jueves, 28 de diciembre de 2017

Roberto Bolaño, el ladrón de libros III/III

III / III

Es definitivo, estas reflexiones no deben llevar por ningún motivo a la chabacanería de pretender que entonces es legítimo robar libros si después se trae el título profesional que avale el ilícito, pero sin duda sí se pueden extraer preguntas e ideas sobre qué hacer ante los ladrones de libros, los farderos.
¿Cómo podría aprobar la acción de robar libros cuando he sido víctima de este acto? He invitado gente a casa y después he descubierto con tristeza y coraje que alguno de mis libros más amados había desaparecido. ¿Cómo podría aprobar este robo cuando detesto ese dicho de "es más tonto el que presta un libro que el que lo devuelve"? También está el argumento  cínico y corruptor de "otros roban legalmente, los capitalistas roban, el librero te roba en el precio, si yo robo, soy menos delincuente". Existe hasta un "Breve manual para robar libros y no sentir remordimiento”, que incluye nociones "éticas" para desarrollar con fineza esta actividad.
Seguro que hay muchos robertos bolaño circulando por ahí; seguro que hay estudiantes que cumplirían la promesa de entregar el título si fueran apoyados fuertemente para que pudieran estudiar al más alto nivel; segurísimo que habría miles de lectores más si los precios de los libros fueran más accesibles. El impacto sobre la vida social sería notable. Así que tenemos dos vías: exhibir a los farderos en carteles a la entrada de las librerías, o apoyar a los que quieren leer y no pueden comprar muchos libros, menos los más costosos. Cierto que hay quienes roban por la pura maldad o por delirios enfermizos, pero estos son otro caso.
La primera opción habla de una sociedad enferma, que vigila y castiga sin piedad, fríamente; la segunda opción, opta por una política más integral, más civilizada, más humana, que no solapa el delito, pero busca también diseñar acciones solidarias para desalentarlo. Las cárceles están atascadas, hay muchos  presos inocentes, y además, en México, revuelven a los que cometen delitos menores con criminales que han cometido delitos espeluznantes. Un ladrón de libros merece una rehabilitación por otras vías, que vayan más allá del aplastamiento social y moral del fardero, sin que deba padecer esta nueva forma de suplicio.
Todo esto es más que una simple anécdota acerca de un cartelito parapoliciaco pegado en la entrada de una librería. Es una crítica que cuestiona al poder que se gesta desde las acciones cotidianas. No hay nada que no sea relevante y que no esté construyendo a cada instante la forma en que vivimos. Volviendo a Foucault, podemos hablar de una microfísica del poder. El poder que se gesta desde los rincones menos pensados, pero también los factores desde los que podemos actuar para construir espacios diferentes. Si somos capaces de reconstruir las relaciones sociales a partir de los espacios pequeños en que nos relacionamos, entonces, esto tendrá una repercusión en las relaciones macro sociales. Si somos capaces de cuestionar y reconstruir esos pequeños espacios, estaremos reanimando el tejido social en que nos movemos. Si reconsideramos todos estos factores puede gestarse un nuevo mundo construido desde todas partes, desde cada lugar que habitemos.
Ese cartel, con los retratos de los farderos, debe desaparecer. En la evolución histórica de los métodos de castigo, la pena corporal ha evolucionado hasta la penalidad del alma, ésta actúa "en profundidad sobre el corazón, el pensamiento, la voluntad...", señala Foucault.  Y ese es el papel social que juega ese cartel colocado donde está. Se trata, según nuestra hipótesis, de un abuso del poder sobre la persona, sobre el cuerpo, además de tratarse de casos que no han sido juzgados. Se les presenta como condenados y esto es también un acto ilegal.  Se busca la justicia por propia mano y se comete una ilegalidad.
La administración de la librería dirá: "hay que exhibirlos, ese es su castigo", pero todo castigo y modelos punitivos, vienen de la ideología y producen ideología. Ese cuerpo fardérico, expuesto en una fotografía produce y reproduce al poder más allá de la consigna moral acerca del bien y del mal.
Bajo ningún principio es justificable el robo, pero igualmente, bajo ningún principio es justificable la explotación y la ignorancia ni el precio inalcanzable de los libros. El ignorante no tiene saber, y si no tiene saber no tiene poder.  Sí, se castiga al fardero, pero se castiga también el derecho al saber, el acceso a los libros. Y se castiga también al que entra honestamente a buscar o comprar un libro a la librería.
Los libros que me interesan cuestan entre 7 y 12 días de salario mínimo. Y, o como o compro libros; o sostengo mis necesidades básicas o leo. ¿y acaso leer no es una necesidad básica? Métete a una librería, y si vas seguido te darás cuenta de que en los pasillos, entre los estantes, no hay obreros ni campesinos, no hay pobres. Es una manifestación del poder encarnado hirviendo en vivo en la realidad. ¿Quién lee? ¿quién puede leer? ¿para qué libros le alcanza?
Al aplastar a un fardero, se aplasta también al que quiere leer; al exhibir a un ladrón de libros, se exhibe también al jodido que cree que tiene derecho a la lectura de ediciones caras y de calidad. Éstas están destinadas a una élite que nunca será retratada para su exhibición a la entrada de una librería. De muchos de ellos habría que averiguar cómo adquirieron su capital, pero de eso mejor ni hablar. Generalmente, la riqueza viene de la explotación del trabajo de los demás, de la apropiación de la plusvalía. Pero el diseño de la sociedad capitalista hace parecer a estos "apropiadores" como grandes emprendedores. No saldrán retratados como ladrones. El fardero, en cambio, tendrá que poner la cara que pueda al momento de ser retratado para la fotografía de la ignominia, puede estar cabizbajo o fingir desprecio, pero su foto será colgada para su vergüenza y castigo. Y detrás de su cuerpo está el miedo producido por los efectos del panoptismo, de hecho estará en todos los que entren a la librería: "no te atrevas".
Cierto, en el fardero algo camina mal, su baja moral, sus miles de excusas para justificar lo inexcusable. Y en esa relación perversa se gesta también el poder establecido, que nace desde abajo, que se produce y se nutre a diario como una cabeza de hidra inacabable. ¿Hay soluciones? Sí. Una distribución más justa y equitativa de la riqueza; combatir la explotación sin medida de los trabajadores, pero esto va para largo. Una muy buena medida, sería montar un programa de creación de bibliotecas, pero eso cuesta mucho dinero. De dónde va salir. Toda biblioteca es valiosa por los muchos o pocos libros que posea, pero no toda biblioteca es poderosa ni todas las que hay están actualizadas. Conocemos bibliotecas de facultades y de universidades, verdaderamente enclenques. Cuando menos por ahora, las bibliotecas no son la solución. Además, entre los que trabajan, ¿quién tiene tiempo de ir a la biblioteca? Cada vez más, entre el trabajo y el transporte, transcurren las horas de los trabajadores, y el tiempo sobrante apenas es para reponerse. Y así, la maquinaria del sistema sigue avanzando y aplastando.
https://www.diariodequeretaro.com.mx/local/barroco/roberto-bolano-el-ladron-de-libros-450641.html  

Roberto Bolaño, el ladrón de libros I / III

I / III
¿Qué es una librería? Para mí es un lugar de paseo, de salud mental, de alegría.  Lo digo en serio, tiro por viaje me voy a mis librerías favoritas lleno de entusiasmo a buscar algo en específico, o para vivir esa emoción de ver qué encuentro, qué me coloca enfrente el azar, la coincidencia, el destino. Es uno de los placeres más reconfortantes, de los más sublimes. Pasear en medio de esos bosques de conocimiento y sabiduría, caminar entre los estantes llenos de árboles y jardines perfumados de ideas, de filosofía, de historias, de poesía, de relatos, de cuentos, de verdades, es una de las mejores experiencias.
Por eso mismo, que triste y lamentable se me hace una vivencia que acabo de tener en una de mis librerías amadas, cuyo nombre me reservaré. Tengo décadas de asistir a esta casa, pero ahora, quizá producto del tiempo y las circunstancias en que estamos viviendo, y seguramente debido a estar padeciendo mucho robo de libros, el negocio ha establecido una política de vigilancia que es comprensible, eficaz, dura, pero que está rayando en lo siniestro. Un montón de cámaras te observan, puedes ver sus ojos mecánicos como de peces muertos. Sabes que hay alguien detrás, del otro lado, cuidando, acechando tus movimientos. Tienen también muchos vigilantes a nivel de piso, todos intercomunicándose, cual si estuvieran en un operativo estratégico, clave tras clave, números secretos, y entre su jerigonza de pronto distingues alguna palabra humana, alguna pista reconocible, una de suéter rojo, una muchacha que camina ¿un 38? ¿54, 54? Y por si fuera poco, en la mera entrada de la sucursal a la que más asisto, colocaron un cartel, protegido por una lámina plástica, con los retratos de los farderos, ladrones de libros, a los que han atrapado in fraganti. Posan ahí, en una triste foto, algunos compungidos, otros cínicos, sosteniendo los libros que pretendían robarse. Un letrero señala, otra vez, brutalmente: "Farderos. Los siguientes individuos han sido sorprendidos robando en la librería". Y ahí están las caras y los cuerpos sombríos, delincuenciales, tristes, apagados unos, altivos otros, retadores, de todo hay.
"...inducir en el detenido un estado consciente y permanente de visibilidad
que garantiza el funcionamiento automático del poder"  
Michael Foucault.
 Pero, me pregunto, ¿esa es la forma de recibir a un cliente de hace casi 40 años, que ilusionado, exaltado, viene a buscar, a comprar un libro? ¿o es que para la gerencia todo el que entra es un posible ratero, un presunto culpable? ¿por unos pagan todos? Quizá a otros "clientes" no les interese este detalle, pero a mí me molesta enormemente. Creo que bastaría con un letrero a la entrada, o en diferentes lugares clave del establecimiento, con un texto fino, respetuoso, a la altura de lo que es una librería, que corresponda a su esencia. Quizá podría decir más o menos, como en otros lugares he visto: "Este lugar está vigilado con los mecanismos más modernos, para su seguridad". Pueden decir que es un eufemismo, pero en todo caso es uno que no ofende, que no atraviesa la dignidad del buscador. Creo que un texto así sería suficientemente disuasivo y convincente. También podría haber imágenes con una figura que parece esconderse un libro acompañado de la clásica señal de  no; que sumado a la presencia de los vigilantes y las cámaras de seguridad, sería suficiente.
¿Es necesario colocar ese horrible cartel con las fotografías de los farderos justo a la entrada? Creo que este acto de la administración o de la gerencia se inscribe también en otra política, y ésta obedece a la etapa delincuencial y criminal por la que México atraviesa. El terror magnifica, el miedo vence, el poder agandalla, se sublima, abusa.
Ese cartel con las fotos de los farderos funciona como una especie  de panóptico, como una variante que dice: "te estoy vigilando, te estoy mirando, no te atrevas", pero no sólo eso, sino que es el ejercicio del poder en pleno. Ojo, no justifico  para nada y por ningún motivo el robo de libros, de entrada dejo clara mi posición. Lo que cuestiono es si la política de la empresa es la correcta para una librería, y si, además, se trata de un ejercicio abusivo y significativo del poder, un desborde, un excedente para que aparte de todo sepas quién manda y quién puede hacerte pedazos, miserable ratero. No eres nada, eres una pulga, no mereces compasión ni respeto.
Me pregunto también si la administración de la librería no está transgrediendo la ley al exhibir a alguien que no ha sido juzgado ni condenado por un tribunal  ni declarado culpable. ¿Que no debe pasar primero el caso a manos de las autoridades? Quizá los administradores digan: "lo agarramos in fraganti, con las manos en la masa y debe ser exhibido", pero, ¿es violando la ley, como se cumple la ley?
Como lo señala Jeremy Bentham en su obra El panóptico, de 1780: "...la industria vigorizada...todo gracias a una simple idea arquitectónica" , en este caso gracias a un simple cartel a la entrada mostrando a los farderos capturados. Una especie de conciencia flotante que te avisa: "te podemos atrapar ladrón de libros, y te exhibiremos, será tu castigo, así que ni lo intentes". Una dosis de moral radical para todos los que entren alegremente. Siguiendo a Bentham, ¿así se fortalece la industria librera?
Del concepto de panóptico de Bentham ha devenido el de panoptismo, que como señala Gilles Deleuze, citando a Foucault: "La fórmula abstracta del panoptismo no es 'ver sin ser visto', sino 'imponer una conducta cualquiera a una multiplicidad humana cualquiera'" . Y eso es lo que pretende ese cartel: es un "invitación" vulgar, agresiva, ofensiva, grosera, para todo el que entre, y pretende imponerle una conducta por la vía más abusiva. Es panoptismo porque exponen las fotografías, las colocan a la entrada, en donde todo el que entre no sólo las vea, sino que sea "visto" también por esas fotos. Así ejerce su efecto panóptico: el que puede ver a todos en todo momento. Todos ven a los farderos, pero ellos no saben quién los ha visto.
Aunque algunos autores, como Byung-Chul Han (La sociedad de la transparencia), piensan que el modelo foucaultiano del panóptico está superado, creemos que no es así. Los modelos no desaparecen abruptamente, subsisten, aún cuando pudieran estar en proceso de extinción, mezclándose, traslapándose con los nuevos procesos, como en este caso. (Continuará)

Ya dame una buena Navidad


Ya dame una buena Navidad, me la merezco. Cierto, uno no debe depender de nadie, pero igual de cierto es que vivimos interrelacionados, influyéndonos, compartiendo la vida. Ya dame una buena Navidad. Ya estoy hasta el gorro, cada que se acercan estas fechas para mí es un suplicio más que una alegría. Todo es una mascarada de buenos deseos, pero todo es falso. Tu risa es falsa, tus palabras también, tus regalos. Cambiaría todo por un poco de paz y tranquilidad.
Pero es una ilusión  falsa, porque sé que ese día llegarás al caer la tarde, diciendo  “carajo, hasta el 24 tengo que trabajar”, y ya vendrás a medios chiles porque fue el brindis en la oficina, salieron temprano y de ahí te fuiste a la cantina a tomar una copas con tus amigos. Qué bien, pero qué mal. Ya me sé el numerito. Vendrás bien alegre, amable, incluso hasta un poco cariñoso. Pondrás unos cd's en el aparato y cantarás. Quizá luego me acompañes al super a comprar algunos detalles que faltaron para la cena, o algún detalle o regalito.

Ya en el camino empezará el primer reclamo o la primera discusión. Se me olvidarán las llaves de la casa, y ahí empezará la agresividad. Eres una pendeja, siempre es lo mismo, pues que no tienes memoria o estás tarada. Cuántas veces me has dicho así. Es tu deporte favorito.  Sí, es verdad, soy muy distraída. Sí, es verdad, debo corregirme. Si, es verdad, eso nos trae muchos problemas, pero ¿sólo por eso merezco ese trato? No, discúlpame, aquí hay mas fondo. Yo siento que tú me tienes como un coraje,  un reproche, un resentimiento, y es por eso que siempre me estás tratando mal. Siempre estás diciendo e imaginando cómo hubiera sido tu vida si te hubieras casado con Jacqueline y no conmigo. Exacto, que cómo hubiera sido tu vida con Jacquie, que Jacquie esto que Jacquie lo otro.
Vives un mundo ficticio, no tienes las patas puestas en la realidad. ¿Qué aún no te has dado cuenta de que vives conmigo? ¿De que tiene hijos conmigo? Estás lleno de frustración, de amargura. Eres un fracasado, y yo por tonta, he venido a soportar y a pagar por tu enorme amargura.  ¿Que crees que yo no tuve novios, amores , aventuras?  ¿Qué ganaría yo con estártelos embarrando y hablándote de la felicidad que pude haber vivido con otros? Pero no soy así, estoy aquí y ahora, contigo, con mis hijos. Este es mi presente.
Y ha de ser por eso que en tus infinitas briagas siempre estás jode y jode con lo mismo. Por eso te digo:¿ por qué no te largas y nos dejas en paz? ¿ Por qué no te vas a vivir la vida que deseas y nos dejas de estar jodiendo?  Y si decides quedarte ¿por qué no nos aceptas como somos y nos dedicamos a construir la vida lo mejor que podamos? Pero no, siempre con esas falsedades y esas conductas infernales. Por eso no quiero que llegue la navidad, porque sé que todo será falso, una engañifa, una puesta en escena, una mala representación teatral. 
¿Dónde quedó el espíritu navideño? Las tiendas y almacenes ya están desde septiembre promoviendo la navidad, y los dueños frotándose las manos con las ganancias que obtendrán. Mucha música de música de fondo, mucho villancico, uno tras otro reproducidos hasta el hartazgo, hasta la saciedad, hasta el embrutecimiento, hasta la insensibilización. Esas letras navideñas ya no significan nada para nadie, ya a nadie le importan. Por cierto, recuerdo también cuando hace un par de años, ya en pleno día de la navidad, reunidos con el resto de tu familia, les propuse que cantáramos unos villancicos, y qué dijeron tú y tus hermanos, se burlaron de mí. Lo menos que me dijeron fue fresa, boba, mocha. De fondo sonaban narco corridos que tus parientes cantaban alegremente. Canciones ofensivas donde las mujeres son viles objetos y abunda la apología de la violencia.  Así que mi propuesta era una confrontación, un reto, otra dimensión. No era posible que  personas embriagadas que cantaban puras cosas violentas aceptaran cantar simples y reveladoras canciones de amor y paz como los villancicos.
¿Te acuerdas o no te acuerdas? Entonces, ¿qué clase de Navidad quieres tú? Una donde el mensaje del nacimiento de  Cristo no importa para nada. “No seas estúpida”,  me has dicho burlándote. Mientras, yo acá en secreto les cuento a mis tres hijos la version que tengo de la navidad. Ellos, que aún son chicos, me escuchan quizá sin entender bien a bien de qué les estoy hablando exactamente.  Y luego van y ven el ejemplo que tu familia les da y quedan todos confundidos.  ¿Ya pensaste en eso? ¿Ya lo reflexionaste aunque sea un poco?
Por todo ello es que no me da alegría que llegue la navidad. Al menos como fiesta familiar. Sé que todo será briaga, pleitos , habladas, presunción. Sé perfectamente como será la escena, y no adivino, cada año se repite en forma aburrida e infame. Se escucharán risotadas falsas producto del exceso de alcohol,  habrá discusiones y pleitos con y entre cuñadas, llanto, gritos a media calle, persecuciones. Si la cosa se pone muy caliente, hasta golpes.  Y para todo el año que entra unos no se hablaban con otros, se echarán habladas, y se meterán el pie si pueden. Y ya acercándose la navidad siguiente, como que se hablarán, volverán a planear la nueva cena, quizá hasta medie alguna sonrisa entre  ellos.
 Y yo me pregunto, ¿para qué todo esto?  Esta cadena de sucesos que me resultan despreciables. Palabra que yo preferiría ser feliz quedándome en un cuarto, sola, con mis hijos, con un pollo rostizado, una lata de frijoles y un refresco de cola, pero felices, tranquilos, cantando un villancico, destapando regalos, arrullando al Niño Dios, abrazándonos con sinceridad y celebrando el nacimiento del niño Jesús y todo lo que ello significa.
Y no es que me conforme, a ti te consta. Cuántas veces te he pedido que hablemos calmados, y cuántas veces me has mandado a volar, diciéndome que tú no tienes nada de qué hablar. Cuántas veces te he dicho: mira Pedro,  tú tiene un problema de alcoholismo,  porqué no te atiendes,  porqué no vas a un grupo de alcohólicos anónimos, si quieres vamos, te acompaño. Y qué me has gritoneado: “tú no eres nadie para decirme eso, tú no eres nadie. Yo no soy alcohólico, borracho el teporocho que se queda tirado en la calle. Yo trabajo, yo produzco, en  cambio tú, qué aportas,  nada.”
Así que nadie puede acusarme de no haberlo intentado, y todo porque te quiero, o te quise. Ya no sé. La gente cambia, y hasta el amor más grande puede terminarse. Sólo he sido un objeto para ti. Cuando fui bonita era para que me presumieras. Cuando me fui haciendo grande, porque para ti tener 30 años ya es estar vieja, pase al olvido, a las burlas, a los ataques. Así que de qué Navidad me hablas, déjame en paz. Hoy no iré a tu casa, Sí, ya sé a lo que me expongo. Quizá hasta me pegues. Y sé también que no me la acabaré con las críticas de tu familia, pero no me importa, estoy decidida a pagar cualquier precio por un poco de paz para mí y para mis hijos.
Sólo te digo una cosa, que como todo esto ya lo tenía pensado porque ya estoy harta de ti, he dejado a tres de mis primos una copia de esta carta que te dejo sobre el buró de nuestra recámara. Ni modo, no me agrada que se enteren de tantas intimidades, pero de cualquier forma lo saben, lo intuyen, lo sospechan, lo han escuchado. Y saben que si me pasa cualquier cosa, el responsable eres tú. De todas formas, te deseo lo mejor, y yo sí, de corazón, te deseo una Feliz Navidad.

domingo, 17 de septiembre de 2017

La Coquis y los Niños Héroes de Chapultepec

Georgina, la bella y hermosa Georgina, estaba  preparándose para ir a su escuela primaria. Sus calcetas blancas, su uniforme bien planchado, el cabello escrupulosamente peinado. Era delgada, muy delgada, rubia, pero de ese rubio amorenado por el sol de barrio. Sus dientes parejos, su sonrisa perfecta. Era la más aplicada de su salón. Entre tantos ñeros, mugrosos y apestosos, parecía como un ángel. ¿O lo sería de verdad ? Caminaba despacio, despacio, y a veces, por la forma de la luz al caer la tarde, parecía que trajera un aro luminoso. Era la alumna consentida de la maestra  Blanquita, motivo de orgullo,  gallo de pelea en las batallas escolares. Los dos años que había sido su alumna, e iban para tres, se había esmerado en su formación más que en la de cualquier otro. En las ceremonias casi siempre era  La Coquis la que estaba al frente, lista para leer la vida de algún héroe de la patria o para declamar un poema. Ese era su fuerte: declamar.
No dejaba de ser notable  que en una escuela del gobierno, además enclavada en una colonia popular, se impulsara entre los niños el arte de la declamación, y a los que les gustaba, los maestros los tomaban  bajo su tutela, y dedicaban espacios exclusivos para enseñarles a hablar en público, manejar el cuerpo, ademanes, expresiones y  giros de la voz. Además les daban a leer  a los poetas clásicos de la declamatoria popular tomados de esos textos de a tres pesos que traían las cien mejores poesías, o de las  del libro de  El galano arte de leer. Quizá antes, la Secretaría de Educación Pública  se  preocupaba un poco más por sus alumnos,  o quizá era iniciativa de los maestros, quién sabe, el caso es que esto pasaba en  esa benemérita primaria.
La linda Coquis venía a ser la encarnación de la poesía, ella misma era una musa para muchos de los chamacos. Siempre guapa, siempre limpia, siempre inalcanzable. Ahora venía otro concurso y la niña fue llevada al salón especial, al auditorio en donde les enseñaban cómo declamar. Estaba feliz, saldría de la rutina diaria de las clases. Claro que también había sus dificultades, como tener que aprenderse de memoria larguísimos poemas llenos de palabras desconocidas. Al principio, el reto parecía enorme, pero conforme iba repasando, repitiendo, marcando con su propio cuerpo el significado de las palabras, las cosas se iban aclarando. Poco a poco ingresaba al mundo de la literatura, a su cosmogonía. Era otra atmósfera,  se le hacía como  en ese cuento de Supermán, en donde el héroe se metía en una botella  donde habitaba gente que vivía dentro de un garrafón. La ciudad era Kandor, y había sido miniaturizada por el villano Brainiac. La Coquis, también tenía su propio mini mundo, el de las letras y la declamación.
Georgina comenzó a descubrir lo que esto era, la magia del lenguaje hacía su efecto. Las palabras le brotaban por doquier, haciendo juegos inesperados. Ella era un manantial del que manaban letras las cuales ignoraba que habitaban en su cabeza. Asociaciones inesperadas,  que ocupaban el primer lugar en su hit parade, experiencias grafológicas vividas al escribir los trazos sobre su cuaderno forrado con estampas de Walt Disney. Hacía caligrafía  gozando de las formas.
El periódico de un profesor estaba sobre el escritorio, en la de ocho columnas se leía una crítica respecto a una huelga de médicos en el país, la condenaban. Y la Coquis tenía sobre sus piernas el libro con la poesía de Amado Nervo: “Los niños héroes de Chapultepec”, poema que rememoraba la masacre contra los cadetes del Colegio militar, el 13 de septiembre de 1847, en la guerra contra el expansionismo del naciente imperio yanki. Era finales de agosto, principios de septiembre, y el concurso de  zona estaba cerca. Los primeros versos dejaron volando a Coquis, qué lenguaje, qué imágenes, le parecía ver todo como en una película, la sangre se le inflamaba al imaginarse la gesta de esos chavos apenas un poco más grandes   que  ella. Y aunque unos días antes, en una fiesta familiar, escuchó a uno de sus tíos ya tomado, decir que lo de los llamados niños héroes era puro cuento  pa’ calmar el dolor de la derrota inmensa, de todas maneras, Coquis sí creía en la historia de esos niños, y con Amado Nervo recorría el campo fértil de la imaginación y como renuevo cuyos aliños un viento helado marchita en flor, su cuerpo se llenaba de frío y veía caer a los niños bajo las balas del invasor. Su tío estaba mal, equivocado. Cómo iba a ser mentira aquello, ¿acaso no nos habían robado la mitad de nuestro territorio? ¿Acaso no quedaron regados por todos lados los cadáveres de los cadetes?  Su tío no sabía nada, y sobre todo: no había leído a Nervo y no había sentido ese dolor plasmado en su poema, no había sudado frío al sentir las balas cruzando por enfrente, y lo peor: no había sentido el ardor y la entereza ante la muerte de estos muchachos defendiendo un ideal. Ni ella misma lo entendía muy bien, simplemente lo sentía.
Llegó el día de la competencia interna. Coquis estaba ahí con sus piernas huesudas, su suéter nuevo y su cara muy limpia. La maestra Blanca había preparado todos los detalles de su presentación. Pero la competencia iba a ser dura. Coquis tenía un rival en la declamación y estaban al parejo,  se repartían los triunfos escolares, la admiración y las envidias en la escuela. Había silencio y expectación en el salón auditorio. Los niños recordaban otros concursos realizados ahí.  La Coquis en acción declamando “La chacha Micaila”, o la terrible tragedia narrada en “Porqué me quité del vicio”.  Para algunos, este último era un poema tosco, pero la forma en que  lo  declamaba lo hacía  a uno llorar e imaginarse esa tremenda tragedia en la que debido a la embriaguez del padre, el hijo, un niño, terminaba también embriagándose para así poder ver a su madre muerta, y ser un poco feliz como su padre parecía serlo, y también reír y carcajearse solo. Verdaderamente desgarrador.
La Coquis, su influjo, su ritmo, su forma de decir las cosas, su dramatización, sus lágrimas, su angustia, todo era transmitido por ese hilo eléctrico y nervioso de la voz, diríase: apasionado, y su declamación navegando en el aire, llegando a las orejas de los chavos, luego a sus oídos, su cerebro,  su percepción. Imágenes cercanas a sus vidas. El barrio estaba lleno de borrachos y en cierta esquina había hasta dos cantinas y una pulquería esperando clientes. La tentación sórdida de la embriaguez latente en cada niño asomaba haciendo ojitos. Eso, sumado a los cigarros que se fumaban a escondidas en la escuela o en la calle, bajaban al terreno de lo  concreto la magia turbadora de las palabras de Georgina, su poder hipnótico.
En el ambiente había silencio, la voz, sólidamente calibrada, salía de las bocas de los declamadores. Cada actuación condensaba un sinnúmero de esfuerzos que nadie imaginaba. Había desde los chavos que en sus casas se burlaban  y les decían que eso de la poesía era cosa de afeminados, hasta los que eran impulsados por algún extraño presentimiento, o por los consejos de sus padres, que  les hacían ver que aquello era  bueno para  su desarrollo intelectual. Georgina por su parte se volvía orgullosa y segura hacia su libro, casi acariciado por sus manos, que le daba una sensación de seguridad muy grande, era como si el texto estuviera vivo, como si le latiera el corazón, como si de él emergiera una fuerza vibratoria capaz de influir  su entorno. El mundo afuera parecía desordenado, en cambio, ese universo que apenas conocía  gracias a la declamación, le parecía armónico, bien conjuntado, poderoso, bello, inspirador, con sus propias reglas.
Su turno había llegado, las palabras brotaron de sus labios como de un manantial, cristalinas, límpidas, haciendo retumbar  el aire, dejando un sabor de nostalgia y tristeza, pesadumbre y coraje. “ Así cayeron los héroes niños ante las balas del invasor”. Ahora, la Coquis se levantaba ahí, enfrente de todos, con  su magia de niña-mujer, contagiando  la pasión y anhelo por las letras, y moviendo a la reflexión respecto a aquellos jovencitos que dieron su vida por la patria.

viernes, 4 de agosto de 2017

La pluma atómica

La pluma atómica



Cuando mi maestro de quinto año de primaria habló de la todavía nueva pluma, llamada atómica, pensé inmediatamente en la bomba. La pluma había aparecido en 1945, pero en aquellos días todavía era una novedad. Todo era atómico, estaba de moda. Lo posterior a la segunda guerra mundial aún tenía mucha presencia. Sin embargo, me preguntaba porqué una pluma tan bonita se llamaba así. Le apretaba el botoncito para subir y bajar el repuesto, la armaba y desarmaba mientras observaba largo rato el resorte, el mecanismo de rotación, la transparencia del plástico y el hermoso color de la tinta. ¿Por qué atómica? ¿Sería por lo que había visto en la televisión? Recordé y dibujé un hongo azul en mi cuaderno, me transporté a Japón, y -aún siendo niño-, alcancé a vislumbrar el dolor y el terror de ese pueblo. Tendría 9 ó 10  años, era 1965,  las 5.30 de la tarde, el salón de clase estaba muy oscuro y una fuerte lluvia se aproximaba, pero aún podía ver mi pluma y las de mis compañeros, eran la sensación, baratas, accesibles, absolutamente novedosas.  Seguí escribiendo el dictado del maestro, y al mismo tiempo, dibujaba caras y figuras al calce. Qué bonita pluma, y qué oscuro y gris estaba el cielo. La voz del profesor era sólo como un eco lejano al que yo obedecía mecánicamente guiado por los renglones. En mi mente rebotaba una y otra vez esa imagen que, en la también novedosa televisión en blanco y negro, habían transmitido: la explosión de las bombas atómicas en Japón. Todo desde muy lejos, sólo se veían dos hongos gigantescos, pantagruélicos, levantándose en la atmósfera. No había rostros, no había caras, no había muerte, no había dolor. Ningún cuerpo desgarrado, mutilado, quemado, convulsionado. Ningún grito desconsolado, de ira, de terror aparecía en las noticias. Sólo se contemplaba la nube impresionante de los hongos atómicos que masacraban gente, pero muy desconectados de nuestros sentidos y sensaciones, de nuestra circunstancia, de nuestro lugar.

 Ya con más edad me enteré, por si fuera poco, de la lluvia negra que les cayó encima, lágrimas negras caídas desde el cielo, terminando de torturar a todos los seres supervivientes, pero este tema no formaba parte de los contenidos a enseñar a los alumnos. ¿Sería que los niños aún estaban muy chicos  para  entenderlo?
…Ay, aquella pluma atómica haciendo click, click, entre mi manos, entre mis dedos. Caía la tarde y el cielo en mi ciudad estaba cada vez más negro, unos relámpagos iluminaban momentáneamente, de tanto en tanto, todo el salón. Los truenos se escuchaban como si vinieran desde muy lejos, muy lejos …desde el lejano Oriente.
Muy lejos, pero eran seres humanos iguales a nosotros. La gente común,  los ciudadanos de a pie, los que no tienen ningún valor para los trúhanes, sólo son un número más, una cifra. No importó el inmenso dolor provocado por los bombazos. Era necesario, dijeron. Los criminales de guerra siempre encontrarán una razón, una justificación, para sus atrocidades. Pero la gente de carne y hueso, con sentimientos e ilusiones, qué puede importar al imperio, al capital o a los señores de la guerra. Esos seres anónimos no tienen rostro, y nunca nadie verá su carne desgarrada, sus huesos quebrados ni sus lágrimas en vivo. Toda esa fantasía apocalíptica fue representada tan sólo como un simulacro espectacular, que reprodujeron acríticamente las fotografías de la prensa y la televisión.

Pero todo lo que la gente de Hiroshima y Nagasaki vivió no fue fantasía, pesadilla ni simulacro, fue tristemente real y concreto. Todo el dolor, todo el llanto, el miedo, la tristeza, el terror, las tortura, las enfermedades, las consecuencias psicológicas y hereditarias que tuvieron que sufrir más de doscientos mil seres humanos, niños, mujeres, hombres y ancianos fueron reales. Y hoy, a 72 años de aquel trágico y malvado suceso ¿crees que se puede rememorar un hecho brutal y criminal sin llorar lágrimas negras? ¿Nada más así, como si nada, sin jamás haber ofrecido una disculpa a nivel de Estado o a nivel de pueblo?

Yo sí les ofrezco una disculpa a todos los que sufrieron ese horror a nombre de quien tenga que ser. Y me disculpo simplemente porque no tolero la barbarie, no la quiero para nadie, ni aún para los súbditos de un imperio sátrapa que formó parte de las potencias del eje nazi-fascista, ni siquiera para ellos.
Tampoco podemos tolerar que a nadie le importe lo que a otros les pasa. Por eso ofrezco una disculpa, a los sin voz, a los que nunca fueron escuchados en su inenarrable dolor y angustia.
Si nadie se disculpa, si ya a nadie le importa ni le duele ¿qué presente y futuro les depara a las niñas y niños de las nuevas generaciones de todo el planeta?  Qué triste paradoja que para que haya una relativa paz mundial, ésta tiene que fundarse en el terror de la amenaza nuclear. Desde aquel mes de agosto de 1945, dicha amenaza  pende sobre nosotros, como una espada de Damocles. Aunque muchos la ignoren, o no les importe o les de miedo, la amenaza está ahí, vigente, latente como un monstruo enmascarado. Sujeta a los juegos de guerra, a los intereses económicos, a los equilibrios geopolíticos y a la cordura o locura de los políticos. Una cosa sí tengo muy clara:  nunca y por ninguna razón debe volver a suceder lo que pasó en Hiroshima y Nagasaki.








3 agosto 2017
Alfonso Franco Tiscareño

jueves, 27 de julio de 2017

Corriendo por las calles del mundo

Corriendo por las calles del mundo
buscaba un poco de paz y de consuelo
un trozo de silencio, una palabra buena.

Cayendo el techo de la noche encima de ellos
con la lluvia fría por puerta al cielo
ni donde aposentar la cabeza en la almohada.

La casa era un infierno de ruido, de palabras groseras,
de humo como natas colgando del techo
y de botellas de alcohol flotando por doquier.

A dónde caminar, a dónde irse,
con una amiga, una visita inoportuna,
mendigar tranquilidad en un cobertizo que no es tuyo.

Las piernas de los tres tiritaban de frío,
un poco la lluvia humedeciendo los tobillos
otro poco el llanto interno goteando por los poros.

Eran más de tres, porque un fiel perro corría
con alegría, ladrando y jugueteando, al lado
de ellos. Espejo de alegría, esperanza perdida.

Por fin, las once de la noche, los cuerpos cansados
y el peso de las obligaciones diarias que había
que hacer cumplir a la mañana.

Entrar, husmear el quicio, asomarse con miedo
de que la ira o el escupitajo brutal fueran respuesta,
ojos cansados. No se oye ruido. Las puertas del infierno
se han callado.


Alfonso Franco Tiscareño
https://www.diariodequeretaro.com.mx/barroco/corriendo-por-las-calles-del-mundo/

miércoles, 7 de junio de 2017

El samurái y la luna



El Samurái y la luna 
            “Por breve tiempo 
                sobre las flores queda: 
                radiante la luna” 
                       Batsuo Bashõ 

¿Qué hago en este barco tan grande y extraño? Sin duda no pertenece a los que manejamos nosotros. No puedo ver muy bien, pero a momentos distingo muchos tubos y paredes como de acero por todos lados. Hasta el piso es de un material que no conozco, no es de madera. El cielo está un tanto nublado. Corren muchas nubes en esta noche lúgubre¿o estaré en el lugar de la oscuridad eterna, en el yomila tenebrosa tierra de los muertos? Pasan las nubes frente a la luna llena y tapan casi totalmente la luz blanca y taciturna que nos envuelve: pasan las nubes y esa luz pálida, pero suficiente, vuelve a permitir ver aceptablemente el entorno. 
No sé porqué estoy aquí en este barcosentado en medio de la     cubierta principal. No sé si estoy preso o si mis compañeros cayeron y fueron vencidos, no sé si soy un rehén. Estoy totalmente solo, o eso parece. No hay ruidos, mas que el del suave bamboleo del mar. No sé si estoy vivo o muerto, si estoy soñando o estoy despierto. Las sensaciones son muy vívidas, pero a veces así pasa en los sueños y uno cree que está despierto. 
No sé si es sólo en mi cabeza, pero me parece escuchar también, muy a lo lejos, una suave y sutil melodía proveniente de un cántico , o silbido, que viene de ultramar, de muy lejos.  Quizá provenga de esos seres míticos que habitan en los mares, como los descendientes de Susanoo, la encarnación del viento y la tormenta, o sekamislos espíritu originales de nuestras tradiciones ShintoEl caso es escucho como un canto o una flauta, algo así. La tonada tiene algo de marcial, pero a la vez es una bella y suave melodía. Contrasta mucho con mi entorno, aquí sólo veo tubos, cadenas, amarres y mecanismos extraños que no conozco, que nunca había visto.  
Estoy sentado en un como tablón, aunque no sé de qué está hecho. Ahora me he levantado, a pesar de mis aditamentos y de que me siento un poco magulladohe caminado un poco para observar qué hay. Me pareció oír un ruido. 
Ah, esa lejana músicallena de melancolíaqué sublime se escucha¿qué es, una voz humana, un ave, un instrumento, o acaso los ningyopeces humanos, que me traen un mensaje 
Cuando pasa la nube la luz se hace más intensa, se forman sombras de todos los tubos y fierros que componen esta nave. Debe ser poderosa, ¿qué tamaño tendrápor qué no hay nadie, está abandonada, soy prisionero de alguien? , pero no estoy amarrado. A ver,  qué es lo último que recuerdo….mmmm…sí ….hombres diferentes a mí, fuertes, con el pecho desnudo y el cabello rubio y amarrado…no recuerdo más … 
Mi traje está desgastado por todos lados, creo que vengo de librar una gran batalla, mi piel está manchada por las huellas del combate, de lodo, sangre, costras. Esas es mi marca personal,  pero me han dado de beber las aguas del río del olvido y no puedo recordar nada, ni siquiera estoy en un estado de no-mente, sino en algo parecido a una reencarnación. Quizá toda esta experiencia tan sólo sea una ilusión, ya que el vacío es lo único verdadero.  
Esas nubes hacen más misterioso el momento, forman gamas de blancos y grises intensos, con caprichosas formas, que sólo he visto en las pinturas de nuestros mejores artistas, como Sesshu Toyo. También hay niebla que pronto se marcha y luego reapareceNiebla que provoca más inquietud en mí porque cuando se carga, no sé si manos desconocidas me asestarán el golpe definitivo sin que pueda hacer nada. 
Fui entrenado como guerrero prácticamente desde mi infancia, no sé lo que es el miedo, mi filosofía consiste en estar muerto desde antes, imaginarme y considerarme así a diario. Soy de origen campesino, fui criado en la disciplina, el rigor, la ética, la tradición, el servicio, el respeto a mis mayores. Así que esta situación no me produce espanto, sino intriga, incertidumbre. No sé exactamente qué es lo que sucedeLos maestros de Bushido nos han enseñado que hemos de aceptar  todo, la vida y la muerte, el aquí y el ahora, no hay más, sólo el presente. Así que en este instante no tengo más que lo que veo enfrente, esté vivo o muerto, soñando o despierto, libre o en cautiverioMe colocaré el Hachimaki, mi cinta en la frente, y esperaré en silencio y calma absoluta cualquier cosa que pase, no me rebajaré a una posición indigna de mi linaje, pero … 
 Sssshhhh, silencio, creo que escuche otra vez un ruido. ¿Andará alguien por ahí, otro hombre, un animal? Fue sólo un sonido, ya no continuó, creo que estoy solo aquí. Esperaré a ver qué pasa. Mientras, meditaré en las enseñanzas de mis antepasados, meditaré en mi senda de guerrero, y tomaré la decisión que haya que tomar en el momento exacto. 
No sé qué sucede, pero aunque este barco desapareciera, se hundiera o partiera, me quedaré tranquilo, impasible, dispuesto a lo que sea, a lo que venga,  mis pies echarán raíces capaces de atravesar el suelo, la cubierta, el agua de los mares.  No perderé mi ecuanimidad ni mi fiereza. Esos hombres blancos, a los que recuerdo como en un sueñoquizá anuncian los cambios por venirpero nunca lograrán que olvide mi origen. La noche podrá ser muy oscura, la luna podrá apagarse y encenderse, estás máquinas desconocidas podrán atacarme, pero en mi mente y en mi corazón la voz del Bushido me acompañará sin egoísmos, sin ambiciones vacuas, tan sólo con la palabra guardada en la recámara secreta.  Sólo responderé cuando me lo indique mi corazón.   
Creo percibir que esta nave se está hundiendo muy lentamente, casi de manera imperceptible. Después de una larga nochey en medio de este mar tan negro que parece espejo, ya asoma el resplandor de el sol naciente. Nuestronervios no se inmutaron ante la oscuridad, el silencio, la soledad, el miedo, la incertidumbre, los ruidos y las voces extrañas. Y aquí acompañado de mi espada -compañera fiel y sublime-, mi espejo y mi arcomi espíritu se fortalece. Una oración shinto me acompaña. Gracias a la luna, al sol, al mar, a la noche. Enfrentado a la muerte, sin karma, sin destino, con gran respeto a los mitos que nos han fundado asumo mi destino.  

Alfonso Franco Tiscareño  
1 junio 2017 
Para el Suplemento Barroco, del Diario de Querétaro 
https://www.diariodequeretaro.com.mx/barroco/el-samurai-y-la-luna/

  Barbie ¿feminista?    II/ II El monólogo de la señora Gloria prosigue diciendo: “ Es literalmente imposible ser mujer. Eres muy hermosa y ...