de descuidos y mala alimentación. ¿Fuiste alcohólico siempre?  No me atrevo a preguntártelo, lo considero impertinente. Viejo, viejo, me siento en el quicio de la puerta de mi casa  a ver pasar el tiempo, y te veo a ti arrastrando pesadamente tus pasos de un lado a otro. ¿acaso eres una metáfora viviente? ¿Quién eres, el karma, el destino, un asceta, un maestro para mí? 
Los poetas me han enseñado a verte diferente. No te juzgo, sólo te interrogo, me cuestiono. La poesía me aconseja al oído y me dice:  “es el gran viejo, y en efecto, es un maestro que el azar ha colocado frente a ti”. Viejo, te observo mientras Nervo y Darío me acompañan. Con Amado Nervo vengo del Mar de la tranquilidad,  y con Rubén bailo  la Canción de otoño en primavera. ¿Acaso yo soy la primavera y tú, gran viejo, eres el otoño? O al revés, ¿a la  desesperanza otoñal de mi alma, viene a iluminar la primavera de la chispa de tus ojos? No sé de escuelas, no sé teorías, pero mis poetas me señalan lo que tú eres. Rubén Darío también arrastra pesadamente sus pasos en una de sus lamentables borracheras, alucina, intenta suicidarse,  mendiga atención. Él, que era tan grande.  Luego te observo a ti, gran viejo, y tú ya ni eso pides. Finges que ayudas al conductor del auto, un poco hacia adelante, un poco hacia atrás como tu misma vida, para que el coche siga e inicie su camino, pero nada más. Sólo estiras la mano, y luego guardas los quintos en la bolsa raída de tu viejo saco que parece fue negro.      
Gran Viejo, quiero escribir tu nombre con mayúsculas, porque aunque quizá ni te importe y nunca lo sepas te respeto, te admiro y te tengo cariño. ¿Cariño? Sí, y ni yo mismo sé por qué. No sé ni dónde vives ni quién eres, cuál será tu nombre ni si algún día tuviste mujer y trabajo. A mis 13 años no entiendo aún muchas cosas. En dónde perdiste todo, si es que algún día  lo tuviste. Dime si es que a alguna altura de la cuesta se pierde la esperanza y el anhelo, pájaro solitario.
Hay un sistema explotador y corrupto, eso es verdad, pero a pesar de ello el amor y el trabajo pueden ser una bendición, una salida. ¿En qué estación te dejó el tren de la vida? ¿O fuiste tú el que decidió abandonar los misterios del viaje? Si fue así,  dime por qué, anda, ilústrame, no ves que no sé  nada y apenas estoy comenzando mi vuelo. Hueles a mugre, viejo, y nada me contestas, o mejor dicho, ese silencio es tu respuesta. Te sientas en la banqueta, enciendes una de tus colillas de cigarro y nada me respondes. Quizá sea mejor, exacto, debo encontrar mis propias respuestas. 
Aquí sí hay responsables, nadie diga que no. Toda nuestra historia está sobre tu espalda,  viejo amigo. La historia del país, la de tu ciudad, la de tu familia, la tuya propia. Sin duda por eso caminas con el torso inclinado,  tanto peso has cargado. Una historia de explotación y ruinas, de gobiernos y empresarios corruptos que no han sabido construir un país justo, más tu propia familia que no supo hacerte fuerte, y sobre todo esto tu propia inopia que no quiso fajarse sabroso con la vida. 
Vuelvo a Amado Nervo, cada quien es el arquitecto de su propio destino, y tú elegiste, en ultima instancia, el que ahora arrastras por las calles del barrio, afuera de esta cantina donde ahora cuidas autos ajenos. Por eso es que vistes ese traje estilo Clavillazo, que te queda tan grande de los brazos y que arrastras de los pies. Tus zapatos bostonianos se te medio salen del talón a cada paso. Eso es lo que elegiste conscientemente ¿o no?, eso y nada más. No hay medias tintas con la existencia, no hay forma de trucarla, cosechas lo que siembras. Qué brutal y verdadero, qué certero.  
La historia humana que te cayó encima es la respuesta.  Se dice que aquí te tocó vivir, algo así como: ya ni modo. Se me hace muy pesimista, muy pasivo. Todos tus antepasados tienen responsabilidad en lo que ahora te pasa, viejo, pero ellos ya no están aquí ahora para rendirte cuentas o una explicación, así que te decidiste por la fácil. Y yo aquí, sentado en el zaguán, mientras el Gran Viejo me acompaña. Y sin abrir unos milímetros la boca, me da una lección peripatética acerca de la vida.
 ¡Eureka! Descubrí tu encanto, una chispa de luz en tu mirada, a pesar de todo, a pesar de la sombra siniestra que te ha acompañado en tus caminos. Pude ver esa chispa un día que sonreíste levemente al pasar a mi lado.  ¿La vi o es lo que quise ver? Quizá hasta a la contra de tu estado de ánimo, esa luz en el fondo me mostró encarnada eso que llaman esperanza. 



Alfonso Franco Tiscareño 
Para Vitral, del suplemento Barroco. Diario de Querétaro 
1 noviembre  2017

lunes, 14 de mayo de 2018

Estoicos del siglo XXI

¿Es posible que el pensamiento de un hombre pueda tener vigencia durante casi 2000 años? Ni siquiera tenemos una noción muy clara de lo que puede significar tanto tiempo. Se nos hace demasiado, y para quien haya vivido intensamente los años están tan llenos de eventos que son difícilmente recordados en su cabalidad. ¿Cómo es posible que un pensamiento pueda trascender tanto en el tiempo? Pues sí, es posible, y sin duda esto se debe al valor y vigencia de tal pensamiento. Hay varios autores que hablan de la importancia del pensamiento estoico en la actualidad. Uno es el libro A Guide to the Good Life: The Ancient Art of Stoic Joy (Guía para la buena vida), de William B Irvine. También está el texto Cómo ser un estoico. Utilizar la filosofía antigua para vivir una vida moderna, de Massimo Pigliucci. Estos libros subrayan lo importante que es tener una filosofía de vida para no caminar a ciegas, a tontas y a locas, y señalan las aplicaciones concretas que pueden tener en la vida actual. 
La vigencia de la filosofía estoica es tal que anualmente se celebra la Semana del estoico. Se trata de una reunión filosófica organizada por la Universidad de Exeter, en Inglaterra, en donde se aprende estoicismo, se lleva a la vida diaria, y se evalúa si la práctica de estos preceptos logran un cambio concreto en el acontecer de las personas. Dicha semana propone esta filosofía como un “… sistema operativo mental para una vida más completa y feliz”. Estos acontecimientos son prueba palpable de que el estoicismo ha trascendido en el tiempo y sigue vigente. Vale la pena preguntarse por qué y cómo lo ha logrado.


Concentrémonos en la obra del filósofo Marco Aurelio. ¿Qué sigue siendo válido de su obra y por qué? De entrada podemos apuntar que desde que el humano es humano, siempre las nuevas generaciones se han alimentado, en todos los sentidos, de las que les precedieron. Si cada nueva generación tuviera que comenzar de nuevo, el humano no sería lo que es: un ser pensante, que puede pensarse a sí mismo, con historia y cultura, tecnología y ciencia, arte y filosofía. Es por estas razones que el pensamiento de los prohombres sigue vigente. Son fuente, manantial del que se puede abrevar permanentemente para seguir creando. Entonces, revisemos, desde la cotidianidad de nuestra vida, qué es lo que hace vigente el pensamiento de Marco Aurelio. Una cosa parece clara: en contra de quienes quieren relativizar todo, encontramos que hay verdades que son aplicables a cualquier cultura y contexto. 
Para el posmodernismo la era de las grandes narrativas ha terminado, pero la realidad, la terca realidad, los desmiente. Hay verdades que no son relativas, cuando menos hasta ahora. Son grandes verdades aun en su simpleza, son verdades que encontramos entre los sabios de todas las latitudes. Es lo que se ha denominado sabiduría perenne, se puede recurrir a ella una y otra vez sin el menor desgaste, siempre nutre, siempre guía. 
Aunque aparentemente pequeño, el libro Meditaciones, de Marco Aurelio, no puede juzgarse por su tamaño. Es rico en ideas, contenidos. Sólo con un ensayo muy amplio se podrían analizar todos los libros que lo componen. Únicamente tomaremos algunos conceptos que nos han parecido relevantes por su vigencia y veracidad. 
La importancia del concepto Presente para Marco Aurelio y para la filosofía estoica tiene un valor capital. El presente es lo único que tenemos en la vida, en el universo; no debe desperdiciarse en tonterías, al contrario, hay que hacerlo brillar, resplandecer. El pasado ya no existe. Se pude regresar a él para enriquecerse con la reflexión, nunca para vivir en el reproche. El futuro no existe, todo está por construirse, y se forja en el presente. “Aun en medio de los accidentes y del pesar queda un resquicio: el de la felicidad sin ataduras por apreciar la vida presente” (Libro cuarto), “Goza pues el presente” (Libro octavo), “Únicamente contamos con el presente para vivirlo y perderlo al instante”(Libro doceavo).

Otro concepto clave en la filosofía aureliana es el de la brevedad de la vida. Al estar vivos creemos que estaremos siempre aquí, que tendremos todo el tiempo del mundo. No alcanzamos a comprender ese mundo de muertos al que tarde o temprano llegaremos. Muchos incluso evitan hablar del tema. Marco Aurelio es contundente: “¿Sabemos acaso cuánto dura la vida? No dura más que un destello en el universo.” (Libro segundo).
Muchas veces pensamos “luego lo hago, luego pido perdón, luego le digo cuánto lo quiero, luego lo voy a ver, luego le demuestro mi cariño, mañana le doy las gracias”, pero el filósofo nos dice que “No te levantes a diario con la falsa idea de contar con todo el tiempo del mundo. La muerte puede acechar en cualquier esquina, en consecuencia aprovecha la vida para trabajar con energía haciendo el bien.” (Libro cuarto). 
Cuántos no caemos bajo el dominio de la ira, y hacemos de nuestra vida y la de los demás un campo de amargura. Frustración, desánimo, depresión son los síntomas de estos tiempos. La rabia, el desquite, el coraje. Podemos ver con que odio responden muchos en las redes sociales o en el hogar ante la más mínima critica. La ira es la negación del amor. Para Marco Aurelio la ira es un desperdicio del tiempo tan valioso y corto que tenemos para vivir. No vale la pena estar enojados. Mejor resuelve tus frustraciones y no te amargues ni amargues a los demás. Es un trabajo permanente, nadie está exento de caer en el enojo, lo importante es recapacitar y ser capar de perdonar, perdonarse, y otra vez a recomenzar. “Antes de experimentar cualquier ira, recapacita sobre la brevedad de la vida, ya que en instantes todos los hombres bajaran a la sepultura” (Libro décimo primero).
Hay quienes creen que se puede vivir la vida, el día a día, a como salga, sin ningún plan y menos una guía. Por eso estamos como estamos. Para los estoicos la vida debe vivirse con intensidad y claridad, y para ello es necesario tener objetivos, planear y ejecutar, llevarlos al terreno de la acción. La generación nini es la negación de estos preceptos, gente que ni estudia ni trabaja ni nada de nada. “Organiza acción tras acción de tu vida, y si lo consigues podrás quedar satisfecho” (Libro octavo) Esa es la respuesta de Marco Aurelio.
La filosofía no es cosa de viejitos exóticos aislados en una cueva en la montaña. La filosofía no es pensar en abstracto en la inmortalidad del cangrejo. No, la filosofía es una lámpara para caminar en la oscuridad, es una antorcha para andar el camino. Aterriza en actos y actitudes concretas en el acontecer diario. Acercarse a ella no significa ser especial ni sabio ni loco, significa pensar para actuar en el mundo. A pesar de las contradicciones, a pesar de los errores y caídas. No importa, una y otra vez hay que volver a la sabiduría para nutrirse y regresar a caminar en el mundo corrigiéndose siempre, evolucionando, construyendo desde nuestro entorno a la sociedad. 
Sabemos lo difícil que es corregir una conducta, a veces siquiera darse cuenta. Se hace el intento de cambiar, para a las primeras de cambio volver a tropezar con la misma piedra, volver a caer en el mismo error. Por eso es importante la crítica y la autocrítica, escuchar a los otros, volver a repasar nuestra filosofía, volver a meditarla, revisar bajo su luz nuestros actos, y otra vez intentar nuestra transformación. Nuestro cambio es el cambio de nuestro entorno.

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