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miércoles, 7 de noviembre de 2018

El concurso de ortografía I

¡Qué hermosa era mi maestra de Español en la secundaria! Se notaba que tenía poco en la profesión porque era muy joven, quizá 24 ó 25 años a lo mucho. Su cabello un poco corto, negro, grueso, con un peinado muy de principios de los setenta. Y era buena onda. Reunía los clásicos requisitos que uno anhela en una maestra, el arquetipo clásico, pero muy vigente para unos chamacos en pleno crecimiento y despertar: guapa, amable, moderna, de buen cuerpo. Yo era tímido, no era de los que se llevaban con los maestros, ni ella se llevaba con los alumnos, o mejor dicho, con los estudiantes, como le gustaba al subdirector de la secundaria que le dijeran a los muchachos. El hombre se molestaba mucho cuando nos los llamaban así. 
Bertha se llamaba ella, Bertha, y su nombre nos traía loquitos a todos, sospecho que hasta a muchos profesores. A mí, en forma muy callada, pues como ya dije, era muy tímido. Pero eso no me impedía intentar mirar hasta donde pudiera cuando ella se sentaba en la silla del maestro en el salón de clase. No había escritorio sino sólo una mesa, así que se podían contemplar, con calma, pero disimuladamente, sus bellas y torneadas piernas. A veces utilizaba una medias de abuelita que cobraban vida moderna al ser acompañadas de una discreta falda corta; otras veces, no llevaba medias y esos días eran la locura: voltear a mirarla cuando subía las escaleras, con discreción espiarla cuando se sentaba en la silla, y estar atento a cualquier movimiento que hiciera y permitiera que su falda corta se levantara un poco más, era toda una aventura. Los días en que llevaba sus pantalones oscuros y anticuados no le importaban a nadie. Hasta la clase parecía más sosa y aburrida. Y no era sólo una percepción personal. Lo notaba en que a cada rato ella tenía que llamarle la atención a varios compañeros porque estaban bien distraídos o dando mucha lata.






Aunque la maestra Bertha se iba mucho por el lado del programa oficial, muchas reglas, mucha formalidad, muchos ejercicios en abstracto, sus clases no me parecían aburridas. Sobre todo porque se notaba que amaba su trabajo, que nos quería contagiar su amor por el idioma español, que no era tiesa ni dura ni grosera con nosotros. Y subrayo esto porque la secundaria estaba plagada de maestros gandallas. Eran los setentas, y los ánimos estaban caldeados por todos lados. Desde el maestro de deportes que a la entrada de la escuela iba escogiendo a quienes, nomás por sus güevos, como él mismo decía, tenían que romperse la madre ese día; o como el maestro de Civismo, que apunta de borradorazos –con tino de apache- y reglazos pretendía inculcarnos las reglas de ética y buen comportamiento social; o el caso de nuestro amado prefecto que cargaba una cadena, delgada, para asaetearnos cada vez que según él hacíamos algo incorrecto. En ese entorno, la profesora era un oasis, no era cariñosa ni se llevaba, pero nos respetaba y se preocupaba de que aprendiéramos, a pesar de los programas de estudio tan áridos y anquilosados.
Años después consideré a ese tipo de educación como muy atrasado, aunque ahora, al pasar más tiempo, creo que la educación secundaria ha sufrido una regresión más grande aún. Ahora en el siglo XXI, la gran mayoría de los chavos salen de secundaria perdidos, no saben nada de nada. 
Las clases eran muy serias, medio secas, pero leíamos libros, escribíamos resúmenes, se armaban concursos de declamación donde conocíamos a algunos poetas y su obra, y se organizaban concursos de ortografía. Y yo me quejaba, ¡caramba! ahora los adolescentes de secundarias públicas ya casi no tienen nada de eso. Hoy todo es quesque por competencias y nuevos modelos, que entre otras barbaridades, por ejemplo, ponen a los alumnos a leer determinado número de palabras por minuto, si cumplen la meta numérica es suficiente, el maestro elaborará reportes interminables, horrendos y burocráticos, en donde dará cuenta de que la competencia se haya cumplido: apertura, desarrollo y cierre, se han llevado a cabo con displicencia. Vaya, vaya…



En aquel tiempo la cosa era más humana, más de seres vivos, a pesar de sus contradicciones. Aunque seguramente ahora, a pesar de la montaña burocrática de formatos por llenar, la vida seguirá respirando por algún rinconcito. En aquella década la educación, a pesar de todo, estaba más viva y era de más calidad, aún con la represión y la violencia de estado, los docentes estaban en mejores condiciones laborales y salariales que ahora, y el contexto era muy diferente al actual del nuevo milenio (título que es pura pantalla porque no hay tal modernidad o avance que implicaría nombre tan rimbombante). La maestra Bertha era además de una nueva y joven generación de profesores que quizá por lo mismo traían ganas de hacer las cosas de manera diferente. Aunque, a veces, la observaba sentada en la sala de maestros o caminando por el patio y la veía muy pensativa, la mirada incluso algo perdida o muy lejos de ahí, muy seria, absorta en su mundo personal. ¿Qué le sucederá -pensaba yo-, en qué estará pensando?, ¿le preocupará algo? 
Cuando entraba al salón se dedicaba a lo suyo. Dejaba sus problemas y preocupaciones atrás, y se convertía en otra persona, atenta y dedicada. Un buen día nos informó de un concurso de ortografía para el cual deberíamos prepararnos. No creo que nadie en su casa le haya dedicado ni cinco minutos al asunto, pero el día señalado para el concurso llegó. No recuerdo haberme preparado de manera especial. 
Sin mucho protocolo ni la gran cosa el día del examen para el concurso se repartieron las pruebas, contesté mis hojas, entregué y las clases siguieron como si nada. Era un viernes, al siguiente lunes no me presenté, me había sentido muy mal, me dolían las piernas, poco después supe que a ese tipo de dolor le llamaban reumas. También me dolían los codos y las muñecas. Fiebre reumática dijo el doctor. Me mandó unas pastillas llamadas Reumofán y unas inyecciones dolorosísimas de Benzetacil combinado. Como los dolores eran muy fuertes no me quedó más remedio que aceptar la terapia. No tenía de otra, no quería estar ahí tirado, incapacitado, alucinando no sé cuántas cosas como qué pasaría si no volviera a caminar. Pasó un día, otro, otro y otro y entonces supe que eso iría para algo largo, dos semanas en total. Se me hicieron eternas. Unos buenos vecinos se compadecieron de mí, y en muy buen plan me llevaron unos tomos de enciclopedias temáticas, bellísimas, que me cayeron de lujo e hicieron menos tediosa la recuperación. Leí mucho, mucho. Mitología griega, biografías, libros de estampas, que me compró mi mamá, con animales terrestres y acuáticos. Otro libro, también de cromos con la Vida de Jesús. Aparte, mis libros de poesías de cuando participé en concursos de declamación. Toda esta lectura me llenó de horas muy intensas y placenteras, así como la música de rock. Me pasé horas y horas escuchando Radio 590 -la Pantera-, Radio Éxitos y sobre todo Radio Capital, con su hora inglesa y Vibraciones. 



Así pasaron esas dos largas semanas. En cuanto pude, y ayudado por un viejo bastón que era de mi tío comencé a caminar todo atrofiado. Si recuerdo bien, creo que fueron un poco más que 14 días, porque al principio de la tercera semana vinieron a mi casa a tocar la puerta. Mi padre -con su periódico sobre la mesa-, y nosotros estábamos comiendo. Cuando mamá abrió escuché una voz como muy oficiosa preguntando si ahí vivía yo, sí era mi casa. Dijo mamá, sí, aquí vive. -Es que venimos de parte de la secundaria a darle una información-, dijeron ellas. Eran una prefecta y una maestra del área de Orientación. Ah, sí, pasen, pasen. Mi papá era muy bueno para las relaciones sociales, era muy amable y atento, y con su buena voz como que apantallaba. -Venimos a darles una información- dijeron. Su hijo ganó el concurso reciente de ortografía y va a representar al plantel en el concurso de zona. Como no ha ido a la escuela venimos a avisarles para que se vaya preparando y estudie mucho, señaló la orientadora. Mi mamá se emocionó bastante y preguntaba detalles. Papá escuchaba atento. Yo estaba muy contento, aunque nunca lo esperé ni lo deseé ni lo imaginé, pero bueno, bienvenido el triunfo y adelante, pensé. 
El encuentro fue breve, la prefecta y la maestra debían regresar a sus labores. En cuanto salieron de la casa parecía como si aquello no hubiera sido real, como si todo se reacomodara a como estaba hasta antes de que tocaran la puerta. Mamá esperaba que papá tomara la iniciativa, a ver qué decía. Mi papá volvió a su periódico sin voltear ni comentar nada en absoluto, como si nada hubiera sucedido. Yo sentía que había ganado el premio Nobel de literatura, pero mi papá ni siquiera me volteaba a ver. (Continuará)

Del acontecer VIII

Chistes y chistes acerca del muro que supuestamente construirá Donald Trump en la frontera entre México y USA. Así son muchos mexicanos, todo lo quieren arreglar con chistecitos, no hay un enfrentamiento crítico con la realidad. El humor es sano cuando no es evasión, y cuando además se acompaña de acciones transformadoras. 
No habrá tal muro, no es factible, no es posible. Habrá persecución, represión, deportación fuerte, amenazas. ¿Se arreglará el problema haciendo bromas?

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Todas las proporciones guardadas, al contrario de Hugo, Balzac o Vigny, con antecedentes de familias ilustres, yo no sé de dónde vengo ni conozco mucho de mis raíces. Sin embargo, trato de tener muy claro por dónde camino y hacia dónde voy. Pienso en qué ejemplo trato de darle a mis hijos y a mis descendientes. 
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Leo El cuaderno de Bento, de John Berger, y hay momentos en que las lágrimas asoman a mis ojos.
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Me gusta la palabra misterio y no sé exactamente porqué. Creo que todo lo oculto intriga al ser humano, lo desconocido. Es hasta por una ley de sobrevivencia. Lo que no conocemos nos amenaza. Lo conocido nos da seguridad, tranquilidad. Lo misterioso nos da miedo, nos paraliza, niega la vida. Es un instinto de sobrevivir el que nos hace acercarnos a lo misterioso. 
La palabra en sí me gusta cómo suena. Aunque el signo es arbitrario, su sonoridad de me produce bienestar. Etimológicamente la palabra significa iniciado, y viene de los cultos más antiguos en donde había que cerrar los ojos y la boca. Todo misterio hace referencia a un más allá, no necesariamente metafísico, sino a algo más allá de la conciencia. Son secretos para los demás, no para el individuo que ha sido iniciado en ellos. 
La palabra me gusta, pero además, por una circunstancia social, casi arquetípica, de inconsciente colectivo, tuve contacto desde niño con todo ese significado cultural que las palabras cargan. Y que, aunado a la personalidad de cada uno, produce efectos diferentes. 
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Escribir no significa por sí mismo que el escritor sea un ser diferente, sublime o superior. Se trata de un oficio como cualquier otro, en el cual hay que esmerarse y aprender todos los días. Ojalá puedas aportar algo bueno a otras personas tal como hace un buen plomero, albañil o carpintero.
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En algunos temas Marco Aurelio, el filósofo, es un antecedente directo de E. M. Cioran
por ese aire triste, un tanto depresivo, pesimista.
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A veces, la luna se observa en pleno día a la mitad del cielo. Sal a verla. Tranquilo, quédate quieto, sin prisa. Trata de captar la velocidad tremenda a la que van tú y ella navegando en el espacio sideral. De pronto pareciera que sólo están ustedes dos en el universo, pero el canto de unos gallos, también insólito a esta hora del día (las 5.20 pm), te hace ver que no están solos. La luna, sólo media carita, asoma por entre la cortina del cielo azul de primavera. 
Voy a encerrarme a escuchar a Vivaldi y a Philip Glass. Y miraré desde mi ventana a esa lunita en pleno atardecer. Estática, aparentemente inmóvil, volteando hacia la Tierra. ¿Qué tanto verá? Los aires de la civilización maya y la de los grandes astrónomos soplan sobre mí, y medio alcanzo a comprender la grandeza de su trabajo. Hombres que tuvieron y tienen el atrevimiento, el arrojo, la inteligencia, y la entereza de mirar hacia el cielo.
Bueno, voltear al cielo, cuando menos, pude entenderlos un poco en este instante.
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Los jardines son espacios de vida, orden y armonía. Dan sabor donde hay aridez y desorden. Dan calma y paz al espíritu. Promueven el desarrollo de la imaginación. Pienso en ello mientras leo Una vuelta por mi cárcel, de Marguerite Yourcenar, cap. XII, Bosquecillos sagrados y jardines secretos.
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Me da gusto ignorar tanto, porque me permite saber más.
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Dice Ray Bradbury : " Los libros son personas, no libros: cada vez que abres un libro, la persona salta afuera y se convierte en ti. Tú vas a la biblioteca y sacas un libro del estante y lo abres, ¿y qué estás buscando? Un espejo; de improviso hay un espejo ahí y puedes verte a ti mismo, pero tu nombre ahora es Charles Dickens, William Shakespeare, Emily Dickinson, Robert Frost o cualquiera de los grandes poetas. Así que vas a la biblioteca y te descubres a ti mismo."
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Soy un sibarita en muchos sentidos, uno de ellos: que no quiero gallos junto a mí, son muy escandalosos. Me gustan como creación de la naturaleza, su garbo, sus colores, pero amo más la calma y el silencio. 
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Un pájaro canta en mi ventana, y lo más maravilloso: está libre.
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Este 12 de octubre jovencita, jovencito, recuerda, recuerda. México no ha sido siempre lo que ahora lamentablemente contemplas: corrupción, crímenes. No, has de saber que venimos de culturas originarias muy importantes conectadas a el Águila. No lo olvides. Es el tiempo de laGuerra Florida, niña. Es la guerra florida, niño. La que abre tu corazón para ofrendarlo al sol de la sabiduría. Es la guerra del sacrificio humano, sí, el tuyo niña, niño. Porque tendrás que esforzarte para que la conciencia y el amor renazcan cada día en tu ser, y así poder transformar esta condición miserable. Es la guerra florida – Xochiyaoyotl-, la de la formación de los guerreros de élite, los que asaltarán al mundo con una visión cósmica de armonía y paz interior. Es el ensoñar que conjunta los mundos de lo posible con lo real, es el eco de las voces de nuestros ancestros sonando en Malinalco y latiendo en tu sangre. Es la guerra florida, niños, niñas.

lunes, 29 de enero de 2018

Chivis y Mary

Yo lo que he visto -dijo don Samuel-, es que el que la hace la paga. A través de mi vida he atestiguado que el que se pasa de listo paga de una u otra forma. Aquí en la Tierra está el infierno y el cielo, y aunque a veces parezca que algunos hijos de su pelona, gente malvada, pueden hacer lo que quieran y nadie les hace nada, al tiempo, aunque parezca muy lejos, pagan el pato que se hayan tragado.
Doña Mary lo escuchaba con cierta decepción, no es que le aburriera, sino que no le creía mucho, porque lo que ella vivía en su vida concreta era que su cuñada nomás se la pasaba jodiendo, y nadie parecía poder ponerle freno.
Todo empezó  desde que falleció el esposo de doña Mary, don Luis. Ellos tenían una tienda de abarrotes en un local ubicado en un terreno que había quedado intestado y que ahora los hermanos de don Luis se peleaban por su propiedad y por los límites. No era un terreno muy grande, apenas 500 metros que habían sido divididos de manera muy extraña.
Don Samuel hizo una observación corrosiva: Tanto pleito por un terreno ubicado en un lugar polvoso y semidesértico, ni que estuviera tan chulo.
Tenía razón el don, pero la casa es la casa, dónde estaríamos todos arrimados, en algún cuartucho y pagando mes tras mes rentas que caen mas rápido que la cuchilla de una guillotina. Y luego, pal mugrero de casas que construyen, sin una idea clara, no se les ocurre nada más que encimar cuartos en construcciones tipo chorizo, alargadas y pa’rriba. Y aluego,  cómo suben las personas y los muebles, pues quién sabe, a ver cómo le hacen. Esas casas son un espejo de sus mentes en muchos sentidos, sin idea, sin plan, a como salga, sin visión a futuro, sin una idea de funcionalidad y comodidad.
Con la enfermedad de don Luis y su posterior muerte, la tienda de abarrotes fue valiendo gorro hasta que desapareció. Al final ya no tenían nada, ya no surtían más que chucherías, veneno para los niños. Un pequeño refrigerador que habían adquirido con muchos trabajos, al final, siempre estaba prácticamente vacío. Qué triste se veía aquello.
-Pero ahí están de perros-, decía  don Samuel- y la cuñada es un auténtico chacal.
Su sobrenombre era “Chivis”, apelativo cariñoso que hacía un auténtico contraste con su personalidad despiadada, agresiva. Por cualquier cosita se le echaba encima a cualquiera, por supuesto a doña Mary. Y de inmediato le comenzaba a tirar de habladas, que si ella ya no tenía por qué vivir en el terreno, que si Luis ya había muerto y ellos ya no tenían nada que hacer ahí, que ya no era su casa.
Esa era una cuestión un tanto rara. Chivis tampoco era dueña de la propiedad, ni siquiera de su espacio. Ella estaba casada con el hermano de Luis, Chencho, quien en todo caso era el dueño de su parte. Chencho y Chivis se ponían salvajes escupiendo habladas, groserías, amenazas sobre doña Mary y su familia. Que sí Mary ya casi cincuentona quería andar de piruja, que ya le andaba, que era una tal por cual, que nunca quiso a Luis, que no lo atendió bien durante su enfermedad, que todo lo hacía de mala gana, y así, un rosario de acusaciones.
El resto de la familia, y hasta los vecinos, habían atestiguado que Mary se había dedicado. Ahí estaba para arriba y para abajo llevado a Luis al doctor, a hospitales, a curanderos, a brujos, a lo que fuera, con tal de buscar la recuperación de su esposo. ¿De qué estaba enfermo?… nadie lo sabía exactamente, sólo como que comenzó a secarse, se le hizo cuerpo y cara de pájaro seco. Había sido tomador, pero no podía considerársele un alcohólico, tenía un genio de los diablos y gritaba y despotricaba, pero nunca agredía físicamente a su familia.
Mary quedaba muy agotada, sobre todo emocionalmente, de tanto trajín, pero eso no quería decir que no quisiera ayudar a su marido, que no quisiera que se curara. Todo lo contrario, cómo no iba querer  que  el amor de su vida, su compañero de juegos desde chavitos, su único amor, se aliviara. Se habían querido y gozado a su manera desde muy chamacos, sin grandes pretensiones más que la de estar juntos. Cuando se arrejuntaron, los suegros les dieron un cacho de terreno para que hicieran su casita. Incluso les ayudaron con mano de obra y materiales para construir su chorizo de casa. Fea, pero con mucha ilusión. Luego vinieron los hijos y hasta los nietos, y todos vivían ahí, juntos como muéganos. Todos saltando de un trabajo a otro. Vendedores, cobradores, choferes, talacheros, tapiceros, a donde hubiera trabajo le entraban. No es que fueran muy chambeadores, pero había que sacar para los refrescos, las papitas y los chicharrones.
Ahora Mary parecía padecer el mismo mal que se llevó a su esposo. Flaca, flaca, como si se la estuvieran chupando. Algunas amigas le habían dicho que se trataba de una brujería, que le estaban haciendo un mal. Las sospechas aumentaban cuando encontraban huevos aventados contra su puerta, tierra como lodo en las ventanas que daban a la calle, y hasta una gallina muerta y desplumada hallaron un día. Y todos se espantan, se daban valor, pero a la vez les daba miedo. Y claro, la primera sospechosa era la Chivis, que pasaba frente a la casa siempre echando pestes y pelando chicos ojotes, que hasta se le botaban como canicas. Era pura lengua viperina y odio.
Esa Chivis, quién sabe por qué le tenía tanto coraje a la familia de Mary. Quizá porque ya era un espantajo de mujer, con los pelos pintados de güero, tan prieta ella, y ese aliento como de caño fresco. Siempre embarazada, ya iba para el octavo hijo. Se casó con Chencho y también les tocó su pedazo de terreno y también levantaron un chorizo sin ventanas y en donde para ir a un cuarto tenían que pasar por todos los demás. Toda esa gente amontonada en tres cuartitos. Chencho era chalán de un maestro albañil, era un tipo rudo, duro, simplón, con delirios de grandeza, que en las briagas de los albañiles siempre se las daba de jefe, de líder, de el más sácale punta.
¿Qué van a hacer Mary, sus hijos y sus nietos? ¿A dónde  se van a ir, quién los va aceptar, con qué pagarían una casa, cómo sacarían para la renta, cómo iban a perder su propiedad, por qué razón? Los insomnios le pegaban duro a doña Mary. Sus hijos le decían: no les hagas caso, no los peles. Pero ella no podía dejar de preocuparse. ¿No habría alguna forma de que aquello terminara, de que esa mujer, la Chivis, cambiara su actitud, por qué Dios no escuchaba sus súplicas?
En sus noches de insomnio, Mary soñaba que andaba con un tipo, no era don Luis, quién sabe quién era, su rostro no le era conocido. Andaban en el campo, en la ciudad, camine y camine, sin rumbo ni dirección. El tipo no la tocaba ni le hablaba ni la  acariciaba, sólo andaba con ella, siempre por delante, ella siguiéndolo. Cuando mucho la arrastraba de la mano. Mary no se explicaba por qué tenía esos sueños, y no se los contaba absolutamente a nadie, y menos como estaba la situación. No fuera a ser que lo agarraran de pretexto para todas sus inquinas.  En sus sueños ella se miraba bien, su cuerpo no estaba ni flaco ni seco, tenía buenas formas de mujer, las que tuvo cuando joven, pero esos sólo eran sueños, quimeras. Cuando el despertador sonaba al amanecer,  la triste realidad la invadía otra vez. ¿Por qué no podía ver con claridad, existiría alguna salida?

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