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jueves, 11 de noviembre de 2021


Norady y Santé      II

Un gato paseaba por el filo  de la barda frente a la casa de Norady. Era una vecindad pequeña de sólo seis casas en las que habitaban otras tantas familias. Uno de los departamentos fue desocupado y a las pocas semanas llegaron a habitarlo Santé y su familia. El lugar era muy pequeño, y la mamá de Santé empezó a comentar con los vecinos lo incómoda que se sentía ahí, ya que ella venía de un departamento bastante grande, el cual tuvo que desocupar porque, aparte de que se lo pidieron, era muy frío y oscuro, y le había ocasionado una enfermedad en el pecho.

A Santé le resultó muy desagradable cambiarse a ese lugar, a ese rumbo. No conocía a nadie, dejaba lejos a sus amigos, pero todo era por procurar el bienestar de su madre. Por eso,  aunque a regañadientes,  aceptó mudarse a esa casa que era una auténtica ratonera. Las primeras noches no podía ni dormir debido a que a menos de cincuenta metros pasaba el tranvía, y el sonido  de las llantas metálicas sobre la vía, parecía originarse adentro de su casa.

El único medio para seguir ligado a su lugar de origen, a su antiguo y amado barrio, al que lo vio crecer desde pollito, era su bici. Le era a Santé lo que el caballo al cowboy. Era su corcel. De llantas anchas, freno de pedal, asiento de banana. Siempre tenía que estar en buenas condiciones, había que cuidarla de ponchaduras y banquetazos.  Así que periódicamente la arreglaba de una u otra cosa. Trabajaba en el patio de la vecindad, a pleno sol. Durante las primeras semanas aquel patio tan sólo funcionó  como pista de aterrizaje para caer al nido, dormir, comer, escuchar música y dejarse atender por la mamá y la hermana. Su casa era como un útero, siempre un retorno seguro, cálido. Cuando llegaba, la luz era puesta a medias con esos interruptores de moda entre los clasemedieros. Aquello era de veras un regazo apetecible. Al otro día, temprano, despegaba para ir a la prepa cinco, su muy amada prepa cinco. Regresaba a la una, comía y despegaba en su birula a su antiguo barrio. Así fueron los primeros tres meses de su llegada a la vecindad.

Al paso del tiempo, ya más reposado, Santé salía al patio. Habiendo cruzado unos cuantos buenos días, buenas tardes, con sus vecinos,  tomó la suficiente confianza.  Los saludos siempre iban acompañados por  la sinfonía en motor mayor, claxon 438, música de fondo a la que los inquilinos ya estaban  acostumbrados. Sabían que al abrir el zaguán los desbordaría un torrente de humo y ruido; el anuncio del parto de los Ejes viales que pronto modernizarían a la ciudad. Y aunque tan sólo se había desplazado una colonia, a él le parecía casi haberse cambiado de país. A China.

                                                                        *

El gato, dueño de la barda, volvió a hacer su aparición, bordeando ahora por un flanco de la escalera que conducía a la azotea. Santé estaba tendido a la mitad del patio en medio de llaves, tuercas, balines de la masa,  llantas, la cadena, en fin, con la bicicleta totalmente desarmada. Mientras trabajaba Santé pensaba: “Muchos han de amar su bicicleta como yo a la mía. Es mi caballo alado para recorrer las calles. Nunca he ido demasiado lejos, pero un buen cacho de la ciudad sí que lo he recorrido. Y qué tal esos días en que con mi hermano y amigos nos internamos en el misterio de la oscuridad nocturna para respirar el aire fresco, el poco tráfico, el silencio, y la belleza de la noche. Regresamos a casa hasta las 0.30 o una de la mañana, un tanto cansados, para reposar en la seguridad de nuestras casas. Ah, mi amada bicicleta, qué buenas aventuras he vivido contigo”. 

Viéndolo bien, el patio no era tan repugnante. Lo rodeaban muchas plantas y flores distintas: dalias, azucenas, primorosas, diente de león, huele de noche y otras más.  Las casa estaban dispuestas alrededor de un patio cuadrado, unas enfrente de otras. 

Norady estaba lavando trastes en la cocina y desde ahí veía al gato y su andanzas.  Al regresar la vista a sus quehaceres la mirada de Norady y Santé se encontraron por primera vez. Ella era una niña de dieciséis años, hermosa y nueva como una flor a punto de abrirse. Su cuerpo estaba ya desarrollado, sus piernas se erguían musculosas y torneadas. Destilaba ya una sensualidad animal. Los instintos de ambos despertaron y con ello su                                                                                               historia. En aquel encuentro de miradas no se adivinaba nada, porque nadie sabe exactamente qué pasará mañana.

Los encuentros y las miradas mutuas eran más frecuentes, poco a poco derivaron en coqueteos que subían y bajaban como las olas. Santé comenzó a fijarse en ella más detenidamente. Ver el cuerpo ligero y la sensualidad de Norady le hacía sentir que todos sus sentidos se alteraban. Sentimientos arrebatadores que sólo podían terminar en un encuentro demoledor de lujuria. Todo en un  abigarrado y confuso paisaje mental que él no comprendía ni le interesaba entender. Esa fuerza desconocida, que empezó a crecerle, llenaba  su vacío.

A sus 17 años Santé no había amado ni tenido una novia de esas que llamaban formales. No sabía lo que era tener una mujer entre los brazos y  besarla. Y si alguna vez había besado, no fue como él quería y se imaginaba. Aquellos besos tuvieron para él un sabor raro, como la electricidad  que se siente al colocarse una pila cuadrada en la boca.

Norady a los 16 años tampoco había tenido grandes experiencias. Era una adolescente que comenzaba a ser mujer. Era fresca y lozana.

En una de sus escapadas fuera del útero, haciendo relinchar su bicicleta, se encontró a Norady  en la puerta de salida a la calle. La mirada se convirtió en palabra

-¡Hola!¿me das permiso de pasar?, dijo nerviosamente Santé.

-¡Hola! -respondió ella-, adelante.

Sólo fue eso, nada más . De toda la gama de tonalidades de voz, la de Norady le pareció exquisita. Era dulce, suave, con un tempo muy tranquilo. Partieron de ahí, pero ese lugar lo sintieron como algo muy especial desde entonces, como si tuviera una vibración particular que ellos con su encuentro había formado. Ella tropezó con una cubeta que estaba bajo la toma de agua. Él se enredó y estuvo a punto de caer hacia la calle, luego partió intentando hacer piruetas en la bici.

 

 

 

 

Alfonso Franco Tiscareño 

Para Vitral, en el suplemento Barroco. Diario de Querétaro 

22 de septiembre del 2021


https://www.diariodequeretaro.com.mx/cultura/norady-y-sante-ii-7271465.html


 

 

 

 

 

miércoles, 17 de enero de 2018

Las lagrimas de Eros

Las lágrimas de Eros
Este libro  puede decirse que nació el 24 de julio de 1959, fecha en que Georges Bataille le puso nombre. Se trata de una especie de conclusión de los temas que fueron importantes en su obra. En Las lágrimas de Eros, Bataille hace válido el viejo adagio al que fue fiel Paul Valéry: una imagen vale más que mil palabras. El poder de una imagen rebasa con mucho todos los esfuerzos de un escritor por describir algún suceso. Bataille retoma, como asunto personal, el enorme dilema al que están sometidos todos los humanos: el erotismo, como fuente vital, y la muerte, como un final sin posibilidad de evasión. Diversos autores a lo largo de los siglos han cavilado de muchas formas abordando estos temas inherentes a la cultura, a la historia. No hay salida, sólo la posibilidad de la descripción, de la narración, del mito, de la anécdota, y en éstas encuentra el artista, el ensayista, un poco de consuelo o de satisfacción.
El sentimiento y la conciencia de la muerte marca todos nuestro pasos. La alegría del amor y del erotismo como un esperanza, una realidad, que aunque pasajera, llena con plenitud el vacío del final. El que ama, el que está envuelto en la satisfacción voluptuosa del placer, puede decir que ha vivido, que ha valido la pena a pesar de lo que venga, que probó el infinito.
Si la reflexión acerca de la relación entre erotismo y muerte nos lleva un conocimiento mayor de uno mismo, el anhelo de Bataille se verá colmado. Si la lectura de este libro nos lleva a vivir una vida más plena y consciente sabiendo que ésta tendrá un final, habrá valido la pena la existencia de este ensayo. Si su lectura nos lleva a un disfrute mayor del amor en todas sus dimensiones, pero especialmente en lo relativo a lo sexual y a lo erótico,  habrá iluminado las zonas de desesperanza que, unos más,  otros menos, padecen en sus vidas cotidianas.
Esto abre la posibilidad de vislumbrar y de vivir una vida más plena, fecunda, consciente. Actualmente, es común encontrar en las redes sociales llamados desesperados de quienes buscan amor, de quienes no han sido tocados ni  por la vara de Eros ni por las flechas de Cupido. Y así,  exhiben sus cuerpos, más mujeres que hombres,  en una especie de catálogo virtual, para que los vean, para ver si alguien pica el anzuelo, si alguien se interesa. Es legítimo, pero también triste. ¿Es acaso suerte, destino, karma?  No hay recetas ni todo está sometido a los cánones ofíciales del reino de la belleza. Hay mujeres poco agraciadas casadas con hombres guapos, y hombres feos casados con mujeres hermosas.  Y más allá de lo establecido es verdad que si a ti  te parece bella esa mujer o guapo ese hombre, es porque simplemente así es,  y podrán disfrutarse a plenitud. El mito de la Bella y la Bestia ha dado cuenta de ello. Y acaso también Frankenstein, aunque ahí sólo se trata de amistad, y no de amor erótico.
Quien prueba el amor de forma erótica, ha probado un trozo de la eternidad, ha retado al tiempo y al espacio. Lleva consigo mismo un pedazo de vida, del universo. La vida plena le puede ayudar a entender la muerte, e incluso, de alguna manera, a superarla. El amor a sí mismo es vasto, vital, pero el amor al otro es la plenitud. Tocarse, desearse, mirarse, besarse, cubrirse, penetrarse, puede representar la revelación total acerca de qué es la vida humana. Es la gran oportunidad: el ejercicio de la acción poética, espiritualizar al cosmos.
Seres conscientes, que abren la gran oportunidad de cara al universo. El infierno o el cielo están en sus manos, la muerte y el terror, o el amor y la creatividad. Cada quien decide. Eros y/o Tánatos. Y entre ellos, claro, la contradicción. Nada es totalmente blanco o negro, existe en medio toda una gama de valores. Señala Bataille en el Prefacio “Pero por encima de la precisión histórica, nunca olvidamos este principio: una de dos, o lo que nos obsesiona es, en principio, lo que el deseo y la ardiente pasión nos sugieren; o tenemos la razonable preocupación de un futuro mejor. Parece ser que existe un termino medio”. (p. 35) Pero en seguida agrega que el primer paso conseguido con este libro es: “¡Llevarnos a olvidar las nimiedades de la razón!”
Dicha gama de valores está plasmada en el arte, como lo señala Bataille, a lo largo de toda la historia de la creación humana. De ahí que una imagen hable más que mil palabras. Señala Román Gubern en su libro Del bisonte a la realidad virtual que “…la imagen es un producto social e histórico…” y que “La pulsión icónica surge de la necesidad de otorgar sentido a lo informe, de dotar de orden al desorden…”.
El libro viene profusamente ilustrado con imágenes de obras que van desde la prehistoria, hasta el arte contemporáneo. La iconografía la trabajó  Bataille  con J.M. Lo Duca, y muestra  lo que intenta todo el arte que ha abordado el tema del erotismo y la muerte: dejar al menos una estela de terror, poesía o amor a su paso por el mundo. Decidimos y creamos, en principio, para la propia satisfacción, para saber que se intentó ser un testigo crítico. Y en seguida, para dejar  un legado para los demás, una herencia, un ejemplo, un fortalecimiento, un camino para la familia, amigos, compañeros. Un viaje órfico al hades, capaz de iluminar con cánticos sublimes la más profunda oscuridad.
El abanico de posibilidades de la vida contiene de todo, dolor, alegría,  sufrimiento, placer, éxtasis,  martirio, vida, muerte. Cada uno en su lugar y muchas veces entremezclados. La aceptación y el desapego son la clave de toda vivencia. Hablarlo es fácil, pero requiere de un trabajo continuo,  consciente y muchas veces doloroso. Para Bataille el dolor es el intermediario entre la vida y la muerte.
Esta búsqueda del amor y del sexo como puertas a la inmortalidad del presente,  están desde el principio de la historia humana como tal. Mínimo desde la época del Hombre de  Neanderthal, en el Paleolítico superior. Amor y sexo han evolucionado desde lo más elemental y brusco, hasta lo más fino y extático. El tao del sexo, y el tantra sexual, son dos ejemplos históricos de ese desarrollo. Orgasmo, risa, espiritualidad, alegría, son nuestras herramientas para enfrentar a Tánatos. Respecto a la risa y el orgasmo como formas de desarrollar la conciencia, ha señalado Guillermo Sheridan en su  artículo publicado en la revista Letras Libres (diciembre 2017), que leyendo el Cakrasamvara Tantra. The discourse of Sri Heruka que tradujo y editó el erudito David B. Gray, ahí encontró la relación tan cercana y vital que existe entre la risa y el orgasmo: “la emergencia de la risa-gnosis en un arrebato de dicha natural”.
Es por todas estas circunstancias  que el libro de Georges Bataille se titula Las lágrimas de Eros, porque en él aborda, a partir del arte de todos los tiempos, la pulsión de la muerte, como llanto,  y la pulsión de la vida, como Eros.
En muchas líneas de este texto asombroso se percibe una decepción que raya en el pesimismo. Hay que tener en cuenta que este libro fue escrito cuando Bataille pasaba por graves problemas de salud y tremendas depresiones, que sumadas al talante oscuro del autor le dan ese aire a veces un tanto siniestro. Sin embargo, el lector siempre aporta cuando lee, y quien quiera llevarse la luminosidad que subyace en el texto podrá sin duda lograrlo.
Ni sólo ardiente pasión turbadora, ni vida sin el recurso de la razón.  El orgasmo y la risa orgásmica, son el potencial que poseemos para enfrentar el vacío. Nos dan un espacio pequeño, pero enorme,  de comprensión de la vida. Hay quienes aseguran que del orgasmo surgió la meditación. Tal es su rango, la conciencia absoluta del presente, del aquí y del ahora, aunque partiendo de una pérdida momentánea de la noción del tiempo y el espacio. El big bang que cada orgasmo supone, la armonía entre lo carnal y lo espiritual, la superación de lo que se supone antitético.
Las lágrimas de Eros, Georges Bataille. Ed. Tusquets. 1ª ed. México 2013


Alfonso Franco Tiscareño
Para Vitral, en el suplemento Barroco. Diario de Querétaro
https://escritosdeaft.blogspot.com
11 enero 2018


lunes, 7 de marzo de 2016

Tú y yo

Tú y yo

Una mujer, un hombre,
una erección, un momento,
sensaciones orgásmicas arrebatadoras.

Una eyaculación volcánica,
un óvulo, un espermatozoide, 
un encuentro sagrado, amoroso,
un comienzo en el cosmos. 

Hombre y mujer amándose a contraluz
mientras el mundo gira en el espacio sideral.
Todas las energías conocidas y desconocidas
latiendo al unísono para cantar
con las pléyades del cielo:
tú y yo.



aft
7 marzo 2016


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