miércoles, 10 de abril de 2019

Mick Jagger

Mick Jagger

Es mi tiempo corriendo en el espacio sideral,
es el único que tengo
y miro cómo pasa.

La maravilla que es la vida,
su graciosa majestad
se va formando y desvaneciendo.

Nunca abandones a tus amigos
no te engañes con el éxito,
esto es vanidad de vanidades.

Como animales salvajes
corriendo en el camino,
existen o no  existen.

Son luz y oscuridad
son materia y vacío,
exactamente como los sueños.

Lo más profundo de los sueños,
ahí donde habita la nada
abrazada a los arquetipos.

Unos labios cantan en la noche
de cara al infinito,
mirando las estrellas.

Podrías estar en el cielo,
en el infierno
o arrullando a un bebé.

Pero esa boca carnosa
canta una canción melancólica,
como un lamento.

Clama por un final,
seduce por un principio
al que llaman vida.


Abrazados a un árbol
pintamos nuestros nombres
mientras un coyote nos olfatea.

Todo esto se llama existencia
y pasa, siempre pasa,
no hay pausa posible.

Carpe diem, disfruta tu día,
dame tu mano y hagamos
crujir las hojas secas del camino.

Nadie sabe hasta cuándo
podrá seguir cantando,
pero me hiciste pasar muy buenas noches.

Me deslumbro al mirar
que caminamos por el cosmos
a la orilla de la Vía Láctea.

El sonido del silencio
nos fondea. Nuestros párpados
aplauden sembrando flores de té.

Mírame fijamente,
latimos al unísono,
lo sabes, lo sabemos.











Para Vitral , en Barroco. Diario de Querétaro
Alfonso Franco Tiscareño
4 abril 2019
https://escritosdeaft.blogspot.com

sábado, 23 de marzo de 2019

Green Book, ¿justificación del racismo? II

 …hay que tener coraje para cambiar el corazón de la gente”.

 Lo que sí resulta repugnante es que a principios del siglo XXI todavía se sigan presentando episodios de racismo en el mundo entero. En México lo acabamos de ver con respecto a Yalitza Aparicio, actriz de la película Roma. En Estados Unidos el racismo sigue vigente, afortunadamente ya no existe la segregación, pero aún podemos enterarnos por medio de la prensa de ataques, persecuciones, e incluso asesinatos de corte racista. El poder de transformación de una película no llega a tanto como para promover o evitar este mal, pero una cinta sí es un espejo, un termómetro, del ambiente cultural y de lo que hay respecto a alguna temática. Green Book nos muestra que el tema sigue tristemente vigente. El film denuncia la situación existente a principios de los años sesentas del siglo pasado en USA, y nos deja ver, de manera magistral, un episodio que además fue real: la amistad entre un pianista negro y un italiano que está a su servicio como chofer. A través de una serie de acciones cotidianas como comer, ir al baño, conversar, ambos individuos se van conociendo y dando cuenta de que independientemente del color de piel de cada uno, son tan seres humanos uno como el otro, exactamente iguales y distintos. Seres humanos. Por ningún lado, analizando estrictamente el discurso de la película, encontramos un solo hecho en donde se justifique la discriminación racial o se le intente hacer pasar como normal. Al contrario, en cuanto comienzan la gira musical de Don Shirley las contradicciones empiezan a surgir con fuerza. Paradójicamente, esto va acercando más a los dos hombres. Tony Vallelonga va conociendo, comprendiendo y apreciando poco a poco el gran arte del Dr. Shirley, y atestigua cómo es discriminado sin importar su nivel artístico. El Dr. Shirley es un pianista de enorme nivel, dueño de un currículum de gran valía, pero no tiene derecho a utilizar los baños ni los comedores de las casas y auditorios a los que va a tocar. No hay normalización del racismo, al contrario, la película es cruda al respecto. Sólo el valor supremo de la amistad, logra retar y superar los prejuicios. Para colmo, la división y exclusión existe hasta entre los mismos blancos. Cuando en el transcurso de su gira pasan por Louisville, Kentucky, el Dr. Shirley decide ir a tomar una copa a un bar cercano al hotel donde se hospedan, un lugar exclusivamente for colored only. El pianista se pasa de copas y es agredido por unos hombres blancos que lo golpean. Uno de los músicos que tocan con él avisa a Tony, y éste corre en su auxilio. Cuando llega al bar amenaza con desenfundar una pistola que trae metida en la espalda y con esto amedrenta a los hombres. El cantinero y dueño del bar saca un rifle y les dice a todos que no permitirá que suceda ningún problema ahí. Los hombres blancos aceptan soltar al Dr. Shirley, mientras, con el rifle entre las manos, el cantinero dice que no quiere yanquis en su propiedad. Recordemos que la palabra yanki hace una clara alusión a las heridas que aún no cierran por la guerra de secesión. Otro momento importante es cuando caen a la cárcel porque Tony golpea a un policía, que había detenido el auto para revisión. El policía pregunta y pregunta y después de no creer que sea el chofer del Dr. Shirley, lo insulta. Ya en la cárcel, el Dr. exige su derecho a realizar una llamada telefónica, llama e inmediatamente son liberados. Sucede que a quien habló, era nada menor que el Fiscal General de los Estados Unidos, Robert Kennedy, a quien Shirley conocía, y que al saber del acto racista propiciado por los policías ordenó la inmediata excarcelación de los detenidos. Un guiño de la película a la política del partido demócrata. El Dr. Shirley da gracias a los Kennedy, por intentar cambiar al país, según lo reconoce. Hay que recordar que uno de los logros más importantes de Robert Kennedy fue su contribución al Movimiento Afro-Estadounidense por los Derechos Civiles. A través de sus diferentes peripecias el Dr. Shirley y Tony Vallelonga nos muestran que la fineza, la rudeza, la educación y la vulgaridad, las puede poseer como cualidad o defecto cualquiera persona, que no son características propias exclusivas de una raza o grupo social. El diseño de estos personajes no es plano, ambos tienen contradicciones profundas, que los retratan en una variada gama de grises, y no sólo en blanco o negro. A veces, los enfrentamientos entre el ítaloestadounidense y el afroamericano son muy fuertes, como en la escena en donde ya habiendo librado la cárcel van por la carretera en medio de una lluvia torrencial. Tony, el chofer, le da a entender al pianista que no es muy congruente con la gente de su raza. El Dr. Shirley entra en crisis, pide detener el auto y se baja decidido a irse a pie. Tony también se baja, lo alcanza y el Dr., llorando y gritando, le dice a Tony que él ha quedado en medio de los dos bandos, en donde un hombre negro “no es lo suficientemente blanco, ni -tampoco- lo suficientemente negro”, entonces pregunta con desesperación, tristeza y amargura: “¿qué soy?”. Tremenda escena, duelo de actuación que permite constatar porqué fueron nominados al Oscar y porqué Mahershala Alí se ha hecho acreedor a otros premios, pero que además permite asegurar que no hay tal defensa, cobertura o enmascaramiento del racismo en la película. Lo que muestra es el dolor, la desesperación, de siglos de discriminación, segregación y explotación que no se transforman de un día para otro. Sólo el contacto, las vivencias, el constatar y confrontar la posición de uno y otro, va logrando que entre estos dos hombres el monstruo inasible de la discriminación racial vaya cediendo terreno a una amistad entre un descendiente de emigrados italianos, y un descendiente de esclavos negros. Algunos críticos quisieran ver en la cinta una rebelión organizada por afroamericanos para luchar contra el racismo, pero los hechos narrados fueron así, y es como se decidió contarlos. Muchos quisieran ver un Malcom X en el Dr. Shirley, y lo que encontramos es un Martin Luther King. El filme apuesta por el cambio pacifico, no violento. Luchar por sus derechos, pero con la razón. No en vano el pianista señala en un momento álgido que: “Jamás ganarás con violencia. Sólo ganas cuando mantienes tu dignidad.” El texto está calibradamente bien escrito, por eso se llevó el Oscar al mejor guion original. Tiene elementos muy significativos respecto a diversos temas. Por ejemplo, el personaje de Dolores (Linda Cardellini), esposa de Toni “Lip” Vallelonga es la clásica madre italiana con gran poder en medio de una sociedad tan machista. Es ella a quien el Dr. Shirley tiene que convencer para que Vallelonga acepte el trabajo. También es Dolores la que le pide a Tony que a través de su viaje le escriba cartas, y aunque éste al principio se niega, Dolores comienza a recibir las rudas y desangeladas cartas descriptivas de parte de Tony. El Dr. Shirley se da cuenta de lo descuidado que están las misivas, y se toma el trabajo de dictar a Tony cartas inspiradas, poéticas y correctamente escritas, que causan gran emoción a Dolores. Cuando ellos regresan de su travesía ella le reconoce al Dr., el haber redactado esas cartas tan emotivas. Siempre estuvo consciente que eran dictadas por él. El soundtrack de la película es buenísimo, artistas de la talla de Aretha Franklin, Chubby Checker, Little Richard y Sonny “Boy” Williamson desfilan en la radio del auto. Piezas clásicas como Tired of hanging aroud, Pretty ‘Lil thing, A letter from my baby, ambientan en la época y nos conducen a profundizar empáticamente con cada situación. El momento más libre y placentero para Tony y el Dr. es cuando abandonan el último concierto porque no quisieron servir de comer a Shirley en el comedor principal. Se van y luego entran a un bar de negros en donde invitan a Shirley a pasar al piano para mostrar sus habilidades. La gente se pone a bailar en una extraña conjunción de rock and roll, blues y soul. La negritud y la alegría pura de la música, sin la presencia del racismo, se conjugan. Ese es el verdadero Shirley, un hombre abierto, sereno, libre de prejuicios. En la noche de Navidad Tony está muerto de cansancio, no puede manejar más, falta mucho y ya no llegarán. En un remate perfecto de la idea principal de la película, Don Shirley lo releva , se convierte en el chofer de Tony para que llegue a tiempo a celebrar en familia la Navidad. El abrazo que sella el encuentro entre ambos en la cena lo dice todo, han triunfado la tolerancia, la integración y la amistad. 

Alfonso Franco Tiscareño
 Para Vitral, en el suplemento Barroco. Diario de Querétaro 14 de marzo del 2019 

Green Book, ¿justificación del racismo? I 

You never win with violence”, Don Shirley

Cada quien habla de la feria según le va. Cada uno ve las cosas de acuerdo a perspectivas diferentes, según su contexto, origen, clase social y cultura. Dicen que todo se ve según el cristal con que se mire. Varios críticos han señalado que la ganadora del Oscar 2019 a la mejor película y al mejor guion original, Green Book, es una justificación del racismo, para otros, al contrario, es una crítica y es la demostración de que esa nefasta condición se puede superar. La cinta está basada en una historia de la vida real. Los personajes más importantes son: el Doctor Don Shirley, pianista de color interpretado magistralmente por el actor Mahershala Ali, y el saca borrachos y posteriormente guardaespaldas y chofer del Dr., Tony Vallelonga, interpretado por Viggo Mortensen. La cinta está dirigida por Peter Farrelly, con un guion escrito por el hijo del verdadero Tony Vallelonga. La relación entre los personajes principales se da en el contexto del sur de Estados Unidos en 1962. El sur es conocido por su acendrado racismo, incluso hasta la fecha, y por aquellos tiempos aún más. No hay que olvidar que son las épocas en que las luchas eran muy violentas, y la represión por parte de las fuerzas policiacas era muchas veces criminal. Luther King, Angela Davis, Malcom X, el black power eran parte de las diversas expresiones del pueblo afroamericano por alcanzar el fin del racismo y el disfrute de sus plenos derechos humanos, jurídicos y políticos dentro de la sociedad estadounidense. ¿Acaso se cree que a un actor como Mahershala Ali se le va a engañar como a un niño al que se le da un caramelo? A un hombre que consciente de sus actos se ha cambiado de nombre para adquirir uno acorde a sus creencias como musulmán, no se le engatusa tan fácilmente como para enrolarlo en una película que justifique la discriminación contra los afroamericanos. El actor, citado por el periódico La Vanguardia, declaró lo siguiente en 2017: “Tenemos que estar despiertos en esta época, tenemos que ser muy conscientes de la dirección a la que se dirige el mundo (...). Todos somos igualmente humanos, nadie es más importante que nadie, y creo que el arte sirve para recordarnos esto”. Si alguien hubiera querido engañar a Mahershala para envolverlo en un proyecto racista disfrazado de comedia, él hubiera sido el primero en darse cuenta y rechazarlo desde la lectura del guion, y no fue así. El título del film hace referencia a una guía turística elaborada por Víctor Hugo Green, cuyo título The Negro Motorist Green Book, señalaba los sitios, hoteles, bares en los que la gente de color podía estar segura. Una forma de apartheid, de segregación. La historia básica trata de un italoestadounidense, mesero y sacaborrachos del antro llamado Copacabana que al verse sin empleo es contratado como chofer y guardaespaldas de un pianista afroamericano con el que hará una gira por todo el sur de los Estados Unidos. El viaje será de dos meses, y la temporada terminará justamente un día antes de Navidad. Aquí el punto es que varios críticos señalan que la cinta es una mera justificación del racismo, un enmascaramiento, una normalización. No compartimos esta opinión y diremos porqué. Claro que se vale cuestionar la realidad, evaluarla, analizarla, pero el tema del que trata la película se refiere a hechos que ya sucedieron, y no podemos pretender que sean como nosotros hubiéramos querido que fueran. Verdad de perogrullo: los hechos son como son. La realidad no puede tomarse y adaptarse a las conveniencias políticas, ideológicas y culturales de cada quien. Y aunque el que narra un suceso lo recorta, idealiza o parcializa, en términos generales, el escritor de este guion, hijo en la realidad del personaje Tony Vallelonga, se atuvo a hechos que fueron realidad. Al principio de la película el personaje llamado Tony Vallelonga sí es un tanto racista, de hecho cuando dos trabajadores de color van a su casa a realizar una compostura, él ve cómo su esposa les sirve dos vasos con agua para que se refresquen. Después de que ellos se retiran, Vallelonga entra a la cocina y tira a la basura los vasos en donde bebieron los trabajadores. Luego, cuando la esposa -que tiene un papel clave en la película-, se da cuenta de que los vasos están en la basura los levanta y reintegra a sus trastes. Tony Lip (Vallelonga), es un tipo que se queda sin trabajo por composturas que deben hacer en el antro en donde trabaja, y por esas vueltas que da el destino le ofrecen un trabajo como chofer de un pianista negro. Al principio, se resiste, sobre todo cuando el pianista, llamado Don Shirley, le comenta que además de chofer tendrá que ser su asistente personal, planchar y bolear sus zapatos. El italiano se despide diciendo: “buena suerte, doctor”. O sea, ay nos vemos. Sin embargo, el Dr. Shirley insiste en contratarlo debido a los informes que tiene sobre las habilidades probadas de Vallelonga. Hay críticos que señalan que el film aborda las tensiones raciales desde el punto de vista blanco, que la película viene a explicarle a los negros lo que es el racismo, que es una justificación. Cierto, el guion está escrito por un descendiente de italianos, pero de ninguna forma reduce la cuestión a un mero asunto personal. Al contrario, lo que se presenta en la cinta es una caso en donde a partir de una relación, en principio de trabajo, se llega a cuestionar el contexto del tremendo segregacionismo existente en la zona sur de los Estados Unidos en los años 60’s del siglo pasado. Los personajes enfrentan situaciones que van forjando una amistad que se va cultivando, que crece en medio de los problemas y vicisitudes de la gira musical. Una amistad entre un blanco emigrado descendiente de italianos y un hombre afroamericano descendientes de esclavos que aún sufre las consecuencias del racismo en cada lugar al que van. O, a poco un hombre con la trayectoria de Viggo Mortensen, curtido en tantas batallas y que se ha generado un nombre a pulso a base de trabajo inteligente y profesional, iba a jugarse su prestigio en una película de corte racista. Analícelo el público. En una entrevista Viggo señala: “… es una historia con ecos de Preston Sturges, de Frank Capra o, ya que estamos aquí, de Berlanga: divertida, para un gran público y al tiempo con un importante mensaje social. Y al final, lo que queda es eso.” Mortensen reconoce la influencia de directores que estuvieron comprometidos políticamente con ideas de avanzada. En otra entrevista agrega Mortensen: “Pero nunca leí un guion que fuera tan sólido, tan entretenido, con una estructura tan clara y diálogos tan brillantes. Es un relato profundo que me hizo pensar sobre nuestra historia como país y sobre dónde estamos ahora. Uno de los puntos fuertes de la película es que no te ­dice cómo tienes que sentir o pensar; es simplemente una gran historia sobre dos personas que existieron y que te hace salir del cine sintiéndote de una manera diferente a cuando entraste. Eso es clave” Insistimos, cada quien evalúa lo que ve de acuerdo a su parámetro cultural, ideológico y político. Desde nuestra óptica este trabajo es un canto a la amistad que deja atrás problemas de raza, incluso de condición social, pero no de una forma idílica. No pretende ocultar nada, simplemente plantea una situación que se dio de esa manera, y que en los hechos permitió engendrar una profunda y verdadera amistad entre un blanco y un afroamericano, amistad que duró mientras vivieron. Si se mira bien, la película incluso es una crítica severa en el mero corazón de una sociedad profundamente racista como es la parte sureña de los Estados Unidos. Invita a reflexionar para que nos demos cuenta de que finalmente todos somos seres humanos independientemente del color de piel que se tenga, y aunque parezca un lugar común todos tenemos un corazón del mismo color. El mismo título lo dice todo Green Book: una amistad sin fronteras. Ahora bien, supongamos que Mahershala y Mortensen, por alguna extraña razón hipotética, hubieran tratado de ocultar sus verdaderos fines trabajando es una película que enmascara el racismo. En ese caso, tenemos que irnos a los hechos concretos planteados en el film. ¿Quién puede demostrar que en esta obra hay una sola escena que justifique la segregación ? Al contrario, en la cinta hay varias escenas clave en donde se ve que la marginación es cuestionada. Citemos algunas. (Continúa). 

Alfonso Franco Tiscareño
Para Vitral, en el suplemento Barroco. Diario de Querétaro 
7 de marzo del 2019 

miércoles, 7 de noviembre de 2018

El concurso de ortografía V (último)

A diferencia de teóricos como Alice Miller, especialista en maltrato infantil y sus consecuencias, a la cual respeto y reconozco que le he aprendido mucho, sí creo en el perdón y en su poder liberador. Perdonar quiere decir soltar y se siente el efecto de soltar las amarras de cualquier situación que te encadene al odio, al rencor o al resentimiento. Y me atrevo a decir que perdono a mis padres por cualquier cosa que me hubieran hecho porque sé que fue de manera involuntaria y por no saber cómo hacerlo de otra forma. De hecho, creo que lo hicieron lo mejor que pudieron. Claro, con todas las contradicciones que ser humano implica, con todo lo que ocultaba mi padre, con todos sus secretos. Dentro de ese campo de limitaciones, él hizo lo mejor. Exacto, esa es la explicación, contradictoria en sí misma, paradójica: intentar hacer el bien aunque se sepa que se están haciendo algunas cosas mal.
Por tanto, me declaro partícipe del camino del perdón total y absoluto, no a ciegas, sino razonado, analítico, que por lo mismo llega a ser todavía más verdadero e intenso porque no es forzado ni falso. De esta manera crezco, porque me doy cuenta de todo, y ojalá esté en posibilidad de no cometer los mismos errores, y si los llego a cometer intentaré enderezarlos siempre. Me dará más rango de visión para comprender qué es la vida y su complejidad, me dará más experiencia para compartir. Desde ya me está produciendo calma y serenidad, y permite que mi corazón se llene de paz, de compasión, de luz –literalmente-, de amor del bueno.



Liberarme del miedo, de un miedo que ya ni me doy cuenta, pero que mi cuerpo me revela, ¿por qué los hombros levantados? ¿por qué las pesadillas que padecí tantos años? ¿por qué, de niño, el miedo a la oscuridad, a la soledad? ¿por qué la inseguridad, las manos sudorosas, la timidez, la inquietud ante la autoridad? ¿por qué nunca pude concluir mis estudios? ¿por qué nunca llevo a término lo que empiezo? ¿por qué mi atención distraída? 
Toda esta reflexión aparentemente anclada en el pasado está enraizada totalmente en mi presente. He reconstruido aquel momento para entender mi acción de hoy, para construirla de manera distinta, mejor, más consciente, más amorosa. Trato de hacer clara aquella situación en mi conciencia para librarme del temor que inmoviliza y produce enfermedad. Esta confesión es la herramienta para viajar a lo más profundo de mi ser, a lo que no asoma tan fácilmente, ha sido mi Virgilio para bajar a los infiernos. Confesarlo me revela muchas verdades, me da claridad para que el velo sea descorrido y pueda caminar con más tranquilidad, salud y amor sobre esta tierra. Con Kafka y la carta a su padre aprendí que contar todo me ayudaría en el camino.
Me importa este momento, aquí y ahora. No busco en el pasado para regodearme en él, escarbo para fundamentar mi presente. Estoy consciente del maltrato, creo que fue producto de cadenas de inconsciencia. De que estuvo mal, estuvo mal. Trataré de estar consciente de mí mismo, para romper estas cadenas. El reto para mí es hoy. A pesar de reconocer que aquella conducta y aquel trato de mi padre hacia mí estuvo mal, equivocado y que fue dañino, no siento rencor, resentimiento ni coraje. Me doy cuenta de que el perdón está en la raíz de lo que pienso, no es una idea insertada desde afuera, nace como una flor, como un loto entre el fango.



Lo único que ando buscando es la verdad, sin ofender a nadie, sin desquitarme, sin dañar. Al contrario, con gran compasión, en el sentido más puro de la palabra, sentir con el otro, llegar a saber cuáles fueron las motivaciones internas que lo llevaron a actuar como lo hizo, no para vengarme, sino para elevar una oración por ellos, por él, para biendecirlos, bendecirlos, porque también la bendición de un hijo hacia sus padres, hacia su padre, es poderosa.
Perdonar es un reconocimiento de lo humano, es una revisión de sí mismo, es una corrección en un sentido vital, es volverse más completo. No es un acto a ciegas donde todo se entierra en aras de un amor idílico, es ventilar, evaluar, con toda la capacidad de la conciencia, con toda la visión de la experiencia de la vida vivida para crecer como seres humanos, para construir la vida de otra forma, para concretar el sueño de todas las utopías imaginadas, para verdaderamente comunicarnos. No es un perdón estúpido e incluso pendenciero, hipócrita, sino amoroso, que abarca y transforma a quien lo concibe, al que lo vive. No me interesa el perdón que esconde por temor y que tiembla ante la verdad, sino el que busca lo justo, que no teme, que entiende, que ilumina con la luz de la reflexión el momento presente y futuro del que lo asume. Así lograré que no haya una disociación en mi ser. Esto es lo que llamo amor. Amor por sí mismo, para así intentar amar a los demás.
El humano es un ser de luces y de sombras, cómo puedo juzgar a mi padre o condenarlo, si me ha dado la vida y muchísimas cosas valiosas y buenas. Aunque innegablemente me ha hecho sufrir. El camino que veo claro es la comprensión, el perdón. No el que solapa, sino el que suelta. 



Freud, Freud, ¿por qué no me dijiste que me querías? ¿por qué mantuviste esa distancia tan enorme que separaba tu sillón del diván? Ni siquiera puedo decir de mi diván. ¿Por qué no me abrazaste, por qué no lloraste conmigo? ¿por qué no me diste una palabra de cariño, de consuelo, de esperanza? Sé que dices que todo esto perturbaría la terapia, que a ti no te corresponde, pero por eso es que nunca me pudiste sanar. Dices que hay que mantener una distancia, que ni siquiera me puedes dar un consejo, pero llevas años con lo mismo y no veo la luz. Te cambio toda tu teoría por un beso, por un abrazo, porque me dejes escuchar los latidos de tu corazón mientras me recuesto unos minutos en tu pecho, no más, tan sólo unos minutos serán suficientes para aposentarme en el corazón de la galaxia de luz del amor, tan sólo un puñado de segundos para realimentarme desde el centro luminoso en donde reposa el ojo de Dios. No te voy a pedir más, no te voy a quitar tu tiempo. No seas tan frío, sé que no eres mi padre, no te pido que sustituyas a nadie, pero dices que me puedes sanar, ¿cómo hacerlo mientras me untas bolsas de hielo en el corazón?
Papá, sólo quería que estuvieras orgulloso de mí. Creo que a esa edad es adecuado desarrollar un ego fuerte y poderoso. Ahora, me interesa muy poco la importancia personal o el agradar a otros, ahora me interesa agradar a la vida y desarrollar el encuentro con mi esencia. He recorrido un largo camino para llegar a esto, y toda esta recapitulación de aquel suceso de mi vida, lo del concurso de ortografía, me ha servido para hallar paz, para comprenderte mejor, para rehacer las piezas que me faltaban en el rompecabezas. Ha valido la pena este esfuerzo, han valido la pena los sentimientos de culpa por los que he pasado al analizar aquella situación, al ponerte bajo el microscopio, definitivamente han valido la pena porque de lo contrario me hubiera quedado con aquel recuerdo enfermizo habitando en mi mente, susurrándome tonterías, enfermando mi carne, alimentando el monstruo de la baja autoestima. En cambio ahora me siento libre de todo ello. Me siento descansado, fuerte, seguro, tranquilo. Como para comenzar otra vez. Estas palabras son mi testigo fiel. 

El concurso de ortografía IV

Mi consciente no miente, pero mi inconsciente tampoco, por eso nuestra construcción como seres humanos es compleja. ¿Cuántos programas me faltan por no haberlos vivido?, ¿cuántas carencias se grabaron a fuego en mi ser todo?, ¿cuántos gritos ahogados, palabras calladas, contenidas?, ¿cuánto dolor, cuánta tristeza soterrada? Ahora, al enfrentar esto, el niño debe apapacharse solo, lamerse como lobo sus heridas. Mi consciencia me jala hacia adelante para evolucionar a pesar de la adversidad y salir purificado, bendecido, claro, sabio, amoroso, comprensivo.
Este no es un ajuste de cuentas con nadie, ni siquiera conmigo mismo, es una operación de limpieza del alma para conocerme, comprenderme y saber cómo actuar. Es necesario buscar todos los lados de asunto, esta no es una moneda de dos caras, se trata de un poliedro. Incluso, habrá que asomarse con valor a las caras más oscuras, armado de una antorcha de sabiduría, de filosofía, de lecturas. No voy a meterme como chivo en cristalería, sino como un ermitaño diogénico, linterna en mano, corazón cálido.


Atrapé algo de mi inconsciente, así que dejo de fingir, si jalo más la cuerda saldrá toda la podredumbre. A los 15 años escribí, con faltas de ortografía, un intento de poema titulado: 52 veces al año tengo padre. Lo que sucede es que mi dolor estaba taponado.



¡Hola, inconsciente!, ¿si te dejo salir, asomar, no te aprovecharás de mí? ¿ todavía oculto algo, me falta más por escupir?¿ahí ha estado eso pudriéndose dentro de mí y por ello tantos malestares? Los sentimientos de culpa son fantasmas que tienen un origen concreto. Mi luz es el fortalecimiento de mi conciencia.
¿Será que no existe la tierna infancia? A veces hay más tristeza, más dolor que alegría y felicidad, en otras ocasiones quedan tablas. Así es el juego de la vida. Muy poco de esto es azaroso, la mayor parte está determinado por los actos conscientes o inconscientes que llevamos a cabo, y la influencia de los demás en el entorno de uno. Mi infancia tuvo de todo, como la de cualquiera, eventos desagradables y tristes, pero también muchos hermosos y supremos. Los de afuera estaban ahí con su relajo, pero algo dentro de mí determinó defenderse y vivir contento, quizá fue en parte una mascarada creada a partir de un instinto de supervivencia.
Ahí está mi papá, sentado a la mesa, con su pantalón de casimir y su guayabera color crema. Después de comer ve la tele un rato antes de seguir con su trabajo, siempre su trabajo. ¿Acaso no es el que nos da de comer, no tiene derecho un hombre a sumirse en su trabajo con todas sus ganas hasta alcanzar sus objetivos? ¿y el tiempo para su familia? Pero quién piensa en eso, quizá ni siquiera se daba cuenta. Cuando estaba contento platicaba, su sonora y hermosa voz llenaba el comedor, su contagiosa risa aparecía y el ambiente generaba una ecología acogedora. Rápido de ideas, inteligente, la palabra precisa , el cálculo exacto en cada cosa.
En otro momento escucho los pasos apresurados de mi padre, oigo el tintineo de las llaves, son varias, pero las tiene perfectamente ordenadas, cuál primero y porqué, cuál después. La llave adecuada entra, da vuelta a la cerradura, la puerta se abre, mi padre entra. La sala huele a la comida que mi madre ha preparado, por cierto deliciosa. Arroz blanco, caldo tlalpeño. Papá siempre come mientras bebe su bebida de cola con hielos. Nosotros estamos sentados a la mesa. Él bromea, mamá recorre con su mirada cálida la escena. Terminada la comida papá hace cuentas, calcula sobre papel. A veces hay discusiones por el dinero. No digo nada, estoy callado cuando eso sucede. Siento feo, pero qué puedo hacer. Tengo doce años y mi padre me intimida. Creo que por eso siempre tengo problemas con la autoridad o cualquier jerarquía, o me ponen nervioso o me declaro en rebeldía.




Creo que mi necesidad de comunicación quedó mutilada. No lo tengo muy claro, con el tiempo los recuerdos se van borrando o no existen. Sólo hay algo muy evidente: después de lo del concurso ya casi no pude comunicarme más que lo elemental, lo verdaderamente básico, con mi padre. Cuando papá llegaba me quedaba casi inmóvil, a la disposición, enfrente, quieto. Si estaba tocando la guitarra, dejaba inmediatamente de hacerlo. Jamás pude tocar la lira y menos cantar enfrente de él. ¿Qué triste, no?
La vez que quise comprar una guitarra dijo que no quería mariachis en la casa. Supongo que lo hizo por mi bien, preocupado respecto a qué sería de mí si me dedicara a ser un músico, no tendría de qué vivir. Si no fuera por la hermosa de mi madre … ella me llevó a la Lagunilla a comprarme una lira acústica, que tenía un brazo más ancho de lo normal y un sonido un tanto apagado, pero que con ella toqué y toqué y toqué; y la amé, la amé y la amé hasta que me brotaron hermosos callos en la punta de los dedos. Desde la mañana hasta la noche estaba pegado a ella, aprendiendo absolutamente a solas, sin apoyo, sin maestro, pero cuando mi papá llegaba entraba yo en un silencio absoluto. 
Nunca comentó nada de la guitarra, ni siquiera sé si aunque sea de reojo la miraría. La guitarra apareció ahí “de pronto” y como no me veía tocar ni cantar pensaría que no era nada importante para mí. Y todo ese silencio de mi parte quizá, y digo quizá porque de verdad que no me queda claro o lo sigo negando, se me convirtió en una amargura inmovilizante, en síntomas físicos, a partir de una situación emocional, psíquica. Aunque a la vez era muy alegre, con mis amigos de la secundaria me divertía mucho y era muy latoso y vacilador. Es decir, nada que llamara la atención…o nadie lo supo ver. En la cama, cuando vinieron a buscarme para lo del concurso de ortografía, tenía dos semanas tirado por una fiebre reumática, es decir inmovilizante. No sé si sea coincidencia, que igual quedaba inmovilizado ante la presencia de mi padre. He averiguado, y para los que saben de la medicina cuerpo-mente, las reumas son un signo de falta de amor, de sentirse victimado, de cargar con una amargura crónica, de cargar con resentimientos no confesados. Quizá apenas estoy comenzando a ver.




Como se podrá notar la figura de mi madre queda un tanto empequeñecida. Quizá por la situación en que vivía. Sometida a los designios de mi papá, absolutamente dependiente de su palabra, de lo que le quisiera dar. Siempre con la esperanza de que las cosas fueran a cambiar un día. Sí, creo que empiezo a ver, o quizá siempre lo vi, pero nunca lo quise aceptar y menos comentar porque se iba a desatar un caos brutal. ¿Acaso no fue así hasta el final? Un montón de mentiras, de teatros y todos viviendo lo mejor posible encima de ello para que no se generara una tormenta brutal y destructora. Cómo puede un niño de 12 años cargar con eso, cómo enfrentarlo cuando estás a las puertas de la adolescencia y no hay nadie que te haga el paro porque tu mamá también va en el barco a la deriva. Exacto, es el reino del silencio obligado, del que te aplasta, del que surge del miedo, del inmovilizador. 
Seguro mi papá creía que llevaba lo mejor posible las cosas, no se daba cuenta o no quería aceptar que su ausencia generaba un vacío de amor, de afecto, de palabras, de comunicación. Y mi ser no quería ir más allá en la relación entre ellos, no quería correr la cortina, porque sabía que sólo encontraría lágrimas y soledad. Lo sabía porque mamá lloraba seguido, y cuando le preguntaba porqué, se secaba sus lágrimas y decía que no pasaba nada, que se sentía un poco mal. Detrás de la cortina había una inmensa soledad, estaba oscuro, vacío, era una cueva fría. 
Qué son todas estas palabras sino una búsqueda, una confianza absoluta en medio de la nada, guiado por la certeza de que el amor existe y es el único camino para seguir viviendo.

El concurso de ortografía III

Aunque quizá he sido un gran hipócrita que nunca me he atrevido a confesar que guardo algún rencor o resentimiento contra mis padres, porque entonces toda la moral y el pecado caerían sobre mí, me aplastarían en los infiernos. Y lo que tengo que callar se me convierte en males en el cuerpo, achaques, que a futuro podrían convertirse en males crónicos y en incapacidad para amar a los que me sucedan, o cuando tenga hijos. Ellos tampoco sabrían amar, y la capa del dolor se extendería hasta a mis nietos. Tengo que romper esta cadena de incomunicación y desamor. Por eso, hoy estoy aquí, espero que humilde y sinceramente, tratando de encontrar respuestas a lo que me sucede desde aquel día en que gané el concurso de ortografía, y las autoridades de mi escuela fueron a buscarme a la casa. Pensé que a mi padre le daría un gran orgullo y brincaría de gusto para celebrarme, pero no, lo único que recibí fue una cubetada de frialdad e indiferencia, silencio absoluto. Aquí lo que importa es cómo lo tomó mi inconsciente, cómo lo almacenó, cómo lo interpretó. Ya que al ser guardado, sellado, tapiado, de esta manera, con el paso del tiempo se ha convertido en incapacidad para amar, para expresar los sentimientos, ojetez para con los triunfos de otros, incomunicación, incapacidad de hablar en los momentos claves. No es cuestión de vengarme, sino de comprender y aceptar que pueden existir tales sentimientos de odio y rencor, no para regodearse en ellos sino para encontrar la llave de salida del infierno y de la enfermedad, del resentimiento escondido, de los traumas, y así poder amar con sinceridad y madurez a mis padres, aceptando con toda naturalidad las cosas buenas de ellos, reconociendo los enormes errores que pudieran haber tenido. Eso no me hace un mal hijo, al contrario, me permitirá comprender la complejidad de la vida con todos sus avatares, contradicciones y conflictos.


Me doy cuenta, mirándome a un espejo, que la respuesta está en mí mismo. Que lo que no fue ya no será, no porque no se quiera sino porque ya es imposible físicamente. Pero, nunca es tarde cuando la dicha es mucha. Frente a este espejo me doy cuenta que comprendiéndome, amándome, apoyándome, estoy rompiendo con esa cadena. Me puedo liberar de todo rencor, entender a mi padre y sentir una gran empatía por él, acariciarlo yo mismo. La ausencia de rencor y coraje no vendrá de un acto forzado, sino de razonar, de no juzgar con dureza de alma. El reino de los cielos está dentro de mí, ahí está la fuente que mana. Si es una construcción intelectual no me importa, porque tiene vida en este presente y actúa en lo concreto. Este es el verdadero ajuste de cuentas que requiero. No habrá balas, no habrá moralina ni rencor. Habrá amor y compasión auténticas, producto del razonamiento, la experiencia, el estudio teórico, la comprensión. Y mi cuerpo lo contará, sentirá, cantará; podré entonar un himno de sanación, de salvación; mi conciencia estará libre de todo maledicencia; mi cuerpo y mi mente lo manifestarán, y como una flor ofreceré mi mejor aroma a la vida en la Tierra.


Espero también me sepan disculpar los que dejé noqueados en el camino de mi vida. Es que traía colgado todo esto y no me daba cuenta o lo negaba o no lo comprendía. Hasta que me apareció más menos claro, porque antes me asaltaba y me saltaba en el camino, como un recuerdo triste que asomaba una y otra vez. Lo puedes empujar hacia abajo, negarlo, cagarte en él, pero ahí está. Decidí mejor sacarlo a pasear, a ventilar, ver qué rostro tenía. En el juego de la ruleta de la vida quizá lo atractivo sea que sepas porqué apuestas a determinado número. La ruleta puede estar trucada, los otros quizá no sepan ni a que juegan, pero todos están sentados a la mesa. ¿Tú sí sabes a qué jue-fe ga-fas? Eso es lo que hace que te sientas mejor y a gusto en el complejo juego.
Todavía con dolor contemplo a ese niño, sentado ahí, a la mesa, callado, temeroso, incapaz de levantar la voz y exigir sus derechos, ensimismado, con los hombros un tanto levantados. Eso de los hombros alzados me siguió durante muchos años, hasta casi provocarme un poco de joroba que a base de ejercicio y de estarme enderezando impedí se marcara más. Y todo cruza sus líneas en ese momento en aquella mesa, en mi silencio, en mi miedo. Ese niño, en aquella tremenda contradicción, amándose mucho a sí mismo, pero atemorizado y callado en esa circunstancia. Mi conciencia no lo pensó, pero quizá otra parte de mi ser quiso gritar: “Hey, papá, ¿que no ves, no te das cuenta? ¡Acabo de ganar el primer lugar en el concurso de ortografía en mi secundaria, y me van a llevar a concursar a otra escuela, la voy a representar! Hey, ¿no estás orgulloso de tener un hijo así, no soy motivo de satisfacción para ti? Hey, ¿no me quieres, no me puedes dirigir unas cuantas palabras de aliento? Hey, ¿no me puedes sentar en tus piernas , verme a los ojos y decirme “qué bien”? Hey, ¿no me puedes dar un beso y decir que me amas?



Nada de eso sucedió, y estoy ahí sentado, sobre aquella silla con recubrimiento de plástico que está más fría que nunca. Dentro de unos minutos me darás dinero para que me vaya al cine y puedas quedarte a solas con mi mamá. Cruzaré la puerta solo, con un poco de dinero en la bolsa, sin rumbo exacto y sin una palabra ni mirada que alimenten mi corazón.
Ahora bien, quizá todo aquello no fue más que una cara de la moneda, tan sólo mi percepción. Cacho y cacho. Un poco así otro poco asa. Qué sé de los sentimientos que pudieran estar pasando mis padres con sus propios asuntos entre ellos, qué sé de lo que estaba sucediendo en ese momento en que llegaron las personas de la secundaria. Seguro que hay más, mucho más, en ese tejido complejo. Ésta es tan sólo mi versión. Es importante, pero es sólo un punto de vista. Debo esforzarme para comprender otras verdades.
Me pregunto si se puede llegar a la verdad. Atravesaré el espejo, esa es la gran enseñanza de Alicia. Desde la conciencia, con calma, con cariño, atravesaré el espejo. Y poco a poco, iré viendo que hay ahí.



Sin ánimo de bondades falsas ni poses de telenovela barata, sin fingimientos a partir de haber leído libros de autoayuda, pero sí influido por religiones y creencias, puedo sentir, tocar con la intuición, que en mi corazón no existe odio ni rencor por aquella vivencia. No sólo lo del concurso, sino otras tantas historias que sería largo enumerar. A pesar de todo, y a menos que mi inconsciente me tenga controlado, no siento apego ni resentimiento sino agradecimiento porque con el correr de los años mi padre me demostró cuánto me amaba, a su manera. Quizá no fue la forma en la que yo hubiera querido. En su momento me dañó más de lo que hubiera aceptado, eso que ni qué, pero ahora comprendo que su conducta debe haberse debido a alguna situación de su vida, experiencias de su infancia que desconozco hasta la fecha y que tristemente ya no sabré nunca. Eso sí que es decepcionante. Lo demás no. Tengo pruebas de que mi padre me amó a su manera y eso es lo que me reconforta y me ayuda a madurar. Alcanzo a comprender que son muchos los aspectos que juegan y que no tengo los dados en mi mano. Nunca me abandonó, siempre estuvo al tanto de lo que me pasaba, me ayudó económicamente, me trató bien. Estas son pruebas más que suficientes para saber que no estoy alucinando. Por eso no me nace ningún rencor, no tengo qué reprochar, sino entender porqué un ser puede ser tan contradictorio. Como niño y adolescente me costó mucho trabajo comprenderlo.



Total, me fui al concurso zonal de ortografía. No le voy a echar la culpa a nadie, ya no avance más porque hasta ahí dio mi capacidad en ese entonces. Nadie volvió a mencionar ni a recordar jamás el tema, y sólo el paso de los años lo fue empujando a mis recuerdos. Sólo a base de pensarlo y observarlo me di cuenta cuánto pesaba en mi conciencia y de qué formas se había manifestado. Creo que nunca lo atrapé ni develé totalmente, pero lo que alcancé a ver fue fundamental para sanar un poco más la totalidad de mi ser. (Continuará).

El concurso de ortografía II

Aquí no hay palabras definitivas, no hay buenos ni malos, lo que hay es una búsqueda de algo que ni siquiera quisiera llamar “verdad”, porque ¿qué es la verdad?, si acaso le llamaré circunstancia, contexto, razones, y ni siquiera con esas palabras alcanzo a merodear en la complejidad que tienen los actos humanos, porque qué significaba la actitud de mi papá, ¿que no me quería?, eso es imposible y me lo había demostrado con hechos durante décadas, ¿que me despreciaba? no me hubiera dado todo lo que me hado material e inmaterial en todos estos años; entonces, ¿qué significa su conducta de aquellos años? Creo que tan sólo se trata de la reproducción inconsciente de patrones aprendidos en otras circunstancias también dolorosas en su infancia. Y qué sé, si desconozco todo, absolutamente todo de su infancia, lo mío sólo son hipótesis. Él nunca me contó nada de sí mismo. Nuestras pláticas giraban alrededor de otros temas. Cuando yo tenía 16 años hablábamos de política y me confrontaba por mis ideas de izquierda. Él era un convencido priísta como todos los señores de aquellos años de principios de los años 70’s.



No puedo ni quiero acusarlo de nada, no quiero enjuiciar a una persona. Quiero entender, encender las luces en el vacío, asomarme a esa cueva de las tinieblas de la incomunicación, deseo tocar la puerta de los corazones endurecidos, lo que quiero es que ya no se repita la historia, pero ¿cómo puedo garantizarlo? Ya lo dice el dicho: en la casa del jabonero el que no cae resbala, quizá estoy buscando no resbalar o que el resbalón sea menos fuerte. Aquí no hay condenados ni perdonados, ni buenos ni malos, aquí hay seres complejos, con diversos matices en la gama de los grises. 
El recuento de algunos hechos es lo único que puedo poner sobre el tapete, son mis cartas y el mazo está incompleto, no las traigo todas, porque eso no puede ser. Hay todo un mundo detrás de cada acto de las personas. A lo único que puedo referirme es a los hechos, y cuando evalúe esos actos, siempre será desde una perspectiva acotada por mis propias circunstancias, Claro, sentimientos válidos y dignos de tomarse en cuenta, pero siempre incompletos. Por ejemplo, en el tema de los abrazos. ¿Por qué mi padre nunca me abrazaba más allá de los de rigor de navidad y de año nuevo?, no lo sé, quizá no estaba acostumbrado, quizá tampoco lo hicieron con él. ¿Significaba eso que no me quería?, no lo creo, porque el amor se demuestra de muchas formas. ¿Me hicieron falta? bueno, en aquel momento no lo pensé o no quise darme cuenta, pero al paso del tiempo me queda claro que me hubiera gustado recibir unos buenos abrazos. ¿Lo amo menos por ello? para nada, aunque quizá podría amarlo mucho más. Porqué nunca hablamos de esto, será que nadie puede hablar de estos temas, ¿porqué está tapiada nuestra boca y por ende nuestro corazón? ¿Es generacional? ¿Es histórico? ¿Sucedía sólo en mi casa? creo que aún me da envidia cuando veo en otras personas, en otras familias, cuánto se quieren. Soy envidioso, ¿será producto de una historia concreta o está en el corazón humano? 



El caso es que aquel día, cuando fueron a visitarme a la casa la orientadora y la prefecta de la secundaria porque había ganado el concurso de ortografía, mi padre ni siquiera se movió de la silla, las trabajadoras se retiraron. Mi padre, con su hermosa voz, su clásica amabilidad y don de gentes, las despidió cortésmente. Cuando cruzaron el dintel y la puerta se cerró detrás de ellas, mi padre no hizo ni un solo comentario. No hubo una felicitación ni abrazo ni palabras. El tema de él con mi mamá tomó por los caminos trillados de lo cotidiano. La comida, el dinero, los gastos o la mosca que vuela. Para mí, que había ganado el concurso de ortografía y que ahora iba rumbo al concurso sectorial, no había una palabra. Sentí un baño de aire helado sobre mi cuerpo. También guardé silencio. ¿Qué puede decir un chavo de 13 años que no está acostumbrado a hablar con su padre? Nada. Mi silencio y mi soledad también fueron sepulcrales en aquel instante. Un sabor amargo quedó en mi garganta, quizá un mar de preguntas atoradas en forma tal que ninguna era clara, menos para un adolescente. Ya antes había ganado otros concursos en otras áreas y jamás tampoco había habido celebración ni comentario especial. Quizá un “ajá” por ahí perdido entre mis recuerdos. 



Cuando menos conscientemente, no tengo reproches, ni dolor, no…mmm... más bien sí. Quiero encontrar si eso dañó en algo mi vida, si me mutiló de alguna manera. Quiero saberlo para estar sano y seguir mi camino, quiero saber para quitármelo de encima, para que aquellos hechos no me estorben en mi desarrollo presente, para que no sean un lastre en mi vida, para romper la cadena, para no dañar a los míos. Porque, qué tal si me están impidiendo realizar mis anhelos personales, qué tal si han incidido en mi seguridad personal y quizá por eso me han generado problemas con la autoridad. Y sin hacerle al psicólogo de bolsillo sí me interesa superar ese conflicto. He leído temas emparentados y sé que se puede generar mucho daño con la falta de apoyo, estoy en mi derecho de buscar sanación, aunque algunos se burlen o me quieran encasillar en libros de autoayuda. No me importa, algunos de estos libros me han ayudado, sin poses pseudo intelectuales me han brindado alguna herramienta para avanzar en mi camino de comprensión de todas estas circunstancias, y, sobre todo, he encontrado claves para superar esos problemas y poder llevar a término tantas cosas que he dejado colgadas en la vida. Vayan a saber si tiene que ver con aquello que viví, creo que sí. Lo he venido descubriendo al paso de los años. He ido develando el tema, porque creo que ni siquiera me daba cuenta de cuál podría ser el origen de lo que me ha pasado, a qué podría atribuírselo. 



Una ligera pero pertinaz lluvia está cayendo allá afuera. Ahora que recuerdo, en mi infancia y adolescencia siempre hubo mucha lluvia y mucho gris. También mucho sol, pero recuerdo más lo gris. Mi papá nunca me pegó, pero tampoco nunca me abrazó ni me besó o no lo recuerdo. Nunca me gritó, pero tampoco me habló con ternura. ¿Quedaría yo como huevo tibio? ¿ni crudo ni cocido? Será que por eso a veces no puedo expresar mis sentimientos o me exculpo con todo aquello para seguir siendo un huevo tibio. Aunque los huevos tibios, sí están en su punto, con un toquecito de limón y un poquito de sal, son muy sabrosos, ni muy crudos ni muy cocidos. Esa debe ser la cuestión…quizá si me agrego limón y sal…en forma de búsqueda interior… 
A lo mejor me estoy ocultando algo y lo que he pedido a gritos, y ahora reprocho enmascaradamente, es un abrazo, un beso, unas palabras de aliento de mi padre. Y digo de él porque con mi madre no tuve problemas en ese aspecto, al contrario, mi mamá siempre nos alentó, para ella éramos los mejores y siempre nos daba ánimo para todo, nos abrazó, nos besó, nos amó mucho. ¿Acaso no puede compensar esto todo lo demás? Parece que no, cada cariño es importante y específico, la otra parte hace falta, es como aquello del ying y el yang. No se puede estar nada más con uno de los polos, no hay de otra. Como en esas casas en que la mamá es madre y padre a la vez, de cualquier forma los que viven de esa manera terminan buscando la figura masculina, paterna, que les hace falta, y entonces un vecino, un tío, un profesor, una amigo de la pandilla, vendrá a sustituirlo.



Los abrazos son poderosos, es hermoso que te abracen. Las palabras de aliento tienen poder. Algunas filosofías afirman que no hay que ceder ni ante el halago ni ante el insulto, pero cuando se es niño y adolescente, hay que construir un ego muy fuerte, ya después veremos lo que hacemos con él, si lo destruimos o lo transformamos, lo evolucionamos, pero por lo pronto hay que poseerlo. Y ese ego poderoso se alimenta del cariño de la familia más cercana, padres y hermanos, tíos, primos. Si no reconozco esto, entonces no me daré cuenta porque he estado metido en varios problemas: incapacidad para relacionarme sanamente con los demás, alcoholismo, adicciones, bipolaridad, incapacidad para llevar a término lo que comienzo, egolatría exacerbada aunque maquillada, autoritarismo, incapacidad para sostener una relación sana de pareja, violencia física y psicológica hacia los demás, incapacidad para comunicarme, para expresar los sentimientos, envidia, ira y no sé cuántos infiernos más cuyo origen está en esa falta de afecto, de cariño, de besos , de abrazos, de palabras. Como aquel célebre experimento de los changuitos alimentados por simias verdaderas y simias de peluche, y otros tantos experimentos que hay por el estilo en donde la conclusión es siempre la misma: hace falta el amor, el cariño, las palabras de aliento, la compañía. Es fundamental para la familia, los hijos, tocarse, sentirse, mirarse a los ojos, olerse, saber cuando menos algunas cosas íntimas uno del otro. Eso es parte central del hecho de ser padres e hijos, de ser seres humanos.

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