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domingo, 5 de septiembre de 2021

 




Malcolm Lowry, una enseñanza Bajo el volcán. 

                                        ¿Cómo esperas comprender, a menos de que bebas como yo …

                                               M. L. 

Como toda novela Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, intenta representar el complejo tejido de la realidad social humana. Tarea prácticamente imposible, pero que en menor o mayor medida, y dependiendo de la capacidad del escritor, puede dar lugar a trabajos relevantes. En donde uno de los méritos consiste en crear una atmósfera, un mundo complejo y abigarrado. A veces puede ser con muchos personajes, en otras, con los mínimos. 

Es una meta muy difícil querer representar la realidad, pero ese es el reto, además de que el artista no tiene de otra, parafraseando a Sartre, está condenado a crear, es su imperiosa necesidad. La vida lo exige, el arte es necesario  para la comprensión del ser humano en todas sus facetas, por el ser humano mismo. Su creación lo refleja, le permite entenderse, explicarse. Así que ahí va el novelista desarrollando, a veces con maestría, su intento. Cociéndolo poco a poco, cocinándolo, cosiéndolo también. 

Sí una novela no te sirve para penetrar más y más en la comprensión de la vida y su complejidad, entonces ¿para qué sirve? Y sí, la palabra es sirve, y no es darle un papel meramente utilitario a las novelas, pero es definitivo que una buena novela aporta y aporta, sin cansancio, y sin proponérselo vulgarmente. Es resultado de la recreación de la vida misma, porque ésta es multiplicidad, brota por todos lados, tal cual sucede con una buena novela.

Todo ese contexto que es presentado por los aparentemente simples hechos cotidianos, es el que da vida al texto en una constante retroalimentación entre el libro, la historia, el entorno y  el lector. Es lo complejo lo que teje lo simple, y es lo sencillo lo que cifra el entramado de la complejidad. En todo ese panorama el que gana es el lector con una mejor y más amplia comprensión del mundo tanto subjetiva como objetivamente, tanto individual como históricamente. Y no sólo esto, sino también a nivel cognitivo, psicológico e ideológico. Es por todo ello que la literatura es tan importante y juega un papel tan relevante en la construcción social y en la cultura de los pueblos. 

                                                                  *

Asombra atestiguar todo el rollote que traía consigo, a sus 38 años, Malcolm Lowry, edad en la que publicó  su novela Bajo el volcán. Mucha cultura, muchas vivencias. La novela está plagada de datos interesantes, que dan lugar a estar investigando permanentemente, ya sea para saber de qué habla, o para repasar y reafirmar lo ya conocido. Claro, esto obliga a una lectura cuidadosa, detallada y entre líneas. Una experiencia muy enriquecedora.

                                                                  *

En un artículo publicado por Hernán Lara Zavala en la revista Letras Libres se señala que “Bowker relata al inicio de Perseguido por los demonios (biografía de Lowry) cómo Malcolm decidió, desde niño y de manera inconsciente, su futura inclinación hacia el alcohol como rechazo al puritanismo y a la rigidez paternal”.

Si este dato, citado por su biógrafo, es cierto, es un testimonio muy doloroso de cuán tonto es el humano muchas veces. Hagan el favor, sólo por llevar la contra a su padre decidir hundirse en el vicio del alcohol. Qué tontería. Sí, sin duda es necesario, fundamental, independizarse de los padres, pero no a partir de una independencia mal entendida.  Llevarle la contra al papá para hundirse en los vicios, transitar por la vía de la autodestrucción, es un camino muy equivocado que sólo provoca desgracias y dolor para todos los involucrados. Claro, aquí, a nivel hipotético, entra el dilema un tanto egoísta: si Malcolm Lowry no hubiera sido alcohólico no hubiera producido esta obra maestra de la literatura mundial. Pero, quién lo sabe, quién puede responder a ciencia cierta. Nadie, sólo es una especulación entre barata y necesaria, son preguntas inevitables. De alguna manera Georges Bataille, entre otros, ya abordó el tema en su libro La literatura y el mal. La complejidad de la vida humana da para muchas historias y obras de arte. La vida es lo que es, así de sencillo y de complejo. En la dialéctica entre el bien y el mal surgen las síntesis, las enseñanzas para la comprensión, los elementos para actuar en ella. También ya lo señaló Paul Ricoeur en su célebre texto La vida: un relato en busca de narrador, en donde el autor apunta que “De este doble análisis resulta que la ficción, principalmente la ficción narrativa, es una dimensión irreducible de la comprensión de sí. Si es cierto que la ficción sólo se completa en la vida y que la vida sólo se comprende a través de las historias que contamos sobre ella, entonces, podemos decir que una vida examinada, en el sentido de la palabra que tomamos prestada al principio a Sócrates, es una vida narrada.”

No conozco las particularidades de la relación de Malcolm Lowry con su padre, pero hablando en términos muy generales podemos decir lo que muchos libros de sabiduría han señalado: que la soberbia y la necedad producen desastres, que la humildad y la obediencia son un mejor camino. La independencia del padre es justa y necesaria, pero debería venir de la mano del cariño, del respeto, del agradecimiento, de la admiración, del amor. No sé exactamente en el caso de Lowry, pero en muchos otros casos las adicciones de los hijos, se gestan en el seno de la familia, es decir, los padres tienen una responsabilidad en ello. Sin embargo, lo ideal sería que al llegar a un período de cierta madurez, los hijos violentados física o psicológicamente pudieran visualizar con claridad que a pesar del origen de sus vicios, es posible liberarse de éstos por medio de la conciencia, de cómo interpreten esos hechos dolorosos. En lugar de una venganza contra el padre, la madre, o contra ambos, podríamos intentar una reacción asertiva, consciente, liberadora, madura.  Desafortunadamente, Lowry decidió hundirse en la adicción al alcohol arrastrando a muchos con él.

 

 

Alfonso Franco Tiscareño 

Para Vitral, en el suplemento Barroco. Diario de Querétaro 

30 de junio del 2021


https://www.diariodequeretaro.com.mx/cultura/malcom-lowry-una-ensenanza-bajo-el-volcan-6927607.html


 

 

miércoles, 7 de noviembre de 2018

El concurso de ortografía I

¡Qué hermosa era mi maestra de Español en la secundaria! Se notaba que tenía poco en la profesión porque era muy joven, quizá 24 ó 25 años a lo mucho. Su cabello un poco corto, negro, grueso, con un peinado muy de principios de los setenta. Y era buena onda. Reunía los clásicos requisitos que uno anhela en una maestra, el arquetipo clásico, pero muy vigente para unos chamacos en pleno crecimiento y despertar: guapa, amable, moderna, de buen cuerpo. Yo era tímido, no era de los que se llevaban con los maestros, ni ella se llevaba con los alumnos, o mejor dicho, con los estudiantes, como le gustaba al subdirector de la secundaria que le dijeran a los muchachos. El hombre se molestaba mucho cuando nos los llamaban así. 
Bertha se llamaba ella, Bertha, y su nombre nos traía loquitos a todos, sospecho que hasta a muchos profesores. A mí, en forma muy callada, pues como ya dije, era muy tímido. Pero eso no me impedía intentar mirar hasta donde pudiera cuando ella se sentaba en la silla del maestro en el salón de clase. No había escritorio sino sólo una mesa, así que se podían contemplar, con calma, pero disimuladamente, sus bellas y torneadas piernas. A veces utilizaba una medias de abuelita que cobraban vida moderna al ser acompañadas de una discreta falda corta; otras veces, no llevaba medias y esos días eran la locura: voltear a mirarla cuando subía las escaleras, con discreción espiarla cuando se sentaba en la silla, y estar atento a cualquier movimiento que hiciera y permitiera que su falda corta se levantara un poco más, era toda una aventura. Los días en que llevaba sus pantalones oscuros y anticuados no le importaban a nadie. Hasta la clase parecía más sosa y aburrida. Y no era sólo una percepción personal. Lo notaba en que a cada rato ella tenía que llamarle la atención a varios compañeros porque estaban bien distraídos o dando mucha lata.






Aunque la maestra Bertha se iba mucho por el lado del programa oficial, muchas reglas, mucha formalidad, muchos ejercicios en abstracto, sus clases no me parecían aburridas. Sobre todo porque se notaba que amaba su trabajo, que nos quería contagiar su amor por el idioma español, que no era tiesa ni dura ni grosera con nosotros. Y subrayo esto porque la secundaria estaba plagada de maestros gandallas. Eran los setentas, y los ánimos estaban caldeados por todos lados. Desde el maestro de deportes que a la entrada de la escuela iba escogiendo a quienes, nomás por sus güevos, como él mismo decía, tenían que romperse la madre ese día; o como el maestro de Civismo, que apunta de borradorazos –con tino de apache- y reglazos pretendía inculcarnos las reglas de ética y buen comportamiento social; o el caso de nuestro amado prefecto que cargaba una cadena, delgada, para asaetearnos cada vez que según él hacíamos algo incorrecto. En ese entorno, la profesora era un oasis, no era cariñosa ni se llevaba, pero nos respetaba y se preocupaba de que aprendiéramos, a pesar de los programas de estudio tan áridos y anquilosados.
Años después consideré a ese tipo de educación como muy atrasado, aunque ahora, al pasar más tiempo, creo que la educación secundaria ha sufrido una regresión más grande aún. Ahora en el siglo XXI, la gran mayoría de los chavos salen de secundaria perdidos, no saben nada de nada. 
Las clases eran muy serias, medio secas, pero leíamos libros, escribíamos resúmenes, se armaban concursos de declamación donde conocíamos a algunos poetas y su obra, y se organizaban concursos de ortografía. Y yo me quejaba, ¡caramba! ahora los adolescentes de secundarias públicas ya casi no tienen nada de eso. Hoy todo es quesque por competencias y nuevos modelos, que entre otras barbaridades, por ejemplo, ponen a los alumnos a leer determinado número de palabras por minuto, si cumplen la meta numérica es suficiente, el maestro elaborará reportes interminables, horrendos y burocráticos, en donde dará cuenta de que la competencia se haya cumplido: apertura, desarrollo y cierre, se han llevado a cabo con displicencia. Vaya, vaya…



En aquel tiempo la cosa era más humana, más de seres vivos, a pesar de sus contradicciones. Aunque seguramente ahora, a pesar de la montaña burocrática de formatos por llenar, la vida seguirá respirando por algún rinconcito. En aquella década la educación, a pesar de todo, estaba más viva y era de más calidad, aún con la represión y la violencia de estado, los docentes estaban en mejores condiciones laborales y salariales que ahora, y el contexto era muy diferente al actual del nuevo milenio (título que es pura pantalla porque no hay tal modernidad o avance que implicaría nombre tan rimbombante). La maestra Bertha era además de una nueva y joven generación de profesores que quizá por lo mismo traían ganas de hacer las cosas de manera diferente. Aunque, a veces, la observaba sentada en la sala de maestros o caminando por el patio y la veía muy pensativa, la mirada incluso algo perdida o muy lejos de ahí, muy seria, absorta en su mundo personal. ¿Qué le sucederá -pensaba yo-, en qué estará pensando?, ¿le preocupará algo? 
Cuando entraba al salón se dedicaba a lo suyo. Dejaba sus problemas y preocupaciones atrás, y se convertía en otra persona, atenta y dedicada. Un buen día nos informó de un concurso de ortografía para el cual deberíamos prepararnos. No creo que nadie en su casa le haya dedicado ni cinco minutos al asunto, pero el día señalado para el concurso llegó. No recuerdo haberme preparado de manera especial. 
Sin mucho protocolo ni la gran cosa el día del examen para el concurso se repartieron las pruebas, contesté mis hojas, entregué y las clases siguieron como si nada. Era un viernes, al siguiente lunes no me presenté, me había sentido muy mal, me dolían las piernas, poco después supe que a ese tipo de dolor le llamaban reumas. También me dolían los codos y las muñecas. Fiebre reumática dijo el doctor. Me mandó unas pastillas llamadas Reumofán y unas inyecciones dolorosísimas de Benzetacil combinado. Como los dolores eran muy fuertes no me quedó más remedio que aceptar la terapia. No tenía de otra, no quería estar ahí tirado, incapacitado, alucinando no sé cuántas cosas como qué pasaría si no volviera a caminar. Pasó un día, otro, otro y otro y entonces supe que eso iría para algo largo, dos semanas en total. Se me hicieron eternas. Unos buenos vecinos se compadecieron de mí, y en muy buen plan me llevaron unos tomos de enciclopedias temáticas, bellísimas, que me cayeron de lujo e hicieron menos tediosa la recuperación. Leí mucho, mucho. Mitología griega, biografías, libros de estampas, que me compró mi mamá, con animales terrestres y acuáticos. Otro libro, también de cromos con la Vida de Jesús. Aparte, mis libros de poesías de cuando participé en concursos de declamación. Toda esta lectura me llenó de horas muy intensas y placenteras, así como la música de rock. Me pasé horas y horas escuchando Radio 590 -la Pantera-, Radio Éxitos y sobre todo Radio Capital, con su hora inglesa y Vibraciones. 



Así pasaron esas dos largas semanas. En cuanto pude, y ayudado por un viejo bastón que era de mi tío comencé a caminar todo atrofiado. Si recuerdo bien, creo que fueron un poco más que 14 días, porque al principio de la tercera semana vinieron a mi casa a tocar la puerta. Mi padre -con su periódico sobre la mesa-, y nosotros estábamos comiendo. Cuando mamá abrió escuché una voz como muy oficiosa preguntando si ahí vivía yo, sí era mi casa. Dijo mamá, sí, aquí vive. -Es que venimos de parte de la secundaria a darle una información-, dijeron ellas. Eran una prefecta y una maestra del área de Orientación. Ah, sí, pasen, pasen. Mi papá era muy bueno para las relaciones sociales, era muy amable y atento, y con su buena voz como que apantallaba. -Venimos a darles una información- dijeron. Su hijo ganó el concurso reciente de ortografía y va a representar al plantel en el concurso de zona. Como no ha ido a la escuela venimos a avisarles para que se vaya preparando y estudie mucho, señaló la orientadora. Mi mamá se emocionó bastante y preguntaba detalles. Papá escuchaba atento. Yo estaba muy contento, aunque nunca lo esperé ni lo deseé ni lo imaginé, pero bueno, bienvenido el triunfo y adelante, pensé. 
El encuentro fue breve, la prefecta y la maestra debían regresar a sus labores. En cuanto salieron de la casa parecía como si aquello no hubiera sido real, como si todo se reacomodara a como estaba hasta antes de que tocaran la puerta. Mamá esperaba que papá tomara la iniciativa, a ver qué decía. Mi papá volvió a su periódico sin voltear ni comentar nada en absoluto, como si nada hubiera sucedido. Yo sentía que había ganado el premio Nobel de literatura, pero mi papá ni siquiera me volteaba a ver. (Continuará)

jueves, 23 de agosto de 2018

Victoria, criatura océanica

Victoria, criatura del océano

Ella quería bailar, pero sus padres se oponían. Decían que eso qué, de qué iba a vivir, se iba a morir de hambre. Bailar clásico era para ricos, para gente acomodada, hasta cierto punto ociosa, no para gente como ellos, jodida, amolada, pobres, pues. Además, le argumentaban que ya estaba muy ruca para el baile,  eso se comenzaba desde chamaquita no a su edad. Y sí, quizá el tiempo ideal ya había pasado, pero ella llevaba como seis o siete años pidiéndoles la metieran a danza clásica. Al principio la llevaron, tendría ella unos 9 años. A una casa de la cultura vino una vieja ex bailarina a dar un taller, sólo estuvo unos tres meses y desapareció sin siquiera avisar. En la delegación dijeron que no había presupuesto, y como no le pagaban, la señora se fue. Después de eso, nada, ya nunca volvieron a llevar a la niña a tomar clases a ningún lado.

Según contaba ella, esos tres meses  en la danza clásica fueron los más felices de su vida. La maestra ex bailarina, amaba su arte, nunca llegó a destacar en ningún ballet, pero sabía del tema, había pisado los escenarios, y algo tenía para compartir. Pero aquellas vivencias terminaron, y Victoria lloraba mucho por ello.
 Estaba perdiendo el ánimo. Ya no quería estudiar, la escuela le importaba un bledo. No entraba, se iba de pinta, y como tenía unas amigas a las que casi no les gustaba el desmán, pues fácilmente agarraban el cotorreo. A sus 16 años, muy joven para morir, pero muy vieja para la danza, ya tenía su carrera en el relajo. Con amigas y amigos, con escuela o sin ella, las caguamas rolaban, también la mota, los barrilitos de mezcal adulterado y el aguardiente. Y le entraban macizo. Su padre andaba todo el día en la calle y no se daba cuenta. La mamá hacía como que no sabía, y cuando la situación se ponía muy ruda, con palabras cariñosas trataba de convencer a su hijita de que ese no era buen camino.
La chamaca era buena persona, fue una niña preciosa, dulce, cariñosa, amable, traviesa, llena de ilusiones. En cambio ahora, la vida perdía significado para ella, hasta tenía ganas de morirse, sí, de morirse. Luego ella misma se cuestionaba, ¿ya, tanto así, hasta como para pelar gallo? Y la respuesta era que sí, tanto así. Sentía que a su edad ya había valido gorro. Ahora era adicta, borracha, sin oficio ni beneficio, huevona, mal hablada, y a veces, hasta con muy malos y perversos pensamientos. No tenía futuro.
Para lograr su objetivo debía sobre todo convencer a su papá,  era el más reacio a que ella bailara. Aplicó cuanto método se le ocurrió, le hizo la barba, fue zalamera, cariñosa, pasó al llanto, al capricho, a los chantajes, a las amenazas. Nada ablandaba a ese hombre. El padre era un tipo desapegado de sus hijos, al menos los hechos así lo demostraban. Nunca los abrazaba, no hablaba con ellos más que para regañarlos, no los escuchaba.  Los anhelos de Victoria topaban siempre con pared. Por esa razón luego le venían pensamientos entre siniestros, malvados o suicidas. Después se sentía mal, pecadora, pero esos pensamientos ya estaban enraizados en ella, ya no se iban tan fácilmente, incluso, más bien parecía crecer, desarrollarse.
Y antes, los sueños de ella eran tan diáfanos, tan buenos, sólo quería verse bailando como una doncella entre las olas del mar, una criatura del océano. Si ya no se podía en la danza clásica, aunque fuera en la danza contemporánea o en el tahitiano, que también le gustaban mucho, pero la respuesta siempre era no, para qué, no hay dinero, de dónde quieres que saquemos si apenas nos alcanza para tragar. El padre era un oficinista que nunca  pudo escalar  plaza. Ya iba para los treinta años de servicio, y nunca logró pasar de perico-perro. La madre, una ama de casa bastante triste, siempre entre los trastes, la comida, la ropa para lavar y el autoritarismo patriarcal de su marido, el maltrato continuo. Era un tipo violento, si no se hacía lo que él quería entraba en unos ataques de ira tremendos, en donde todos eran hijos de la tostada, hijos de perra, esos eran sus insultos más suavecitos. La señora tenía que callarse sentimientos, opiniones, deseos, sueños. Sólo debía obedecer, decir sí a todo, darle gusto a su hombre, agachar la cabeza y reírse de los malos chistes que su marido contaba.
Por si fuera poco, el hombre era adicto y alcohólico. Se gastaba un buen varito en darse sus gustos. Ya andaba sobre el tostón pero todavía consumía y se embriaga, aparte de dárselas de galán conquistador. Sus vicios eran impostergables, ni como pensar en abandonarlos para que su hija estudiara danza. Además, chamaca huevona, ni se lo merecía, al rato se casaba y sería puro dinero tirado a la basura. ¿Bailar, para que al rato ande de pirujilla? Ese ambiente es nefasto. Mejor hay que se haga pato en la escuela, si reprueba o no entra es su problema,  tarde o temprano va a tener que trabajar en cualquier cosa, de chacha pa’rriba.
Era una relación muy contradictoria, porque a veces en sus noches de insomnio, ella se daba cuenta de que sí amaba a sus padres, a su padre, pero su corazón estaba endurecido, y lo sabía, estaba consciente, pero como una costra vieja sus sentimientos se volvieron de piedra y sentía que ya no podía hacer nada, ya no podía cambiar las cosas, ¿cómo?, ¿por dónde?, ¿de qué forma? Por eso pensaba en huir de su casa, era la decisión más correcta, antes de intentar algo más grave, pero ¿a dónde iría? No tenía un quinto, y cuando lo pensaba en serio el mundo se le hacía grande, grande, enorme. Era más fácil e inmediato embrutecerse y pasarla bien con sus amigas y amigos, buenas risas, fajes, chistes, alegría. Aunque al otro día, ya sin los efectos y aplastada por la cruda, toda la realidad volvía, con más peso, a sus pensamientos y a su vida.
Lo que le sucedía era en verdad triste, gris. Ella tenía una sonrisa tan bonita y unos ojos negros como la obsidiana, sus manos delicadas y suaves, piernas largas, fuertes, poderosas, pero se maltrataba mucho últimamente. No comía bien, no quería estar gorda con la esperanza de que finalmente la aceptasen en algún grupo de baile. Vomitaba lo que comía. Su angustiada madre escuchaba seguido las guácaras en el baño. Y le preguntaba a su hija qué sucedía, porqué hacía eso. Pero sólo recibía gritos, malos tratos, altanerías y desprecios. Victoria sabía que hacía mal al contestarle así a su mamá. Antes se arrepentía y ofrecía una disculpa, pero ahora era dura, seca, ya no se disculpaba, ya no sentía remordimientos. ¿Hasta dónde iba a llegar? ¿Dónde terminaría la danza infernal que ahora ejecutaba?
Su cabello ensortijado, negro noche, brillaba a la luz de la luna, pero sus ojos estaban apagados, quién sabe si por tanta droga,  por el alcohol, por la mala alimentación, de tanto llorar, o por todo junto. Quizá lo más cierto era porque su cuerpo no podía bailar, y porque dede siempre le faltaron amor, besos, abrazos y caricias. Estaba toda escuchimizada. Su corazón se había convertido en un témpano de hielo.
Victoria no bailaba más, estaba sentada toda mugrosa en un rincón de la calle, en unas escaleras, bebiendo un aguardiente corriente, mientras se escucha de fondo un reguetón vulgar. Todo su cuerpo se consumía embrutecido, pero, oh, milagro, sus pies estaban moviéndose, todavía algo  vivo en su alma aún  bailaba en medio de esa oscuridad. Arriba, en el cielo, la luz roja de Marte parpadeaba en espera del alba.


Alfonso Franco Tiscareño
Para Vitral, Suplemento Barroco. Diario de Querétaro
23 de agosto del 2018

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