jueves, 8 de febrero de 2018

Juventud en crisis. Los ritos de iniciación

Juventud en crisis. Los ritos de iniciación.
¿Qué  le ha ofrecido la iglesia católica a los jóvenes a parte de regaños, miedos y muchísimos abusos?  A nivel de individuos sin duda existen sacerdotes comprometidos con el mensaje de Cristo, pero como institución tiene un historial digno de una severa revisión crítica.

¿Qué le ha ofrecido la familia a los jóvenes aparte de regaños, abusos, miedo? Volvemos a lo mismo, sin duda existen madres y padres excelentes, pero muchísimos están sumidos en círculos viciosos de donde no pueden salir ni les interesa. Violencia intrafamiliar, abuso sexual, drogas, alcoholismo y un sinfín de taras sociales.

¿Qué les ha ofrecido el sistema social? Cuando menos, aquí en México,  actualmente, los jóvenes están rodeados de una cantidad de pésimos ejemplos: corrupción, impunidad, crímenes, falta de democracia, de acceso a la salud, al empleo, a la diversión.  Los jóvenes en México están no sólo expuestos a grandes carencias, sino a enorme violencia. Sabido es que ellos asimilan y copian lo que ven. Así que ya podemos visualizar hacia dónde se dirige nuestra sociedad.

Cierto, existe también la otra cara, pero cuánto peso tiene. Existen sacerdotes católicos y religiosos de otros credos, que están comprometidos y son practicantes honrados de su ministerio. Existen familias que a pesar de sus contradicciones intentan caminar lo mejor que pueden basados en el amor,  la solidaridad y  el trabajo. En la amplitud del abanico social, existen instituciones serias y trabajadores responsables, empeñados en servir a la sociedad desde los ámbitos público y privado. Sino fuera por todo ello, esto ya se hubiera derrumbado desde cuando.

Es  muy fácil juzgar, condenar,  levantar el dedo flamígero, y otra cosa es evaluar, argumentar, construir, cooperar. Es muy difícil ser padres, quizá en todas las épocas lo ha sido, pero sin duda, en la actualidad, es una de las misiones más complejas y arduas que existen.  

Uno de los errores, uno de los más grandes, que se cometen contra los jóvenes es  cercenarles la imaginación.  Y son muchos los ataques, desde varios frentes, contra este recurso clave en la historia de la humanidad. La antigua categoría de los aparatos ideológicos es aún válida en muchos sentidos. Uno de los grandes enemigos de la imaginación lo encontramos en la estulticia con que se trata a la juventud en los cada vez más anquilosados medios masivos de comunicación como la tv, la radio, la prensa. Como en todo, hay sus honrosas excepciones, pero una revisión somera nos dará cuenta de la decadencia que padecen.

Patrick Harpur, un experto en el tema de la imaginación,  señala: “En la Florencia renacentista, y nuevamente entre los románticos ingleses  y alemanes tres siglos después,  la imaginación  fue exaltada no sólo como la facultad humana más importante, sino como el fundamento mismo de la realidad.” (en su libro El fuego secreto de los filósofos, p. 72). Y un camino para desarrollar la imaginación es seguir el camino del héroe, del mito, del arquetipo que prefigura ciertas cualidades y características que sirven de ejemplo a seguir o rechazar, pero lo importante es que esta decisión se tome de manera consciente.

Pero a la juventud ya no hay quién le enseñe el camino del héroe,  ya no tiene guías sólidos, todas las narrativas han sido cuestionadas con un afán de relativismo preocupante, están alejados de los mitos que nutren, que alimentan. También las escuelas han fracasado, han convertido en guarderías y correccionales a los espacios educativos. Las autoridades no tienen una idea de lo que es la



Academia,  creen que con  imponer verticalmente una pseudo reforma, la educación se va a transformar por decreto.

Nada más alejado de la realidad, por eso han fracasado esos intentos verticales en donde no participan los maestros. Y son los jóvenes los que quedan atravesados en este mar de incongruencias y contradicciones. Las muchachas y los muchachos necesitan consejo, guía, es parte intrínseca de su formación, y si no lo encuentran lo van a tomar de algún lado, y ese lado muchas veces resulta ser el más siniestro: las pandillas, la delincuencia, las drogas, el alcohol, la pereza, la inercia, la estupidez. Y esto apenas está comenzando, si no se pone un remedio, con una política de Estado,  como políticas públicas, esto va a estallar más fuerte de lo que ahora vemos.

Una fuente sólida y vital en donde niños, adolescentes  y jóvenes pueden abrevar es en los grandes mitos fundacionales. Como lo señala el antropólogo Rodney Needham, (citado por Patrick Harpur, p.126): “…el mito refleja la historia, proporciona un estatuto social, encarna una metafísica, responde a fenómenos naturales, expresa verdades perennes, hace frente al cambio históricos…”.

El mitólogo  Joseph Campbell, en su obra The masks of God: Creative Mythology (Las máscaras de Dios: mitología creativa), señala que las funciones del mito son cuatro: 1. La función metafísica: despertar un sentido de asombro ante el misterio del ser; 2. La función cosmológica: explicación de la forma del universo; 3. La función sociológica: validar y apoyar el orden social existente; y 4. La función psicológica: guía del individuo a través de las etapas de la vida.

Como puede deducirse, las funciones del mito son importantísimas para que un ser crezca con bases, con fundamentos, con raíces. Y parte central en este proceso formativo lo constituyen los ritos de iniciación. Señala P. Harpur, en la obra citada, que antiguamente los ritos de iniciación para la juventud era un paso obligado y necesario. Los ritos de iniciación “imitan el modelo al que se ajustó el nacimiento del cosmos y en función del cual se establecieron todos los modelos subsiguientes de organización …” (p 146). Vale la pena citar a Harpur textualmente: “Cuando los grandes mitos y rituales se despliegan uno por uno ante él, se abre un significado deslumbrante, como una alfombra fabulosa por la que el niño accede a la condición de hombre”. (p.146)

Harpur señala que estos ritos de iniciación no se pueden eliminar así como así, los jóvenes que no pasan por ello se quedan en la adolescencia, jamás maduran así tengan 20  ó 30 años.  Juzguen ustedes, volteen y  observen a familiares y/o amigos y miren con qué frecuencia estamos viendo esto,  gente que no madura aunque pasen los años.

 Aquí  hay que cuestionarse muchas cosas que están sucediendo en México.  Todo ese mal ejemplo social, corrupción, crimen, impunidad, ¿creemos que pueden cometerse sin dejar huella?  ¿Toda esa orfandad de valores, creemos que puede existir sin ninguna consecuencia? El trabajo para resolver este problema tiene que darse en todos los niveles: individual, familiar, social, y como ya se dijo, como una política de Estado al más alto nivel. Sí las acciones que se tomen no tienen está perspectiva tan sólo serán parches sobre parches que no solucionarán la problemática de fondo: la injusticia social, la falta de empleos bien remunerados, una educación escolar mediocre, la  impunidad y la falta de valores. Parafraseando al filósofo Friedrich Nietzsche podríamos hablar de la necesidad de revalorización de todos los valores, pero, quién lo va a impulsar si parece que muchos  ni siquiera se dan cuenta del problema o prefieren ignorarlo dada la dimensión del reto.

Patrick Harpur
El fuego secreto de los filósofos
Ed. Atalanta. 2ª ed. España. 2006

lunes, 5 de febrero de 2018

Louis Armstrong. Mi presente silencioso ante el cielo que se va iluminando

Muchos, muchos años de mi vida creí que el apellido de Louis era Amstrong, de esas cosas que uno sostiene sin siquiera sospechar que se está equivocado. Asimismo, hasta los 9 años de edad creía que me llamaba de otra manera. Háganme el favor. Y hoy, con más de medio siglo de edad, me vienen a caer varios veintes. No cabe duda que el que cree que sabe y se siente muy seguro, ni sabe ni puede permanecer tan secure.
Hace tiempo uno de mis hijos me obsequió un disco de Louis “Amstrong”, como le decía. Mi esposa me hizo ver que no era “Amstrong”, sino Armstrong. Fui al buscador de Google para constatar si era verdad y si había estado equivocado toda mi vida. Y sí, así era, el apellido correcto era éste último. Vaya –pensé- en cuántas cosas más no estaré equivocado. Uno que se siente todo orden y que además lo disfruta, en fin, me equivoqué. Casualmente, y dicen que no existen las casualidades sino el sincrodestino, acababa de ver en el Canal 40 un documental del genial trompetista.

Nativo de los Estados Unidos, el genio del jazz ya palpitaba en mi mente desde que fui aquel niño que no sabía bien a bien cómo se llamaba. Esa música sonaba en los lugares más insospechados, sitios que nada tenían que ver directamente con Satchmo, -Boca de bolsa, el apodo de Armstrong-, porque mi entorno era muy diferente. Estoy hablando de 1963 o 64. A veces, en mi radio, pasándole de estación en estación, de pronto caía en una extraña frecuencia que estaba discutiéndose con una pieza del maestro de la voz gutural y rasposa. No distinguía, ni sabía si era Hello Dolly, Dream a Little dream of me o La Vie en rose. Tan sólo llamaban mi atención, y de rara manera penetraba en mí la voz cavernosa y de gañote apretado del negro de Nueva Orleans.
Resulta que el maestro había estado más cerca de mi vida de lo que hubiera estado consciente. También por medio de las primeras caricaturas que vi en aquella televisión en blanco y negro, ahí estaba la música del gordo de oro negro. Esos curiosos dibujos animados, en ese mundo totalmente absurdo, en donde las persecuciones entre gatos y ratones llegaban al paroxismo y terminaban en la nada. Corrían para allá, para acá, y la música de la trompeta igual de loca y de virtuosa paseaba mis sentidos por mundos inenarrables. Lo denso de la música sólo se intenta describir, aunque nunca se logre totalmente.
Me di cuenta cómo la vida se cose de modos tan insospechados. Son miles e insondables los caminos del Señor. Vaya que sí. Cómo se tejen sin saber a dónde irán a parar. Pero aún en ese aparente caos, subyace el sincrodestino. Hoy queda con cierta claridad ante mis ojos que mis encuentros con Armstrong me han construido de cierta manera. También me doy cuenta que todo pudo haberme pasado desapercibido, pero no fue así. Lo sé mientras mis pies se bambolean y bailan al ritmo de la inteligencia y sensibilidad de On the sunny side of the street. Exactamente, es en lo simple y sencillo donde se encuentra lo verdadero. Su música ilumina este lado de mi calle interior dándome paz, un remanso de aguas tranquilas y luego agitadas, solos de trompeta sacudiendo mi alma, dulzura que me alimenta en la oscura noche sagrada, la noche de los tiempos, el cosmos y su inmensidad. Con esta canción, Louis me enseña a volver a contemplar el mundo de otra forma, los árboles, el cielo, los colores y hasta a los amigos. Tienes razón, Louis, qué maravilloso es todo si lo sabemos mirar con los ojos del asombro. El asombro, la máxima cualidad de la filosofía. Saber mirar para, como dicen los budistas, comprender el interser, que todo está en todo. Qué importa si eres negro o blanco, en verdad no encuentro la diferencia, no veo la razón para maravillarse porque alguien sea rubio. Ambos me causan admiración y asombro. Exacto, es eso, sin nombre, sin fronteras, si me llamara piedra o rana, qué importa, soy y no soy, mi nombre es yo soy y se disuelve en la nada, en las notas musicales recorriendo mi sangre y mis entrañas. Ese sí soy. Un amigo perenne de Louis Armstrong o “Satchmo”, el del brazo y la palabra fuerte, el de pulmones de volcán, el trompetista de fuego en el corazón, el caballero, el self made man, el que después nadó en billetes verdes. Su frente bañada en sudor era una catarata de pasión. Hoy, a varias décadas de distancia, Armstrong renace en mi corazón como un jazz suave al ritmo de su flow. Me une a una remembranza, que va desde la niñez, hasta el presente. Gracias, Louis por iluminarme con esta canción desde que tenía 11 años: What a wonderfull world.
Termino bailando, limpio mi cuerpo, con Mack the Knife. La bailo con mi amada entre los brazos. No necesito más, sólo la total atención para sentir esa música, su cadencia, sus rupturas, para que nos revele lo que guarda en lo profundo de ella. Cierto, es una pieza con una historia brutal, incluso muchos no quisieron montarla hasta que por fin tu aceptaste, Louis. Dijiste que te recordaba a algunos tipos rudos que habías conocido en Nueva Orleans. Habías corrido mundo, Satchmo, mucho mundo, los barrios más bajos, los arrabales. Solo de ahí podía surgir alguien como Mack. Y sin embargo la canción es tan sabrosa, tan rítmica, con esa repetición constante de la tonada principal.
El mismo Louis había participado en su juventud en algunos actos delictivos menores, de alguna forma entendía más allá del rango común lo que significaba esa letra de Mack the Knife. Ese origen turbio, el origen en la miseria brutal, lo marcaron por completo en los suburbios de Nueva Orleans, pero también la calle determinó su amor absoluto por la música al escuchar a los grandes músicos callejeros en su lugar de origen, toda su fuerza, su virtuosismo, su alegría y tristeza, al tocar y cantar.
La huella siniestra del racismo también dejó su impronta en el carácter de Armstrong, lo construyó fuerte, decidido, determinado. Y fue de una familia judía, también discriminada, de quien recibió apoyo para no terminar como un delincuente más. Del señor Karnofsky recibió la primera trompeta que marcaría para siempre el rumbo de su vida. A falta de padre, que lo abandonó, el viejo blanco judío se convirtió en su apoyo. Lección clara de que el racismo es nefasto, y que la solidaridad y el amor son productivos, florecientes, luminosos.
Y de esos barrios y vivencias surgió su voz grave, extraña, con un oscuro fondo, con sabor a esclavitud y campos de algodón. Dicen que no hay mal que por bien no venga. De una ruptura del músculo orbicular de la boca, producto de su forma de tocar la trompeta, sumado al tabaco y al alcohol, le vino esa voz única, sin parangón. Louis es un todo que conjunta además una mirada tierna, bonhomía, una gran simpatía y carisma, y una voz que deja huella, que no pasa desapercibida, que no puede olvidarse nunca una vez que se ha escuchado.
Al amanecer, recorro el Periférico de la Ciudad de México, hacia el oriente, a 90 kilómetros por hora. Escucho esta música bella, ese piano, el contrabajo, las percusiones, los solos, el conjunto, mientras observo cómo va amaneciendo, cómo va apareciendo esa franja rojiza en el horizonte, cómo va abriéndose camino la luz, y entonces entiendo que simplemente soy lo que soy, entonces descubro el momento más bello y eterno: mi presente silencioso ante el cielo que se va iluminando.
Alfonso Franco Tiscareño

lunes, 29 de enero de 2018

Chivis y Mary

Yo lo que he visto -dijo don Samuel-, es que el que la hace la paga. A través de mi vida he atestiguado que el que se pasa de listo paga de una u otra forma. Aquí en la Tierra está el infierno y el cielo, y aunque a veces parezca que algunos hijos de su pelona, gente malvada, pueden hacer lo que quieran y nadie les hace nada, al tiempo, aunque parezca muy lejos, pagan el pato que se hayan tragado.
Doña Mary lo escuchaba con cierta decepción, no es que le aburriera, sino que no le creía mucho, porque lo que ella vivía en su vida concreta era que su cuñada nomás se la pasaba jodiendo, y nadie parecía poder ponerle freno.
Todo empezó  desde que falleció el esposo de doña Mary, don Luis. Ellos tenían una tienda de abarrotes en un local ubicado en un terreno que había quedado intestado y que ahora los hermanos de don Luis se peleaban por su propiedad y por los límites. No era un terreno muy grande, apenas 500 metros que habían sido divididos de manera muy extraña.
Don Samuel hizo una observación corrosiva: Tanto pleito por un terreno ubicado en un lugar polvoso y semidesértico, ni que estuviera tan chulo.
Tenía razón el don, pero la casa es la casa, dónde estaríamos todos arrimados, en algún cuartucho y pagando mes tras mes rentas que caen mas rápido que la cuchilla de una guillotina. Y luego, pal mugrero de casas que construyen, sin una idea clara, no se les ocurre nada más que encimar cuartos en construcciones tipo chorizo, alargadas y pa’rriba. Y aluego,  cómo suben las personas y los muebles, pues quién sabe, a ver cómo le hacen. Esas casas son un espejo de sus mentes en muchos sentidos, sin idea, sin plan, a como salga, sin visión a futuro, sin una idea de funcionalidad y comodidad.
Con la enfermedad de don Luis y su posterior muerte, la tienda de abarrotes fue valiendo gorro hasta que desapareció. Al final ya no tenían nada, ya no surtían más que chucherías, veneno para los niños. Un pequeño refrigerador que habían adquirido con muchos trabajos, al final, siempre estaba prácticamente vacío. Qué triste se veía aquello.
-Pero ahí están de perros-, decía  don Samuel- y la cuñada es un auténtico chacal.
Su sobrenombre era “Chivis”, apelativo cariñoso que hacía un auténtico contraste con su personalidad despiadada, agresiva. Por cualquier cosita se le echaba encima a cualquiera, por supuesto a doña Mary. Y de inmediato le comenzaba a tirar de habladas, que si ella ya no tenía por qué vivir en el terreno, que si Luis ya había muerto y ellos ya no tenían nada que hacer ahí, que ya no era su casa.
Esa era una cuestión un tanto rara. Chivis tampoco era dueña de la propiedad, ni siquiera de su espacio. Ella estaba casada con el hermano de Luis, Chencho, quien en todo caso era el dueño de su parte. Chencho y Chivis se ponían salvajes escupiendo habladas, groserías, amenazas sobre doña Mary y su familia. Que sí Mary ya casi cincuentona quería andar de piruja, que ya le andaba, que era una tal por cual, que nunca quiso a Luis, que no lo atendió bien durante su enfermedad, que todo lo hacía de mala gana, y así, un rosario de acusaciones.
El resto de la familia, y hasta los vecinos, habían atestiguado que Mary se había dedicado. Ahí estaba para arriba y para abajo llevado a Luis al doctor, a hospitales, a curanderos, a brujos, a lo que fuera, con tal de buscar la recuperación de su esposo. ¿De qué estaba enfermo?… nadie lo sabía exactamente, sólo como que comenzó a secarse, se le hizo cuerpo y cara de pájaro seco. Había sido tomador, pero no podía considerársele un alcohólico, tenía un genio de los diablos y gritaba y despotricaba, pero nunca agredía físicamente a su familia.
Mary quedaba muy agotada, sobre todo emocionalmente, de tanto trajín, pero eso no quería decir que no quisiera ayudar a su marido, que no quisiera que se curara. Todo lo contrario, cómo no iba querer  que  el amor de su vida, su compañero de juegos desde chavitos, su único amor, se aliviara. Se habían querido y gozado a su manera desde muy chamacos, sin grandes pretensiones más que la de estar juntos. Cuando se arrejuntaron, los suegros les dieron un cacho de terreno para que hicieran su casita. Incluso les ayudaron con mano de obra y materiales para construir su chorizo de casa. Fea, pero con mucha ilusión. Luego vinieron los hijos y hasta los nietos, y todos vivían ahí, juntos como muéganos. Todos saltando de un trabajo a otro. Vendedores, cobradores, choferes, talacheros, tapiceros, a donde hubiera trabajo le entraban. No es que fueran muy chambeadores, pero había que sacar para los refrescos, las papitas y los chicharrones.
Ahora Mary parecía padecer el mismo mal que se llevó a su esposo. Flaca, flaca, como si se la estuvieran chupando. Algunas amigas le habían dicho que se trataba de una brujería, que le estaban haciendo un mal. Las sospechas aumentaban cuando encontraban huevos aventados contra su puerta, tierra como lodo en las ventanas que daban a la calle, y hasta una gallina muerta y desplumada hallaron un día. Y todos se espantan, se daban valor, pero a la vez les daba miedo. Y claro, la primera sospechosa era la Chivis, que pasaba frente a la casa siempre echando pestes y pelando chicos ojotes, que hasta se le botaban como canicas. Era pura lengua viperina y odio.
Esa Chivis, quién sabe por qué le tenía tanto coraje a la familia de Mary. Quizá porque ya era un espantajo de mujer, con los pelos pintados de güero, tan prieta ella, y ese aliento como de caño fresco. Siempre embarazada, ya iba para el octavo hijo. Se casó con Chencho y también les tocó su pedazo de terreno y también levantaron un chorizo sin ventanas y en donde para ir a un cuarto tenían que pasar por todos los demás. Toda esa gente amontonada en tres cuartitos. Chencho era chalán de un maestro albañil, era un tipo rudo, duro, simplón, con delirios de grandeza, que en las briagas de los albañiles siempre se las daba de jefe, de líder, de el más sácale punta.
¿Qué van a hacer Mary, sus hijos y sus nietos? ¿A dónde  se van a ir, quién los va aceptar, con qué pagarían una casa, cómo sacarían para la renta, cómo iban a perder su propiedad, por qué razón? Los insomnios le pegaban duro a doña Mary. Sus hijos le decían: no les hagas caso, no los peles. Pero ella no podía dejar de preocuparse. ¿No habría alguna forma de que aquello terminara, de que esa mujer, la Chivis, cambiara su actitud, por qué Dios no escuchaba sus súplicas?
En sus noches de insomnio, Mary soñaba que andaba con un tipo, no era don Luis, quién sabe quién era, su rostro no le era conocido. Andaban en el campo, en la ciudad, camine y camine, sin rumbo ni dirección. El tipo no la tocaba ni le hablaba ni la  acariciaba, sólo andaba con ella, siempre por delante, ella siguiéndolo. Cuando mucho la arrastraba de la mano. Mary no se explicaba por qué tenía esos sueños, y no se los contaba absolutamente a nadie, y menos como estaba la situación. No fuera a ser que lo agarraran de pretexto para todas sus inquinas.  En sus sueños ella se miraba bien, su cuerpo no estaba ni flaco ni seco, tenía buenas formas de mujer, las que tuvo cuando joven, pero esos sólo eran sueños, quimeras. Cuando el despertador sonaba al amanecer,  la triste realidad la invadía otra vez. ¿Por qué no podía ver con claridad, existiría alguna salida?

miércoles, 17 de enero de 2018

Las lagrimas de Eros

Las lágrimas de Eros
Este libro  puede decirse que nació el 24 de julio de 1959, fecha en que Georges Bataille le puso nombre. Se trata de una especie de conclusión de los temas que fueron importantes en su obra. En Las lágrimas de Eros, Bataille hace válido el viejo adagio al que fue fiel Paul Valéry: una imagen vale más que mil palabras. El poder de una imagen rebasa con mucho todos los esfuerzos de un escritor por describir algún suceso. Bataille retoma, como asunto personal, el enorme dilema al que están sometidos todos los humanos: el erotismo, como fuente vital, y la muerte, como un final sin posibilidad de evasión. Diversos autores a lo largo de los siglos han cavilado de muchas formas abordando estos temas inherentes a la cultura, a la historia. No hay salida, sólo la posibilidad de la descripción, de la narración, del mito, de la anécdota, y en éstas encuentra el artista, el ensayista, un poco de consuelo o de satisfacción.
El sentimiento y la conciencia de la muerte marca todos nuestro pasos. La alegría del amor y del erotismo como un esperanza, una realidad, que aunque pasajera, llena con plenitud el vacío del final. El que ama, el que está envuelto en la satisfacción voluptuosa del placer, puede decir que ha vivido, que ha valido la pena a pesar de lo que venga, que probó el infinito.
Si la reflexión acerca de la relación entre erotismo y muerte nos lleva un conocimiento mayor de uno mismo, el anhelo de Bataille se verá colmado. Si la lectura de este libro nos lleva a vivir una vida más plena y consciente sabiendo que ésta tendrá un final, habrá valido la pena la existencia de este ensayo. Si su lectura nos lleva a un disfrute mayor del amor en todas sus dimensiones, pero especialmente en lo relativo a lo sexual y a lo erótico,  habrá iluminado las zonas de desesperanza que, unos más,  otros menos, padecen en sus vidas cotidianas.
Esto abre la posibilidad de vislumbrar y de vivir una vida más plena, fecunda, consciente. Actualmente, es común encontrar en las redes sociales llamados desesperados de quienes buscan amor, de quienes no han sido tocados ni  por la vara de Eros ni por las flechas de Cupido. Y así,  exhiben sus cuerpos, más mujeres que hombres,  en una especie de catálogo virtual, para que los vean, para ver si alguien pica el anzuelo, si alguien se interesa. Es legítimo, pero también triste. ¿Es acaso suerte, destino, karma?  No hay recetas ni todo está sometido a los cánones ofíciales del reino de la belleza. Hay mujeres poco agraciadas casadas con hombres guapos, y hombres feos casados con mujeres hermosas.  Y más allá de lo establecido es verdad que si a ti  te parece bella esa mujer o guapo ese hombre, es porque simplemente así es,  y podrán disfrutarse a plenitud. El mito de la Bella y la Bestia ha dado cuenta de ello. Y acaso también Frankenstein, aunque ahí sólo se trata de amistad, y no de amor erótico.
Quien prueba el amor de forma erótica, ha probado un trozo de la eternidad, ha retado al tiempo y al espacio. Lleva consigo mismo un pedazo de vida, del universo. La vida plena le puede ayudar a entender la muerte, e incluso, de alguna manera, a superarla. El amor a sí mismo es vasto, vital, pero el amor al otro es la plenitud. Tocarse, desearse, mirarse, besarse, cubrirse, penetrarse, puede representar la revelación total acerca de qué es la vida humana. Es la gran oportunidad: el ejercicio de la acción poética, espiritualizar al cosmos.
Seres conscientes, que abren la gran oportunidad de cara al universo. El infierno o el cielo están en sus manos, la muerte y el terror, o el amor y la creatividad. Cada quien decide. Eros y/o Tánatos. Y entre ellos, claro, la contradicción. Nada es totalmente blanco o negro, existe en medio toda una gama de valores. Señala Bataille en el Prefacio “Pero por encima de la precisión histórica, nunca olvidamos este principio: una de dos, o lo que nos obsesiona es, en principio, lo que el deseo y la ardiente pasión nos sugieren; o tenemos la razonable preocupación de un futuro mejor. Parece ser que existe un termino medio”. (p. 35) Pero en seguida agrega que el primer paso conseguido con este libro es: “¡Llevarnos a olvidar las nimiedades de la razón!”
Dicha gama de valores está plasmada en el arte, como lo señala Bataille, a lo largo de toda la historia de la creación humana. De ahí que una imagen hable más que mil palabras. Señala Román Gubern en su libro Del bisonte a la realidad virtual que “…la imagen es un producto social e histórico…” y que “La pulsión icónica surge de la necesidad de otorgar sentido a lo informe, de dotar de orden al desorden…”.
El libro viene profusamente ilustrado con imágenes de obras que van desde la prehistoria, hasta el arte contemporáneo. La iconografía la trabajó  Bataille  con J.M. Lo Duca, y muestra  lo que intenta todo el arte que ha abordado el tema del erotismo y la muerte: dejar al menos una estela de terror, poesía o amor a su paso por el mundo. Decidimos y creamos, en principio, para la propia satisfacción, para saber que se intentó ser un testigo crítico. Y en seguida, para dejar  un legado para los demás, una herencia, un ejemplo, un fortalecimiento, un camino para la familia, amigos, compañeros. Un viaje órfico al hades, capaz de iluminar con cánticos sublimes la más profunda oscuridad.
El abanico de posibilidades de la vida contiene de todo, dolor, alegría,  sufrimiento, placer, éxtasis,  martirio, vida, muerte. Cada uno en su lugar y muchas veces entremezclados. La aceptación y el desapego son la clave de toda vivencia. Hablarlo es fácil, pero requiere de un trabajo continuo,  consciente y muchas veces doloroso. Para Bataille el dolor es el intermediario entre la vida y la muerte.
Esta búsqueda del amor y del sexo como puertas a la inmortalidad del presente,  están desde el principio de la historia humana como tal. Mínimo desde la época del Hombre de  Neanderthal, en el Paleolítico superior. Amor y sexo han evolucionado desde lo más elemental y brusco, hasta lo más fino y extático. El tao del sexo, y el tantra sexual, son dos ejemplos históricos de ese desarrollo. Orgasmo, risa, espiritualidad, alegría, son nuestras herramientas para enfrentar a Tánatos. Respecto a la risa y el orgasmo como formas de desarrollar la conciencia, ha señalado Guillermo Sheridan en su  artículo publicado en la revista Letras Libres (diciembre 2017), que leyendo el Cakrasamvara Tantra. The discourse of Sri Heruka que tradujo y editó el erudito David B. Gray, ahí encontró la relación tan cercana y vital que existe entre la risa y el orgasmo: “la emergencia de la risa-gnosis en un arrebato de dicha natural”.
Es por todas estas circunstancias  que el libro de Georges Bataille se titula Las lágrimas de Eros, porque en él aborda, a partir del arte de todos los tiempos, la pulsión de la muerte, como llanto,  y la pulsión de la vida, como Eros.
En muchas líneas de este texto asombroso se percibe una decepción que raya en el pesimismo. Hay que tener en cuenta que este libro fue escrito cuando Bataille pasaba por graves problemas de salud y tremendas depresiones, que sumadas al talante oscuro del autor le dan ese aire a veces un tanto siniestro. Sin embargo, el lector siempre aporta cuando lee, y quien quiera llevarse la luminosidad que subyace en el texto podrá sin duda lograrlo.
Ni sólo ardiente pasión turbadora, ni vida sin el recurso de la razón.  El orgasmo y la risa orgásmica, son el potencial que poseemos para enfrentar el vacío. Nos dan un espacio pequeño, pero enorme,  de comprensión de la vida. Hay quienes aseguran que del orgasmo surgió la meditación. Tal es su rango, la conciencia absoluta del presente, del aquí y del ahora, aunque partiendo de una pérdida momentánea de la noción del tiempo y el espacio. El big bang que cada orgasmo supone, la armonía entre lo carnal y lo espiritual, la superación de lo que se supone antitético.
Las lágrimas de Eros, Georges Bataille. Ed. Tusquets. 1ª ed. México 2013


Alfonso Franco Tiscareño
Para Vitral, en el suplemento Barroco. Diario de Querétaro
https://escritosdeaft.blogspot.com
11 enero 2018


jueves, 28 de diciembre de 2017

Roberto Bolaño, el ladrón de libros III/III

III / III

Es definitivo, estas reflexiones no deben llevar por ningún motivo a la chabacanería de pretender que entonces es legítimo robar libros si después se trae el título profesional que avale el ilícito, pero sin duda sí se pueden extraer preguntas e ideas sobre qué hacer ante los ladrones de libros, los farderos.
¿Cómo podría aprobar la acción de robar libros cuando he sido víctima de este acto? He invitado gente a casa y después he descubierto con tristeza y coraje que alguno de mis libros más amados había desaparecido. ¿Cómo podría aprobar este robo cuando detesto ese dicho de "es más tonto el que presta un libro que el que lo devuelve"? También está el argumento  cínico y corruptor de "otros roban legalmente, los capitalistas roban, el librero te roba en el precio, si yo robo, soy menos delincuente". Existe hasta un "Breve manual para robar libros y no sentir remordimiento”, que incluye nociones "éticas" para desarrollar con fineza esta actividad.
Seguro que hay muchos robertos bolaño circulando por ahí; seguro que hay estudiantes que cumplirían la promesa de entregar el título si fueran apoyados fuertemente para que pudieran estudiar al más alto nivel; segurísimo que habría miles de lectores más si los precios de los libros fueran más accesibles. El impacto sobre la vida social sería notable. Así que tenemos dos vías: exhibir a los farderos en carteles a la entrada de las librerías, o apoyar a los que quieren leer y no pueden comprar muchos libros, menos los más costosos. Cierto que hay quienes roban por la pura maldad o por delirios enfermizos, pero estos son otro caso.
La primera opción habla de una sociedad enferma, que vigila y castiga sin piedad, fríamente; la segunda opción, opta por una política más integral, más civilizada, más humana, que no solapa el delito, pero busca también diseñar acciones solidarias para desalentarlo. Las cárceles están atascadas, hay muchos  presos inocentes, y además, en México, revuelven a los que cometen delitos menores con criminales que han cometido delitos espeluznantes. Un ladrón de libros merece una rehabilitación por otras vías, que vayan más allá del aplastamiento social y moral del fardero, sin que deba padecer esta nueva forma de suplicio.
Todo esto es más que una simple anécdota acerca de un cartelito parapoliciaco pegado en la entrada de una librería. Es una crítica que cuestiona al poder que se gesta desde las acciones cotidianas. No hay nada que no sea relevante y que no esté construyendo a cada instante la forma en que vivimos. Volviendo a Foucault, podemos hablar de una microfísica del poder. El poder que se gesta desde los rincones menos pensados, pero también los factores desde los que podemos actuar para construir espacios diferentes. Si somos capaces de reconstruir las relaciones sociales a partir de los espacios pequeños en que nos relacionamos, entonces, esto tendrá una repercusión en las relaciones macro sociales. Si somos capaces de cuestionar y reconstruir esos pequeños espacios, estaremos reanimando el tejido social en que nos movemos. Si reconsideramos todos estos factores puede gestarse un nuevo mundo construido desde todas partes, desde cada lugar que habitemos.
Ese cartel, con los retratos de los farderos, debe desaparecer. En la evolución histórica de los métodos de castigo, la pena corporal ha evolucionado hasta la penalidad del alma, ésta actúa "en profundidad sobre el corazón, el pensamiento, la voluntad...", señala Foucault.  Y ese es el papel social que juega ese cartel colocado donde está. Se trata, según nuestra hipótesis, de un abuso del poder sobre la persona, sobre el cuerpo, además de tratarse de casos que no han sido juzgados. Se les presenta como condenados y esto es también un acto ilegal.  Se busca la justicia por propia mano y se comete una ilegalidad.
La administración de la librería dirá: "hay que exhibirlos, ese es su castigo", pero todo castigo y modelos punitivos, vienen de la ideología y producen ideología. Ese cuerpo fardérico, expuesto en una fotografía produce y reproduce al poder más allá de la consigna moral acerca del bien y del mal.
Bajo ningún principio es justificable el robo, pero igualmente, bajo ningún principio es justificable la explotación y la ignorancia ni el precio inalcanzable de los libros. El ignorante no tiene saber, y si no tiene saber no tiene poder.  Sí, se castiga al fardero, pero se castiga también el derecho al saber, el acceso a los libros. Y se castiga también al que entra honestamente a buscar o comprar un libro a la librería.
Los libros que me interesan cuestan entre 7 y 12 días de salario mínimo. Y, o como o compro libros; o sostengo mis necesidades básicas o leo. ¿y acaso leer no es una necesidad básica? Métete a una librería, y si vas seguido te darás cuenta de que en los pasillos, entre los estantes, no hay obreros ni campesinos, no hay pobres. Es una manifestación del poder encarnado hirviendo en vivo en la realidad. ¿Quién lee? ¿quién puede leer? ¿para qué libros le alcanza?
Al aplastar a un fardero, se aplasta también al que quiere leer; al exhibir a un ladrón de libros, se exhibe también al jodido que cree que tiene derecho a la lectura de ediciones caras y de calidad. Éstas están destinadas a una élite que nunca será retratada para su exhibición a la entrada de una librería. De muchos de ellos habría que averiguar cómo adquirieron su capital, pero de eso mejor ni hablar. Generalmente, la riqueza viene de la explotación del trabajo de los demás, de la apropiación de la plusvalía. Pero el diseño de la sociedad capitalista hace parecer a estos "apropiadores" como grandes emprendedores. No saldrán retratados como ladrones. El fardero, en cambio, tendrá que poner la cara que pueda al momento de ser retratado para la fotografía de la ignominia, puede estar cabizbajo o fingir desprecio, pero su foto será colgada para su vergüenza y castigo. Y detrás de su cuerpo está el miedo producido por los efectos del panoptismo, de hecho estará en todos los que entren a la librería: "no te atrevas".
Cierto, en el fardero algo camina mal, su baja moral, sus miles de excusas para justificar lo inexcusable. Y en esa relación perversa se gesta también el poder establecido, que nace desde abajo, que se produce y se nutre a diario como una cabeza de hidra inacabable. ¿Hay soluciones? Sí. Una distribución más justa y equitativa de la riqueza; combatir la explotación sin medida de los trabajadores, pero esto va para largo. Una muy buena medida, sería montar un programa de creación de bibliotecas, pero eso cuesta mucho dinero. De dónde va salir. Toda biblioteca es valiosa por los muchos o pocos libros que posea, pero no toda biblioteca es poderosa ni todas las que hay están actualizadas. Conocemos bibliotecas de facultades y de universidades, verdaderamente enclenques. Cuando menos por ahora, las bibliotecas no son la solución. Además, entre los que trabajan, ¿quién tiene tiempo de ir a la biblioteca? Cada vez más, entre el trabajo y el transporte, transcurren las horas de los trabajadores, y el tiempo sobrante apenas es para reponerse. Y así, la maquinaria del sistema sigue avanzando y aplastando.
https://www.diariodequeretaro.com.mx/local/barroco/roberto-bolano-el-ladron-de-libros-450641.html  

Roberto Bolaño, el ladrón de libros I / III

I / III
¿Qué es una librería? Para mí es un lugar de paseo, de salud mental, de alegría.  Lo digo en serio, tiro por viaje me voy a mis librerías favoritas lleno de entusiasmo a buscar algo en específico, o para vivir esa emoción de ver qué encuentro, qué me coloca enfrente el azar, la coincidencia, el destino. Es uno de los placeres más reconfortantes, de los más sublimes. Pasear en medio de esos bosques de conocimiento y sabiduría, caminar entre los estantes llenos de árboles y jardines perfumados de ideas, de filosofía, de historias, de poesía, de relatos, de cuentos, de verdades, es una de las mejores experiencias.
Por eso mismo, que triste y lamentable se me hace una vivencia que acabo de tener en una de mis librerías amadas, cuyo nombre me reservaré. Tengo décadas de asistir a esta casa, pero ahora, quizá producto del tiempo y las circunstancias en que estamos viviendo, y seguramente debido a estar padeciendo mucho robo de libros, el negocio ha establecido una política de vigilancia que es comprensible, eficaz, dura, pero que está rayando en lo siniestro. Un montón de cámaras te observan, puedes ver sus ojos mecánicos como de peces muertos. Sabes que hay alguien detrás, del otro lado, cuidando, acechando tus movimientos. Tienen también muchos vigilantes a nivel de piso, todos intercomunicándose, cual si estuvieran en un operativo estratégico, clave tras clave, números secretos, y entre su jerigonza de pronto distingues alguna palabra humana, alguna pista reconocible, una de suéter rojo, una muchacha que camina ¿un 38? ¿54, 54? Y por si fuera poco, en la mera entrada de la sucursal a la que más asisto, colocaron un cartel, protegido por una lámina plástica, con los retratos de los farderos, ladrones de libros, a los que han atrapado in fraganti. Posan ahí, en una triste foto, algunos compungidos, otros cínicos, sosteniendo los libros que pretendían robarse. Un letrero señala, otra vez, brutalmente: "Farderos. Los siguientes individuos han sido sorprendidos robando en la librería". Y ahí están las caras y los cuerpos sombríos, delincuenciales, tristes, apagados unos, altivos otros, retadores, de todo hay.
"...inducir en el detenido un estado consciente y permanente de visibilidad
que garantiza el funcionamiento automático del poder"  
Michael Foucault.
 Pero, me pregunto, ¿esa es la forma de recibir a un cliente de hace casi 40 años, que ilusionado, exaltado, viene a buscar, a comprar un libro? ¿o es que para la gerencia todo el que entra es un posible ratero, un presunto culpable? ¿por unos pagan todos? Quizá a otros "clientes" no les interese este detalle, pero a mí me molesta enormemente. Creo que bastaría con un letrero a la entrada, o en diferentes lugares clave del establecimiento, con un texto fino, respetuoso, a la altura de lo que es una librería, que corresponda a su esencia. Quizá podría decir más o menos, como en otros lugares he visto: "Este lugar está vigilado con los mecanismos más modernos, para su seguridad". Pueden decir que es un eufemismo, pero en todo caso es uno que no ofende, que no atraviesa la dignidad del buscador. Creo que un texto así sería suficientemente disuasivo y convincente. También podría haber imágenes con una figura que parece esconderse un libro acompañado de la clásica señal de  no; que sumado a la presencia de los vigilantes y las cámaras de seguridad, sería suficiente.
¿Es necesario colocar ese horrible cartel con las fotografías de los farderos justo a la entrada? Creo que este acto de la administración o de la gerencia se inscribe también en otra política, y ésta obedece a la etapa delincuencial y criminal por la que México atraviesa. El terror magnifica, el miedo vence, el poder agandalla, se sublima, abusa.
Ese cartel con las fotos de los farderos funciona como una especie  de panóptico, como una variante que dice: "te estoy vigilando, te estoy mirando, no te atrevas", pero no sólo eso, sino que es el ejercicio del poder en pleno. Ojo, no justifico  para nada y por ningún motivo el robo de libros, de entrada dejo clara mi posición. Lo que cuestiono es si la política de la empresa es la correcta para una librería, y si, además, se trata de un ejercicio abusivo y significativo del poder, un desborde, un excedente para que aparte de todo sepas quién manda y quién puede hacerte pedazos, miserable ratero. No eres nada, eres una pulga, no mereces compasión ni respeto.
Me pregunto también si la administración de la librería no está transgrediendo la ley al exhibir a alguien que no ha sido juzgado ni condenado por un tribunal  ni declarado culpable. ¿Que no debe pasar primero el caso a manos de las autoridades? Quizá los administradores digan: "lo agarramos in fraganti, con las manos en la masa y debe ser exhibido", pero, ¿es violando la ley, como se cumple la ley?
Como lo señala Jeremy Bentham en su obra El panóptico, de 1780: "...la industria vigorizada...todo gracias a una simple idea arquitectónica" , en este caso gracias a un simple cartel a la entrada mostrando a los farderos capturados. Una especie de conciencia flotante que te avisa: "te podemos atrapar ladrón de libros, y te exhibiremos, será tu castigo, así que ni lo intentes". Una dosis de moral radical para todos los que entren alegremente. Siguiendo a Bentham, ¿así se fortalece la industria librera?
Del concepto de panóptico de Bentham ha devenido el de panoptismo, que como señala Gilles Deleuze, citando a Foucault: "La fórmula abstracta del panoptismo no es 'ver sin ser visto', sino 'imponer una conducta cualquiera a una multiplicidad humana cualquiera'" . Y eso es lo que pretende ese cartel: es un "invitación" vulgar, agresiva, ofensiva, grosera, para todo el que entre, y pretende imponerle una conducta por la vía más abusiva. Es panoptismo porque exponen las fotografías, las colocan a la entrada, en donde todo el que entre no sólo las vea, sino que sea "visto" también por esas fotos. Así ejerce su efecto panóptico: el que puede ver a todos en todo momento. Todos ven a los farderos, pero ellos no saben quién los ha visto.
Aunque algunos autores, como Byung-Chul Han (La sociedad de la transparencia), piensan que el modelo foucaultiano del panóptico está superado, creemos que no es así. Los modelos no desaparecen abruptamente, subsisten, aún cuando pudieran estar en proceso de extinción, mezclándose, traslapándose con los nuevos procesos, como en este caso. (Continuará)

Ya dame una buena Navidad


Ya dame una buena Navidad, me la merezco. Cierto, uno no debe depender de nadie, pero igual de cierto es que vivimos interrelacionados, influyéndonos, compartiendo la vida. Ya dame una buena Navidad. Ya estoy hasta el gorro, cada que se acercan estas fechas para mí es un suplicio más que una alegría. Todo es una mascarada de buenos deseos, pero todo es falso. Tu risa es falsa, tus palabras también, tus regalos. Cambiaría todo por un poco de paz y tranquilidad.
Pero es una ilusión  falsa, porque sé que ese día llegarás al caer la tarde, diciendo  “carajo, hasta el 24 tengo que trabajar”, y ya vendrás a medios chiles porque fue el brindis en la oficina, salieron temprano y de ahí te fuiste a la cantina a tomar una copas con tus amigos. Qué bien, pero qué mal. Ya me sé el numerito. Vendrás bien alegre, amable, incluso hasta un poco cariñoso. Pondrás unos cd's en el aparato y cantarás. Quizá luego me acompañes al super a comprar algunos detalles que faltaron para la cena, o algún detalle o regalito.

Ya en el camino empezará el primer reclamo o la primera discusión. Se me olvidarán las llaves de la casa, y ahí empezará la agresividad. Eres una pendeja, siempre es lo mismo, pues que no tienes memoria o estás tarada. Cuántas veces me has dicho así. Es tu deporte favorito.  Sí, es verdad, soy muy distraída. Sí, es verdad, debo corregirme. Si, es verdad, eso nos trae muchos problemas, pero ¿sólo por eso merezco ese trato? No, discúlpame, aquí hay mas fondo. Yo siento que tú me tienes como un coraje,  un reproche, un resentimiento, y es por eso que siempre me estás tratando mal. Siempre estás diciendo e imaginando cómo hubiera sido tu vida si te hubieras casado con Jacqueline y no conmigo. Exacto, que cómo hubiera sido tu vida con Jacquie, que Jacquie esto que Jacquie lo otro.
Vives un mundo ficticio, no tienes las patas puestas en la realidad. ¿Qué aún no te has dado cuenta de que vives conmigo? ¿De que tiene hijos conmigo? Estás lleno de frustración, de amargura. Eres un fracasado, y yo por tonta, he venido a soportar y a pagar por tu enorme amargura.  ¿Que crees que yo no tuve novios, amores , aventuras?  ¿Qué ganaría yo con estártelos embarrando y hablándote de la felicidad que pude haber vivido con otros? Pero no soy así, estoy aquí y ahora, contigo, con mis hijos. Este es mi presente.
Y ha de ser por eso que en tus infinitas briagas siempre estás jode y jode con lo mismo. Por eso te digo:¿ por qué no te largas y nos dejas en paz? ¿ Por qué no te vas a vivir la vida que deseas y nos dejas de estar jodiendo?  Y si decides quedarte ¿por qué no nos aceptas como somos y nos dedicamos a construir la vida lo mejor que podamos? Pero no, siempre con esas falsedades y esas conductas infernales. Por eso no quiero que llegue la navidad, porque sé que todo será falso, una engañifa, una puesta en escena, una mala representación teatral. 
¿Dónde quedó el espíritu navideño? Las tiendas y almacenes ya están desde septiembre promoviendo la navidad, y los dueños frotándose las manos con las ganancias que obtendrán. Mucha música de música de fondo, mucho villancico, uno tras otro reproducidos hasta el hartazgo, hasta la saciedad, hasta el embrutecimiento, hasta la insensibilización. Esas letras navideñas ya no significan nada para nadie, ya a nadie le importan. Por cierto, recuerdo también cuando hace un par de años, ya en pleno día de la navidad, reunidos con el resto de tu familia, les propuse que cantáramos unos villancicos, y qué dijeron tú y tus hermanos, se burlaron de mí. Lo menos que me dijeron fue fresa, boba, mocha. De fondo sonaban narco corridos que tus parientes cantaban alegremente. Canciones ofensivas donde las mujeres son viles objetos y abunda la apología de la violencia.  Así que mi propuesta era una confrontación, un reto, otra dimensión. No era posible que  personas embriagadas que cantaban puras cosas violentas aceptaran cantar simples y reveladoras canciones de amor y paz como los villancicos.
¿Te acuerdas o no te acuerdas? Entonces, ¿qué clase de Navidad quieres tú? Una donde el mensaje del nacimiento de  Cristo no importa para nada. “No seas estúpida”,  me has dicho burlándote. Mientras, yo acá en secreto les cuento a mis tres hijos la version que tengo de la navidad. Ellos, que aún son chicos, me escuchan quizá sin entender bien a bien de qué les estoy hablando exactamente.  Y luego van y ven el ejemplo que tu familia les da y quedan todos confundidos.  ¿Ya pensaste en eso? ¿Ya lo reflexionaste aunque sea un poco?
Por todo ello es que no me da alegría que llegue la navidad. Al menos como fiesta familiar. Sé que todo será briaga, pleitos , habladas, presunción. Sé perfectamente como será la escena, y no adivino, cada año se repite en forma aburrida e infame. Se escucharán risotadas falsas producto del exceso de alcohol,  habrá discusiones y pleitos con y entre cuñadas, llanto, gritos a media calle, persecuciones. Si la cosa se pone muy caliente, hasta golpes.  Y para todo el año que entra unos no se hablaban con otros, se echarán habladas, y se meterán el pie si pueden. Y ya acercándose la navidad siguiente, como que se hablarán, volverán a planear la nueva cena, quizá hasta medie alguna sonrisa entre  ellos.
 Y yo me pregunto, ¿para qué todo esto?  Esta cadena de sucesos que me resultan despreciables. Palabra que yo preferiría ser feliz quedándome en un cuarto, sola, con mis hijos, con un pollo rostizado, una lata de frijoles y un refresco de cola, pero felices, tranquilos, cantando un villancico, destapando regalos, arrullando al Niño Dios, abrazándonos con sinceridad y celebrando el nacimiento del niño Jesús y todo lo que ello significa.
Y no es que me conforme, a ti te consta. Cuántas veces te he pedido que hablemos calmados, y cuántas veces me has mandado a volar, diciéndome que tú no tienes nada de qué hablar. Cuántas veces te he dicho: mira Pedro,  tú tiene un problema de alcoholismo,  porqué no te atiendes,  porqué no vas a un grupo de alcohólicos anónimos, si quieres vamos, te acompaño. Y qué me has gritoneado: “tú no eres nadie para decirme eso, tú no eres nadie. Yo no soy alcohólico, borracho el teporocho que se queda tirado en la calle. Yo trabajo, yo produzco, en  cambio tú, qué aportas,  nada.”
Así que nadie puede acusarme de no haberlo intentado, y todo porque te quiero, o te quise. Ya no sé. La gente cambia, y hasta el amor más grande puede terminarse. Sólo he sido un objeto para ti. Cuando fui bonita era para que me presumieras. Cuando me fui haciendo grande, porque para ti tener 30 años ya es estar vieja, pase al olvido, a las burlas, a los ataques. Así que de qué Navidad me hablas, déjame en paz. Hoy no iré a tu casa, Sí, ya sé a lo que me expongo. Quizá hasta me pegues. Y sé también que no me la acabaré con las críticas de tu familia, pero no me importa, estoy decidida a pagar cualquier precio por un poco de paz para mí y para mis hijos.
Sólo te digo una cosa, que como todo esto ya lo tenía pensado porque ya estoy harta de ti, he dejado a tres de mis primos una copia de esta carta que te dejo sobre el buró de nuestra recámara. Ni modo, no me agrada que se enteren de tantas intimidades, pero de cualquier forma lo saben, lo intuyen, lo sospechan, lo han escuchado. Y saben que si me pasa cualquier cosa, el responsable eres tú. De todas formas, te deseo lo mejor, y yo sí, de corazón, te deseo una Feliz Navidad.

domingo, 17 de septiembre de 2017

La Coquis y los Niños Héroes de Chapultepec

Georgina, la bella y hermosa Georgina, estaba  preparándose para ir a su escuela primaria. Sus calcetas blancas, su uniforme bien planchado, el cabello escrupulosamente peinado. Era delgada, muy delgada, rubia, pero de ese rubio amorenado por el sol de barrio. Sus dientes parejos, su sonrisa perfecta. Era la más aplicada de su salón. Entre tantos ñeros, mugrosos y apestosos, parecía como un ángel. ¿O lo sería de verdad ? Caminaba despacio, despacio, y a veces, por la forma de la luz al caer la tarde, parecía que trajera un aro luminoso. Era la alumna consentida de la maestra  Blanquita, motivo de orgullo,  gallo de pelea en las batallas escolares. Los dos años que había sido su alumna, e iban para tres, se había esmerado en su formación más que en la de cualquier otro. En las ceremonias casi siempre era  La Coquis la que estaba al frente, lista para leer la vida de algún héroe de la patria o para declamar un poema. Ese era su fuerte: declamar.
No dejaba de ser notable  que en una escuela del gobierno, además enclavada en una colonia popular, se impulsara entre los niños el arte de la declamación, y a los que les gustaba, los maestros los tomaban  bajo su tutela, y dedicaban espacios exclusivos para enseñarles a hablar en público, manejar el cuerpo, ademanes, expresiones y  giros de la voz. Además les daban a leer  a los poetas clásicos de la declamatoria popular tomados de esos textos de a tres pesos que traían las cien mejores poesías, o de las  del libro de  El galano arte de leer. Quizá antes, la Secretaría de Educación Pública  se  preocupaba un poco más por sus alumnos,  o quizá era iniciativa de los maestros, quién sabe, el caso es que esto pasaba en  esa benemérita primaria.
La linda Coquis venía a ser la encarnación de la poesía, ella misma era una musa para muchos de los chamacos. Siempre guapa, siempre limpia, siempre inalcanzable. Ahora venía otro concurso y la niña fue llevada al salón especial, al auditorio en donde les enseñaban cómo declamar. Estaba feliz, saldría de la rutina diaria de las clases. Claro que también había sus dificultades, como tener que aprenderse de memoria larguísimos poemas llenos de palabras desconocidas. Al principio, el reto parecía enorme, pero conforme iba repasando, repitiendo, marcando con su propio cuerpo el significado de las palabras, las cosas se iban aclarando. Poco a poco ingresaba al mundo de la literatura, a su cosmogonía. Era otra atmósfera,  se le hacía como  en ese cuento de Supermán, en donde el héroe se metía en una botella  donde habitaba gente que vivía dentro de un garrafón. La ciudad era Kandor, y había sido miniaturizada por el villano Brainiac. La Coquis, también tenía su propio mini mundo, el de las letras y la declamación.
Georgina comenzó a descubrir lo que esto era, la magia del lenguaje hacía su efecto. Las palabras le brotaban por doquier, haciendo juegos inesperados. Ella era un manantial del que manaban letras las cuales ignoraba que habitaban en su cabeza. Asociaciones inesperadas,  que ocupaban el primer lugar en su hit parade, experiencias grafológicas vividas al escribir los trazos sobre su cuaderno forrado con estampas de Walt Disney. Hacía caligrafía  gozando de las formas.
El periódico de un profesor estaba sobre el escritorio, en la de ocho columnas se leía una crítica respecto a una huelga de médicos en el país, la condenaban. Y la Coquis tenía sobre sus piernas el libro con la poesía de Amado Nervo: “Los niños héroes de Chapultepec”, poema que rememoraba la masacre contra los cadetes del Colegio militar, el 13 de septiembre de 1847, en la guerra contra el expansionismo del naciente imperio yanki. Era finales de agosto, principios de septiembre, y el concurso de  zona estaba cerca. Los primeros versos dejaron volando a Coquis, qué lenguaje, qué imágenes, le parecía ver todo como en una película, la sangre se le inflamaba al imaginarse la gesta de esos chavos apenas un poco más grandes   que  ella. Y aunque unos días antes, en una fiesta familiar, escuchó a uno de sus tíos ya tomado, decir que lo de los llamados niños héroes era puro cuento  pa’ calmar el dolor de la derrota inmensa, de todas maneras, Coquis sí creía en la historia de esos niños, y con Amado Nervo recorría el campo fértil de la imaginación y como renuevo cuyos aliños un viento helado marchita en flor, su cuerpo se llenaba de frío y veía caer a los niños bajo las balas del invasor. Su tío estaba mal, equivocado. Cómo iba a ser mentira aquello, ¿acaso no nos habían robado la mitad de nuestro territorio? ¿Acaso no quedaron regados por todos lados los cadáveres de los cadetes?  Su tío no sabía nada, y sobre todo: no había leído a Nervo y no había sentido ese dolor plasmado en su poema, no había sudado frío al sentir las balas cruzando por enfrente, y lo peor: no había sentido el ardor y la entereza ante la muerte de estos muchachos defendiendo un ideal. Ni ella misma lo entendía muy bien, simplemente lo sentía.
Llegó el día de la competencia interna. Coquis estaba ahí con sus piernas huesudas, su suéter nuevo y su cara muy limpia. La maestra Blanca había preparado todos los detalles de su presentación. Pero la competencia iba a ser dura. Coquis tenía un rival en la declamación y estaban al parejo,  se repartían los triunfos escolares, la admiración y las envidias en la escuela. Había silencio y expectación en el salón auditorio. Los niños recordaban otros concursos realizados ahí.  La Coquis en acción declamando “La chacha Micaila”, o la terrible tragedia narrada en “Porqué me quité del vicio”.  Para algunos, este último era un poema tosco, pero la forma en que  lo  declamaba lo hacía  a uno llorar e imaginarse esa tremenda tragedia en la que debido a la embriaguez del padre, el hijo, un niño, terminaba también embriagándose para así poder ver a su madre muerta, y ser un poco feliz como su padre parecía serlo, y también reír y carcajearse solo. Verdaderamente desgarrador.
La Coquis, su influjo, su ritmo, su forma de decir las cosas, su dramatización, sus lágrimas, su angustia, todo era transmitido por ese hilo eléctrico y nervioso de la voz, diríase: apasionado, y su declamación navegando en el aire, llegando a las orejas de los chavos, luego a sus oídos, su cerebro,  su percepción. Imágenes cercanas a sus vidas. El barrio estaba lleno de borrachos y en cierta esquina había hasta dos cantinas y una pulquería esperando clientes. La tentación sórdida de la embriaguez latente en cada niño asomaba haciendo ojitos. Eso, sumado a los cigarros que se fumaban a escondidas en la escuela o en la calle, bajaban al terreno de lo  concreto la magia turbadora de las palabras de Georgina, su poder hipnótico.
En el ambiente había silencio, la voz, sólidamente calibrada, salía de las bocas de los declamadores. Cada actuación condensaba un sinnúmero de esfuerzos que nadie imaginaba. Había desde los chavos que en sus casas se burlaban  y les decían que eso de la poesía era cosa de afeminados, hasta los que eran impulsados por algún extraño presentimiento, o por los consejos de sus padres, que  les hacían ver que aquello era  bueno para  su desarrollo intelectual. Georgina por su parte se volvía orgullosa y segura hacia su libro, casi acariciado por sus manos, que le daba una sensación de seguridad muy grande, era como si el texto estuviera vivo, como si le latiera el corazón, como si de él emergiera una fuerza vibratoria capaz de influir  su entorno. El mundo afuera parecía desordenado, en cambio, ese universo que apenas conocía  gracias a la declamación, le parecía armónico, bien conjuntado, poderoso, bello, inspirador, con sus propias reglas.
Su turno había llegado, las palabras brotaron de sus labios como de un manantial, cristalinas, límpidas, haciendo retumbar  el aire, dejando un sabor de nostalgia y tristeza, pesadumbre y coraje. “ Así cayeron los héroes niños ante las balas del invasor”. Ahora, la Coquis se levantaba ahí, enfrente de todos, con  su magia de niña-mujer, contagiando  la pasión y anhelo por las letras, y moviendo a la reflexión respecto a aquellos jovencitos que dieron su vida por la patria.

viernes, 4 de agosto de 2017

La pluma atómica

La pluma atómica



Cuando mi maestro de quinto año de primaria habló de la todavía nueva pluma, llamada atómica, pensé inmediatamente en la bomba. La pluma había aparecido en 1945, pero en aquellos días todavía era una novedad. Todo era atómico, estaba de moda. Lo posterior a la segunda guerra mundial aún tenía mucha presencia. Sin embargo, me preguntaba porqué una pluma tan bonita se llamaba así. Le apretaba el botoncito para subir y bajar el repuesto, la armaba y desarmaba mientras observaba largo rato el resorte, el mecanismo de rotación, la transparencia del plástico y el hermoso color de la tinta. ¿Por qué atómica? ¿Sería por lo que había visto en la televisión? Recordé y dibujé un hongo azul en mi cuaderno, me transporté a Japón, y -aún siendo niño-, alcancé a vislumbrar el dolor y el terror de ese pueblo. Tendría 9 ó 10  años, era 1965,  las 5.30 de la tarde, el salón de clase estaba muy oscuro y una fuerte lluvia se aproximaba, pero aún podía ver mi pluma y las de mis compañeros, eran la sensación, baratas, accesibles, absolutamente novedosas.  Seguí escribiendo el dictado del maestro, y al mismo tiempo, dibujaba caras y figuras al calce. Qué bonita pluma, y qué oscuro y gris estaba el cielo. La voz del profesor era sólo como un eco lejano al que yo obedecía mecánicamente guiado por los renglones. En mi mente rebotaba una y otra vez esa imagen que, en la también novedosa televisión en blanco y negro, habían transmitido: la explosión de las bombas atómicas en Japón. Todo desde muy lejos, sólo se veían dos hongos gigantescos, pantagruélicos, levantándose en la atmósfera. No había rostros, no había caras, no había muerte, no había dolor. Ningún cuerpo desgarrado, mutilado, quemado, convulsionado. Ningún grito desconsolado, de ira, de terror aparecía en las noticias. Sólo se contemplaba la nube impresionante de los hongos atómicos que masacraban gente, pero muy desconectados de nuestros sentidos y sensaciones, de nuestra circunstancia, de nuestro lugar.

 Ya con más edad me enteré, por si fuera poco, de la lluvia negra que les cayó encima, lágrimas negras caídas desde el cielo, terminando de torturar a todos los seres supervivientes, pero este tema no formaba parte de los contenidos a enseñar a los alumnos. ¿Sería que los niños aún estaban muy chicos  para  entenderlo?
…Ay, aquella pluma atómica haciendo click, click, entre mi manos, entre mis dedos. Caía la tarde y el cielo en mi ciudad estaba cada vez más negro, unos relámpagos iluminaban momentáneamente, de tanto en tanto, todo el salón. Los truenos se escuchaban como si vinieran desde muy lejos, muy lejos …desde el lejano Oriente.
Muy lejos, pero eran seres humanos iguales a nosotros. La gente común,  los ciudadanos de a pie, los que no tienen ningún valor para los trúhanes, sólo son un número más, una cifra. No importó el inmenso dolor provocado por los bombazos. Era necesario, dijeron. Los criminales de guerra siempre encontrarán una razón, una justificación, para sus atrocidades. Pero la gente de carne y hueso, con sentimientos e ilusiones, qué puede importar al imperio, al capital o a los señores de la guerra. Esos seres anónimos no tienen rostro, y nunca nadie verá su carne desgarrada, sus huesos quebrados ni sus lágrimas en vivo. Toda esa fantasía apocalíptica fue representada tan sólo como un simulacro espectacular, que reprodujeron acríticamente las fotografías de la prensa y la televisión.

Pero todo lo que la gente de Hiroshima y Nagasaki vivió no fue fantasía, pesadilla ni simulacro, fue tristemente real y concreto. Todo el dolor, todo el llanto, el miedo, la tristeza, el terror, las tortura, las enfermedades, las consecuencias psicológicas y hereditarias que tuvieron que sufrir más de doscientos mil seres humanos, niños, mujeres, hombres y ancianos fueron reales. Y hoy, a 72 años de aquel trágico y malvado suceso ¿crees que se puede rememorar un hecho brutal y criminal sin llorar lágrimas negras? ¿Nada más así, como si nada, sin jamás haber ofrecido una disculpa a nivel de Estado o a nivel de pueblo?

Yo sí les ofrezco una disculpa a todos los que sufrieron ese horror a nombre de quien tenga que ser. Y me disculpo simplemente porque no tolero la barbarie, no la quiero para nadie, ni aún para los súbditos de un imperio sátrapa que formó parte de las potencias del eje nazi-fascista, ni siquiera para ellos.
Tampoco podemos tolerar que a nadie le importe lo que a otros les pasa. Por eso ofrezco una disculpa, a los sin voz, a los que nunca fueron escuchados en su inenarrable dolor y angustia.
Si nadie se disculpa, si ya a nadie le importa ni le duele ¿qué presente y futuro les depara a las niñas y niños de las nuevas generaciones de todo el planeta?  Qué triste paradoja que para que haya una relativa paz mundial, ésta tiene que fundarse en el terror de la amenaza nuclear. Desde aquel mes de agosto de 1945, dicha amenaza  pende sobre nosotros, como una espada de Damocles. Aunque muchos la ignoren, o no les importe o les de miedo, la amenaza está ahí, vigente, latente como un monstruo enmascarado. Sujeta a los juegos de guerra, a los intereses económicos, a los equilibrios geopolíticos y a la cordura o locura de los políticos. Una cosa sí tengo muy clara:  nunca y por ninguna razón debe volver a suceder lo que pasó en Hiroshima y Nagasaki.








3 agosto 2017
Alfonso Franco Tiscareño

jueves, 27 de julio de 2017

Corriendo por las calles del mundo

Corriendo por las calles del mundo
buscaba un poco de paz y de consuelo
un trozo de silencio, una palabra buena.

Cayendo el techo de la noche encima de ellos
con la lluvia fría por puerta al cielo
ni donde aposentar la cabeza en la almohada.

La casa era un infierno de ruido, de palabras groseras,
de humo como natas colgando del techo
y de botellas de alcohol flotando por doquier.

A dónde caminar, a dónde irse,
con una amiga, una visita inoportuna,
mendigar tranquilidad en un cobertizo que no es tuyo.

Las piernas de los tres tiritaban de frío,
un poco la lluvia humedeciendo los tobillos
otro poco el llanto interno goteando por los poros.

Eran más de tres, porque un fiel perro corría
con alegría, ladrando y jugueteando, al lado
de ellos. Espejo de alegría, esperanza perdida.

Por fin, las once de la noche, los cuerpos cansados
y el peso de las obligaciones diarias que había
que hacer cumplir a la mañana.

Entrar, husmear el quicio, asomarse con miedo
de que la ira o el escupitajo brutal fueran respuesta,
ojos cansados. No se oye ruido. Las puertas del infierno
se han callado.


Alfonso Franco Tiscareño
https://www.diariodequeretaro.com.mx/barroco/corriendo-por-las-calles-del-mundo/

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